Javier Agüero Águila / Universidad y régimen: las humanidades en la era del autoritarismo

Filosofía

Es importante, tal vez hoy más que nunca, alertar sobre el porvenir de la universidad –luego de las humanidades– en relación a la democracia. Esto, porque hay preguntas que están pulsando desde hace mucho pero que hoy, justo hoy, adquieren un sentido de urgencia mayor: ¿Cómo pensar la universidad chilena en el contexto de un autoritarismo que se apresta a entrar en régimen? ¿Seremos capaces de defenderla de sí misma y (en un ejercicio crítico que vaya más allá de la crítica de la crítica) asumirla como la siempre ulterior potencia de resistencia ahí donde las ultraderechas han encontrado su órbita y sedimento? ¿Una universidad sin condición es la condición de las humanidades y las humanidades la razón misma de la universidad?1 En suma ¿Cuánto se podrá defender la universidad estatal –no las privadas que disponen de ingentes recursos y cuyos programas son flexibles a no importa cual forma de gobierno– hasta ver, tal como ha sido en otros tiempos de represión, sus humanidades intervenidas e incluso arrasadas?

Esto que parece una escritura paranoica, está muy lejos de serlo. La evidencia es contundente; es lo que ha hecho, entre otros, Milei en Argentina, Orbán en Hungría, Bolsonaro en Brasil y Trump en EEUU. En estos países las humanidades, principalmente, se han visto no solo amenazadas sino que perseguidas o derechamente exoneradas.

Como lo plantea el filósofo Patrice Vermeren: “Más allá de la filosofía y de la ciencia, el pensamiento debe poder expresar su derecho en nombre de una democracia siempre por venir, como la posibilidad de este pensamiento aquí y ahora”2. La noción de “democracia por venir” de la que habla Vermeren la encontramos en el pensamiento de Jacques Derrida. Y diríamos, siguiendo al argelino, que la democracia no existe, no puede existir en un tiempo presente. Todo intento por ficharla, datearla o hacerla formal, sería sabotear su “esencia”. Su condición fundamental, si la tiene, es la de la promesa y, por lo tanto, la de lo inactual. La democracia como una promesa que no puede sino ser extensiva hacia el porvenir y entonces siempre perfectible: “Creo que actualmente no hay democracia […] Cada vez que se afirma que «la democracia existe», puede ser cierto o falso. La democracia no se adecua, no puede adecuarse, en el presente, a su concepto”3. Esta sería la democracia porvenir.

Ahora, tal como lo escribe Vermeren, es el pensamiento en general, por sobre cualquier filosofema universal o teorema incontrastable, el que debe tensar su derecho a decirlo todo. Lo anterior abre, nuevamente, a un espacio de indeterminación en el que la democracia se entiende, justo, como diferencia irreductible o como la imposible anticipación al acontecimiento. Lo relevante en el pasaje de Vermeren, pensamos, es que más allá de todo tiempo y de todo espacio que se supone, también, en la espera, es hoy, aquí y ahora, que el pensamiento y la universidad como espacio institucional –usamos cursivas porque el pensamiento mismo, y es evidente, opera con potencia inédita más allá de los muros de la universidad como “zona de institución”– debe actuar como vector y fuerza política.

Una democracia por venir siempre perfectible y distinta de sí misma obliga a no renunciar jamás a la invención cotidiana del pensamiento en la resistencia.

No hay, no habrá, humanidades que no sean disidentes o con anhelo de emancipación si es que no se juega este double bind de la apertura hacia lo incondicional en lo condicional. Esto es una universidad sin temporalidad ni espacialidad deambulando en la democracia por venir pero, igual, inmanencia en su ir siendo para enfrentar las estrategias políticas de su descomposición arbitraria y sujeta de poder.

En este punto, lo anterior se vuelve más relevante cuando ahora Vermeren y Villavicencio plantean que “Una universidad que funciona […] es de entrada una universidad sin debate político”4, lo que no deja de ser paradojal, ciertamente. No obstante esta pareciera ser la razón actual de la universidad. Abstraerse de la crítica, suspender la polémica, anular los “amagos disidentes”, en fin, todo lo disyunto que está en el corazón mismo de la universidad o, al menos, debiera estarlo. Hay, en cada cancelación, censura u obliteración de una toma de posición política en la institución, un dinamismo que la ejecuta. Es triste, pero al día de hoy la universidad silenciada que navega sin riesgo en el tranquilo océano de la ausencia de contrapalabra, funciona. Aquí no hay líneas de fuga, ni superficies para la emergencia de los “rebeldes subterráneos”5, ni diferencias en la agencia como influjos constitutivos; tampoco la opción de un decir como un “contradecir” o extender un argumento que se oponga a la “misión” de las instituciones universitarias.

¿Es este silencio operativo la antesala de cualquier forma totalitaria o el eco previo de su misma invocación? ¿No es este, acaso, el silencio reinante (hoy) en las universidades chilenas?

La universidad, escribe Jacques Derrida, es el lugar donde debiera tener lugar “La crítica a toda sumisión de la filosofía respecto de una finalidad externa (lo útil, lo rentable, lo productivo) y la reivindicación para la filosofía de su función crítica, evaluadora y jerarquizante”6. En esta dirección la filosofía y las humanidades conjuntamente, debieran destacarse por su misión fiscalizadora respecto de la subalternización y contra toda coerción que pueda devenir política, económica, cultural o todo a la vez. La filosofía y las humanidades tendrían que asumir la querella frente a lo hiperbólico de la productividad capitalista y de la exageración en la relación capital-trabajo, así como ser la atalaya desde donde se proteja a la universidad de cualquier formato autoritario, dentro o fuera de ella; filosofía y humanidades, al final del tiempo, como una ontología de la interioridad que no deja de ser por esto reflejo del mundo y resistencia múltiple de cara a sus manipuladores.

Sin embargo, nos preguntamos –siendo parte y no tomando palco–: ¿es realmente contra este capitalismo autoritario que se revelan las humanidades en la actualidad o, más bien, han sabido quedar subalternas de los estándares y las políticas indexantes que erosionan patéticamente lo que vendría a ser, aquí, su tracción crítica? ¿están las humanidades preparadas para desplegar una contrapalabra en la era del autoritarismo o seguirán en el perímetro de la sumisión al capital al tiempo que se someten a las leyes que las afecten a tal punto de destruirlas?

El futuro de las humanidades en Chile a la luz de una contingencia autoritaria de genética guzmaniana, ergo pinochetista, requerirá entonces de elevar la voz, emancipar el ojo y no cortar la lengua. Esta es, pensamos, la única opción para sostener una comunidad política y el último e irreductible lugar de la universidad como resorte de aquello que decimos “resistencia”.

NOTAS

1 Cf. Derrida, J. La universidad sin condición, Trotta, 2002.

2 Vermeren, P. “La aporía de la democracia por venir y la reafirmación de la filosofía”. Enrahonar 48, 2012, p. 94.

3 Derrida, J. “A democracia é uma promessa”. Entrevista de Elena Fernández con Jacques Derrida. Jornal de Letras, Artes e Ideias, Lisboa, 12 de octubre, 1994.

4 ViIlavicencio, S.; Vermeren, P. “El Estado y la universidad: de una orilla a otra del atlántico”. Eidos n 1, 2003.

5 Deleuze, G. La logique du sense. Minuit, 1969, p. 17.

6 Derrida, J. « Lettre préface: les antinomies de la discipline philosophique ». La grève des philosophes Ecole et philosophie. Osiris, 1986, p. 9.

Javier Agüero Águila, CFI/Universidad de los Lagos

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