Como en toda ciudad portuaria, en Newark las distancias pesan y se materializan de forma inconspicua, como ya hemos dicho en otra ocasión en la que hicimos un trazado del entorno. Entre la estación del tren de New Jersey y el centro de detención Delaney Hall hay por lo menos unos quince minutos en automóvil. Hemos vuelto esta vez con los amigos del jóven colectivo católico Nuevo Personalismo, cuyo programa y formas de actuar no se define por una militancia irrestricta y cerrada, sino por una singular persistencia en testimoniar el actual embrutecimiento generalizado. Ya con esto bastaría para decir que estos jóvenes son lo suficientemente despiertos para que sean nuestros amigos, pero además de esto hay que agregar que ellos también se desviven para generar encuentros de palabra y pensamiento, un gesto caritativo y por lo demás raro en la época en la que nos ha tocado vivir. Si es difícil definir al “movimiento personalista” es porque se resiste a las costuras de un movimiento programático y con todas las respuestas a la mano. Lo ‘nuevo’ del personalismo es que reconoce que atravesamos el desierto, y en esa búsqueda espera encontrar amigos. No es tampoco la búsqueda de quienes quieren llegar a casa; más bien, es el ejercicio que parte del hecho de la devastación de la casa común que define el desierto incluso si se está en los espacios auráticos de la metrópolis (el nuevo personalismo tiene su base neoyorquina, lo que quiere decir que son herejes de la ciudad).
Obviamente, decir personalismo remite a una afinidad con el espiritualismo anti-totalitario del proyecto de Emmanuel Mounier y la revista Esprit, quién entendió esta noción no como reticular de la producción social, sino más bien como exceso y ruptura de las almas libres. El mismo Mounier aclaraba en uno de sus textos programáticos que la persona no es ni siquiera una célula social, sino el trillo por el cual se zanja el comienzo del mundo [1]. Si hoy se habla de un “nuevo catolicismo” integral norteamericano – que además se tutea con la fuerza del poder administrativo, y busca acoplarse a ella de forma oportunista mediante sus técnicas jurídicas – es importante reconocerla al ‘nuevo personalismo’ una condición exílica que mantiene el misterio del theos a raya con la subsunción de toda política del gobierno de las almas.
Cuando le pregunto a uno de los jóvenes arquitectos de la cosa personalista, qué es además un amigo y se llama Greg, si me pudiera elaborar una síntesis mínima sobre el concepto de nuevo personalismo, me responde de manera esquiva, aunque sí me dice que lo fundamental es la irreductibilidad de la búsqueda de cada singular que se oxigena con la noción pascaliana de “grandeza del alma” de espaldas a las mediaciones del aparato social. Apelar al “grandeur de l’âme” en tiempos del gigantismo y “Grandeza de América” (Make America Great Again) tiene algo de combativo, mas no de inversión del mando teológico político imperial. Queda claro que mientras la grandeza del americanismo es la orientación de la depredación, cibernética mediante, a cada pedazo de tierra del planeta; la ‘grandeza del alma’ asienta la virtud de la prudencia para conquistar un destino espiritual que es secreto de fe. Estamos con los animados personalistas mientras que una gélida llovizna va cubriendo todo de blanco, como si se tratase de una frágil manta que arropa al centro penitenciario junto al recinto del frente donde yacen los contenedores metálicos.
Es sábado, y desde la mañana no ha cesado de nevar y los pronósticos aseveran más acumulación pasada la tarde. Pero esto no ha detenido los preparativos de la vigilia organizada por los jóvenes frente a Delaney Hall. Tras el cercado los guardias miraban con cautela a la congregación, y se puso de manifiesto para todo un insistente alarma como ruido de fondo que no cesó hasta el final de la vigilia. El escenario nevado es una metáfora ideal, quizás demasiado perfecta y un tanto enfática, de la condición nihílica de los tiempos que corren: detención, asesinatos a sangre fría, dejar morir en algún traslado del proceso de deportación. Esto es algo que, en efecto, ya ocurrió en Delaney Hall con la muerte de Jean Wilson Brutus, un migrante haitiano de 41 años, el 19 de diciembre, o sea, hace apenas unas semanas. La nieve nos convoca a la falta y al vacío, pero también anima al pensamiento a superar sus automatismos incrustados. Es una experiencia absolutamente sonora: el colectivo personalista recita en un coro de salmos el nombre de todos los muertos en manos de ICE durante estos meses. Mientras se dicen los nombres todo el pavimento se cubre de blanco; el agua gélida corre por los contenes como si fuese una lágrima languideciente de algún río que buscase el estuario.
En su conocido capítulo sobre el color de la ballena Moby Dick, Melville habla de la cualidad elusiva y horrorosa, una especie de sublime invertido en vastas dimensiones espaciales. Sobre ese fondo sublime, la vigilia ante el centro de detención de ICE se eleva, rozando asintóticamente, la forma más pura del lenguaje: el enunciado vocativo de los nombres. Decir un nombre en la liturgia congregada de la vigilia es también una forma de depuración del lenguaje, que día a día experimenta ultrajes en la gigantesca maquinaria retórica de los social media y los vertederos de las opinions. A veces se olvida que la guerra civil es también una guerra civil en la lengua; no tanto porque los sentidos estén en pugna hombro a hombro, sino porque la presión social del lenguaje encuentra un punto de implosión que hace que la distancia entre la verdad y el mundo termine estrellándose. Pienso que si algo nos entrega la calurosa ascesis de este acto es que fomenta el cuidado de la lengua; y, en ese recogimiento, le agradece, más allá de las palabras, al propio misterio de la presencia.
