Jean-Luc Debry / La gente es tonta. La buena consciencia y el fascismo que viene

Filosofía, Política

¿Por qué existe tanta complicidad con el viejo fascismo y por qué semejante aceptación del nuevo fascismo? Porque hay —y este es el quid— un principio rector común a ambos, ya sea sincero o insincero: la idea de que el mayor mal del mundo es la pobreza y que, por lo tanto, la cultura de las clases más pobres debe ser sustituida por la cultura de la clase dominante. Pier Paolo Pasolini, Cartas luteranas, 1983

La frase «La gente es tonta»[1], pronunciada en un arrebato de rabia alimentado por una decepción inconsolable tras unas elecciones marcadas por los avances y el arraigo local de la Agrupación Nacional (Rassemblement national-RN) —y ante las amenazas que su éxito supone a escala nacional si ganara las elecciones presidenciales—, es un auténtico eslogan, casi un manifiesto. Esta amarga constatación refleja un sentimiento de superioridad ligeramente desilusionado que bien podría ser una de las explicaciones de esta profunda fractura, la cual alimenta una tendencia cada vez más amenazadora, sobre todo desde que Trump está en la Casa Blanca y proclama a los cuatro vientos su determinación de imponer una versión contemporánea del fascismo con todos los atributos de una contrarrevolución victoriosa. Es, me parece, en su versión menos explícita pero igual de implacable del «no nos juntamos con esa clase de gente», el producto de antagonistas que fomentan una atmósfera vengativa de muy mal agüero.

«Todos son tontos» transmite una forma de violencia simbólica amortiguada, similar a lo que en otras épocas se denominaba «desprecio de clase». Significa la impotencia para detener un deseo que desborda a las sociedades occidentales; un estribillo de reproche —y que, en mi opinión, funciona como diagnóstico—. Un grito del corazón ya proferido con convicción durante el movimiento de los Chalecos Amarillos. «¡La gente es tonta!», asunto zanjado. Confirma que la «conciencia de clase» se ha disuelto en un discurso que pretende tomar prestada su legitimidad histórica para distanciarse de ella, una forma de desestimar las «subjetividades afectivas y emocionales» que condujeron a esta situación deplorable. No es de extrañar, pues, que aparezca un avatar patético, rebosante de certezas frustradas y de «resentimiento mental» (sic), el del conflicto cultural que enfrenta a las clases medias cultivadas con aquellos a los que consideran indignos de consideración, después de haber intentado, con una condescendencia a menudo poco convincente, persuadirlos para que adopten un habitus «conforme» a sus códigos —donde lo cultural se ha convertido, de manera muy problemática, en sectario—. Es la manifestación de un sentimiento de superioridad propicio a una postura repulsiva para quienes deben someterse a los dictados de un elitismo disfrazado de antielitismo; como si, en el seno de una camarilla cerrada, los autoproclamados guardianes morales escenificaran su sentido de superioridad endulzándolo con un alarde de su condescendencia.

Lo menos que puede decirse es que la generosidad brilla por su ausencia. El desprecio supurante es insoportable para quienes lo soportan. Crea las condiciones para un deseo de negatividad cuando transforma el «no», como hacen los niños, en una afirmación de una existencia distinta a la de la madre, en busca del camino hacia su propia singularidad —un camino que, como sabemos, atrapará a más de uno—.

