Que el mundo tal como lo conocíamos ha terminado es un hecho que no requiere demostración. Se percibe en el aire como pudredumbre, en las instituciones que se han derrumbado, en los cuerpos que migran, en las genocidios que los poderosos han decidido que no se llamen genocidios, en las imágenes que han sido despojadas de toda posibilidad de afirmar una verdad. Y sin embargo el error que cometemos es siempre el mismo: buscar el mundo nuevo en el futuro, como si debiera venir después del fin del viejo, como si la historia avanzara por sucesiones ordenadas y lo nuevo esperara pacientemente su turno entre bastidores. Es verdad precisamente lo contrario. El mundo que viene no viene del futuro: ya está aquí, oculto en los pliegues del viejo que se disuelve, legible en las formas mismas de la catástrofe. Así como el capitalismo no nació cuando la relación capital-trabajo dominó finalmente todo horizonte de la vida, sino que ya estaba operando mucho antes, silencioso y capilar, en las prácticas, en los hábitos, en los cuerpos — así también hoy las formas de vida no-capitalistas se están desenvolviendo ya. De forma silenciosa. Sin manifiesto, sin vanguardia, sin el ruido que esperaríamos de una revolución.
El tecno-feudalismo del que hoy se habla no es el mundo que viene: es el viejo que se prolonga en una forma mutada y agravada, su última y más feroz metamorfosis. Como toda forma corrompida, se parece a aquello de lo que proviene —el capitalismo— pero ha pervertido su principio. Si el capitalismo tenía todavía, en su forma originaria, una promesa de movilidad, de acceso, de emancipación formal, el tecno-feudalismo ha conservado la estructura de explotación eliminando todo residuo de promesa. Corruptio optimi pessima: no hay nada peor que un bien corrompido, y el bien que aquí se corrompe es ya de por sí bastante pobre. Pero el tecno-feudalismo lleva en sí mismo su límite, y este límite está escrito en la naturaleza misma del viejo que quiere perpetuarse: la destrucción de la naturaleza. No se trata de un efecto colateral corregible con alguna política verde, sino de la vocación constitutiva de un sistema que no puede sobrevivir sin consumir aquello sobre lo que se sostiene. Una máquina que devora su propio combustible no tiene futuro, cualquiera que sea el nombre que le demos.
Es en otro lugar donde debemos buscar el sello del mundo que viene. No en las plataformas, no en los centros de datos, no en las proyecciones de los mercados financieros. Hay que mirar donde el viejo mundo ha mostrado ya su rostro más desnudo y más verdadero: en los escombros de Gaza, en las rutas de los migrantes, en los campos de refugiados que se multiplican en los márgenes de las ciudades y los continentes. Aquí, donde el derecho internacional se ha convertido en letra muerta, donde la soberanía se ha revelado como violencia desnuda, donde millones de seres humanos viven ya fuera del orden que creíamos universal — aquí, en estos lugares que el viejo mundo expulsa como desechos, se están formando las prácticas, los vínculos, las formas de vida que el mundo que viene llevará consigo.
No es una idea consoladora. El mundo que viene no nace en la luz sino en la sombra, no en la plenitud sino en la privación. Benjamin sabía que la chispa de la redención se enciende no en el triunfo sino en la derrota, no en la historia de los vencedores sino en la de los oprimidos. El gran campo de refugiados en que el mundo se ha convertido no es solo el síntoma del colapso: es también, quizás, el laboratorio involuntario de formas de vida que todavía no tienen nombre, pero que ya están ocurriendo.
Reconocer esto no significa romantizar la miseria ni estetizar la catástrofe. Significa más bien ejercer esa facultad rara que es la percepción de lo posible: captar, en las ruinas del presente, aquello que todavía no es actual pero que habría podido ser y que quizás, por un instante, puede todavía ser. Lo posible no viene del futuro. Está, en el pasado y en el presente, en aquello que no ha sido cumplido, en lo que ha sido sofocado, en lo que espera todavía ser liberado de la máquina letal en que ha sido capturado — a fin de bien, como siempre.