Es así que las verdades quedan en un segundo plano, y los dogmas entran en una plasticidad que da la bienvenida al foráneo y al compañero de las itinerancias. El antiguo poeta griego Simónides de Ceos quizás lo haya dicho de manera insuperable: “La apariencia fuerza incluso a la verdad” (to dokein kai tan alátheian biatai) [2]. Esto implica que nunca podemos aferrarnos a los eficacia de la realidad, y mucho menos al objetivismo que administra “este mundo”: la apariencia es posibilidad del reino, y el reino, más allá de una escatología, es la dicta del encuentro a través de nuestras palabras, gestos, modulaciones, y silencios. El reino inaparente que atraviesa a la vigilia es titular de una soledad sonora que ilumina la noche con el sentido de sus nombres. ¿Estamos realmente aquí cuando mencionamos el nombre de los muertos? ¿No están ellos también entre nosotros en el momento en que el espesor espiritual de los salmos dilata y desordena el tiempo del presente? En los gestos y el nombrar de la liturgia se destituye el engrudo que mantiene en perpetua la separación – que es también una cárcel – entre nosotros y el mundo; entre los vivos y los muertos.
Quizás por esto mismo fue que Helene Lubienska notó una vez que los gestos suelen poner de manifiesto extraños viajes que siempre germinan en suelos lejanos, a miles de pasos de su origen, si es que alguna vez lo hubo. Los gestos sonoros del coro elevan la palabra a las potencias del alma y lo invisible “hacia ese caer de pausas interestelares que abría en el bloque ciego del mundo mil puntos de fuga hacia el reino de la belleza sobrenatural…un único éxtasis” [3]. Sam, el jóven músico del colectivo, que con enorme cuidado nos orienta en los altibajos de las entonaciones de los salmos, me habla posteriormente de la cadencia al interior de un “place of obvious doom” (sitio de obvia perdición, que son sus palabras) que caracteriza al actual americanismo tan miserable como ordinario; tan ajeno al dolor y a las penas. Escuchamos y dejamos caer las palabras del himno de Saint’s Delight junto al tarareo del amigo: “I feel like I’m on my journey home. Let care like a wild deluge come / let storms of sorrow fall / So i but safely reach my home /My God, my heaven my all”. Las manos de cada persona presente sostiene un candelabro que hace lo imposible por no apagarse ante la ducha de agua fría que desciende sobre nuestros abrigos, gorros, e impermeables.
En cada nombre resuena el estruendo del campanario de una duración sin forma y sin imagen que es ya también traza del fin de los tiempos. Se trata de una letanía que recogiendo el testimonio sagrado del nombre nos invita a un suave recuerdo que subsiste sub specie aeternitatis, pues es allí donde la mediación amorosa a lo desconocido y a lo foráneo se aleja del áspero racionalismo de un ordo amoris devenido en instrumento de alineación de la unidad de la especie humana y ajena a toda agape (los nuevos personalistas han buscado restituir el timbre de la fraternidad en aquella noción agustiniana en unos volantes que fueron repartidos y en los que leemos: Promote the true ordo amoris, the migrant is your brother). En la gélida soledad de la noche, los nombres nos acercan al humus de la memoria de los muertos: Renee Nicole Good, Jean Wilson Brutus, Santos Reyes-Banegas, Genry Ruiz Guillen, Marie Ange Blaise, Luis Beltrán, Geraldo Lunas Campos, Delvin Rodriguez… los nombres se dejan escuchar en cascada, como el sonido de una campanada que atraviesa un campo santo. Ningún nombre se dice en vano.
En la última parte de sus pensamientos, Pascal sostiene que el silenciamiento ha sido la forma más feroz de persecución social, ya que es sólo mediante el candor de lo dicho que somos capaces de romper la lámina glacial del mutismo que atenta, una y otra vez, contra la carencia de testimoniar en la propia lengua [4]. En esta bona lux de difícil nevada, el duelo de las voces encuentra una ingravidez que dobla este mundo de superficies y transparencias. Y así, por un momento al menos, mientras se derretía la nieve lentamente, el americanismo fue rebasado gracias a un fluvial coro de voces.
Notas
1. Emmanuel Mounier. “What is Personalism?”, en Be Not Afraid: A Denunciation of Despair (Cluny Media Press, 2021), 120.
2. Simónides de Ceos citado por Platón en La República, 11 365c.
3. Cristina Campo. “Con leves manos”, en Los imperdonables (Siruela, 2020), 134
4. Blaise Pascal. Pensées (Penguin Books, 1995), 287.
*Todas las fotografías fueron tomadas por el autor. Enero de 2026.