La necesidad de un individuo de pertenecer a su comunidad se subestima enormemente, cuando no se niega de plano; a este respecto, las reflexiones de Pier Paolo Pasolini[2] merecen una cuidadosa consideración cuando aborda este tema en sus Scritti corsari. La pertinencia de sus observaciones, que, por desgracia, lo volvieron inaudible, le valió la etiqueta de reaccionario, incluso cuando escrutaba los estragos de la estandarización que arrasaba las «culturas tradicionales, rurales», aplastadas por la sociedad de consumo de posguerra —la cual consideraba una forma de deshumanización fascista tanto en su ambición como en sus resultados, aunque los medios empleados se basaran en el principio de servidumbre voluntaria—. Esta reivindicación local se considera reaccionaria por naturaleza. Por tanto, será objeto de burla, escarnio y magníficamente ignorada. «Todo está mal; circulen, ¡no hay nada que ver aquí!». Ser incapaz de considerar que «sus» vidas solo tienen sentido si la «gente» en cuestión adopta los valores, rituales y costumbres de su comunidad, donde viven, y que forman parte de una historia íntima —la de su familia y el lugar donde siempre ha vivido— es una limitación de la mente y del corazón, porque la ideología deshumaniza las posturas nacidas del mestizaje entre una patrona y un comisario político. En este ámbito, hay novelas en clave que no abren ninguna puerta. Juzgarlos desde la altura de un sentimiento de superioridad inmodesto, mientras se les enfrenta a un contramodelo cuyos códigos no poseen —en particular bajo la forma de un nomadismo ideologizado que lleva las marcas de un consumismo de personas y lugares— los condena a un silencio vergonzoso o a una forma de revuelta que refuerza el estatus de los fiscales como portadores de la «buena palabra», siempre dispuestos a despreciar a quienes se resisten a sus convicciones. Los protagonistas, que se consideran custodios herederos de una historia social que pervive a través de ellos, quedan encerrados, según el juicio del tribunal, en una categoría difamatoria sin más contemplaciones. ¿Tienen otro recurso que afirmar una identidad que, en sí misma, no es en absoluto culpable? Y, sin embargo, a menudo se reduce a la etiqueta: «todos son fascistas», una variante ideologizada de «todos son tontos». La generosidad parece singularmente ausente cuando se transitan caminos donde apenas se encuentran almas sensibles capaces de comprender algo distinto a las certezas que regurgitan como seña de reconocimiento. ¡Un cuento provenzal es tan bueno como uno africano, ¿verdad?!, allí donde se alaba lo lejano para mejor despreciar a los vecinos. Luego, frustrados por la resistencia que oponen, nos alejamos maldiciéndolos. «Todos son tontos». ¡Una autocomplacencia devastadora! Es un culto a lo lejano, a expensas del extraño cercano, que se convierte en una postura cómoda en la que se reconocen los defensores de un principio discriminatorio. Es cierto, hay que admitirlo, que la «reacción» que consiste en responder malhumoradamente: «¡Esto es nuestra casa!» y «¡Antes todo era mejor!» no fomenta el desarrollo de un sentimiento de simpatía hacia la «gente» que no escucha la música que debería, lee autores que no debería, no come lo que debería y va en coche al trabajo, bebe y fuma alrededor de una barbacoa.

La respuesta, la de la «gente» —y por tanto «los tontos»— rechaza la vergonzosa etiqueta que se les cuelga y reacciona con una forma de violencia simbólica vengativa. Es un terreno fértil en el que prospera el neofascismo emergente, permitiendo que los auténticos fascistas, o sus allegados, saquen partido de ello. Se ha convertido en la expresión de factores subjetivos que forman parte de un proceso social conflictivo que, sin duda, tiene raíces profundas y no es en absoluto trivial. Su retórica vengativa es reactiva, y eso es lo que le da su fuerza. Ofrece una salida a los deseos reprimidos alimentados por el resentimiento. Es de la misma naturaleza que el gran desahogo de los aficionados al fútbol, un júbilo odioso que produce placer. Hay una especie de paradigma común, impulsado por el viento envenenado del deseo de venganza de quienes, para existir, se niegan a ser puestos bajo una tutela que niega su realidad social y les reprocha prácticas consumistas consideradas «no conformes». Se quisiera que se avergonzaran de lo que son, aunque estén lastimosamente sometidos a una situación sobre la que no tienen ningún control y que no tienen medios para cambiar. Un lujo que no está a su alcance. Y ellos, por despecho, por provocación, alzan el dedo y dicen «que os jodan» a los tipos neosacerdotales que los asfixian con su mojigatería, cual inspectores escolares que vienen a solicitar su voto tapándose la nariz. Todo sirve para reforzar un sentimiento de desposesión. Su condición es un destino maldito en el que luchan por sobrevivir lo mejor que pueden con los medios a su disposición. Los acomodados menosprecian a quienes apenas ganan lo suficiente para vivir decentemente y compran en Lidl, mientras ellos frecuentan La Vie Claire y compran productos ecológicos caros.

Esta frase —«la gente es tonta»— es una respuesta emocional, impotente para contener la negatividad de la respuesta estigmatizada que vuelve como un bumerán. Es, por así decirlo, un caso de «devolver la pelota al tejado del remitente». Evoca lo que el psicoanalista marxista Wilhelm Reich, en un libro titulado La psicología de masas del fascismo, escrito al calor del momento entre 1930 y 1933, analizó como «un deseo de fascismo». La psicología de masas complementa el análisis socioeconómico habitual explicando comportamientos que, a su juicio, no son racionales sino que derivan del pathos social estructurado en las profundidades del inconsciente individual por pulsiones negativas y autodestructivas. Existe un deseo de fascismo que la moral y la cultura de las buenas intenciones no logran contener. La conciencia tranquila de las clases medias cultivadas es impotente para frenarlo mediante un enfoque guiado por el «sentido común». La conciencia culpable que alimenta un sentimiento de culpa se vuelve contra ellas porque, como cabe suponer, «la gente es tonta». Nietzsche también, a su manera, puso al descubierto el optimismo progresista de su siglo. Exploró las profundidades de la historia humana destacando el papel que el resentimiento ha desempeñado en ella, deteniéndose, con su vigor característico, en todas las ambigüedades que encierra la buena conciencia moralizante y los mecanismos que impulsaban a las comunidades humanas a la acción según la manera en que concebían la dinámica del resentimiento sobre la que fundaron un orden moral problemático. Es un terreno fértil para las tentaciones demagógicas. El resentimiento, seguido del deseo de venganza, les abre camino.

Más aún cuando hay muchas razones para depositar una confianza limitada en las declaraciones grandilocuentes, incluidas, en particular, las que se encuentran en el mundo laboral con la gestión participativa y en las administraciones locales con las parodias de democracia participativa. Corresponden a la gestión de grupos de discusión en el discurso político mediante los métodos manipuladores de la ideología gerencial y, en ambos casos —empresarial y municipal—, su neolengua —siempre presente y afirmada con osada seguridad por sus usuarios—; una retórica engañosa cuyos tortuosos recovecos solo escapan a quienes, ya sea por ingenuidad, estupidez o cinismo, desean permanecer ajenos. Métodos de inspiración marcadamente macroniana —libros de quejas, convenciones ciudadanas— que llevaron a muchos de nosotros a distanciarnos de esta práctica perversa de transformar una técnica derivada de la psicología conductual en cónclaves colusorios, cuyo objetivo es hacer creer a los participantes, siempre que sean de buena voluntad, que pueden influir en las decisiones cruciales que les afectan, mientras todo se decide en otra parte y esta distracción pueril y charlatana no era más que una forma de mantenerlos ocupados para que «convivan en armonía» dentro de un sistema a cuyas decisiones estaban sometidos —como, por ejemplo, elegir el color de la moqueta para hacer más agradable la oficina diáfana, prueba de un enfoque «humano» en la gestión del departamento—; una ficción que dejó un sabor amargo en la boca de quienes aceptaron seguir el juego. Un juego de tontos, en verdad. El historiador Johann Chapoutot nos recordó, de manera muy acertada, en su ensayo Libres para obedecer: cómo los nazis inventaron la gestión moderna[3], que la Alemania de los años treinta fue también un banco de pruebas donde se concibieron y pusieron en práctica los dogmas gerenciales que definirían la posguerra en las empresas y Estados occidentales, como si esta continuidad de discursos engañosos formara parte de un único arco narrativo en el que, digas lo que digas, hagas lo que hagas, siempre serás el hazmerreír, la broma ofrecida a los hombres y mujeres en el poder que necesitan tu entusiasmo y tu participación ingenua para alcanzar su objetivo y, no menos importante, para tener tranquilidad. El poder es el reino donde los perversos narcisistas, tierra de hybris, pueden, respaldados por la retórica ideológica, escenificar una voluntad de poder que transforma su desviación psicopática en una competencia, o incluso en una cualidad necesaria para su ejercicio.

Una vez más, prevalece el desdén generalizado y el resentimiento es profundo. Las cicatrices son profundas. ¿Cuánto crédito podemos dar a las palabras que enmascaran prácticas contrarias a lo que profesan, y que sirven de cobertura a valores compatibles con un sistema autoritario y deshumanizante? La traición de los intelectuales, también en este ámbito, nos aleja de las palabras melosas que se recrean en el vocabulario humanista y afirman escuchar una voz que nunca será otra que la de los explotados.

En otro frente que te priva igualmente de lo que te constituye como sujeto, la pertenencia de un individuo a su comunidad queda efectivamente anulada —esconde esa inclinación, no sea que la vea—. Se la considera reaccionaria por naturaleza si la idea inoportuna de reivindicar esa pertenencia se les pasa por la cabeza. Por tanto, serán objeto de burla, desprecio y altivamente ignorados. Sin embargo, admitir que la vida de uno solo tiene sentido en la medida en que se adoptan los valores de la propia comunidad no es en absoluto fascista, y juzgar esto desde un sentimiento presuntuoso de superioridad da con la puerta en las narices a los «locales», los nativos, los herederos de una historia íntima y generacional que merece algo mejor que esta suficiencia expresada con desdén por nómadas consumistas que solo aman lo que halaga su ego sin cuestionar jamás lo que impulsa su deseo de poder.

Así que, para ellos, ha llegado la hora del resentimiento.

«Esa pena, esa amarga oscuridad que se hincha en tu corazón, esa fuerza amarga que se apodera de ti cuando te sientes impotente frente a la violación por parte del otro de tus reglas y tus ideales: eso es el resentimiento, que da a tu ira ese tono indignado y acusador, que hace chirriar tu voz en nombre de la virtud. Cuando esta fuerza te invade, no esperes agotarla dándole rienda suelta: porque es insaciable, tan voraz como el deseo mismo; no es más que el deseo domesticado por la moral, la energía misma de la moral. La ley que él ha quebrantado, la palabra que ha traicionado, es precisamente lo que tú creías que lo “sujetaría”, y tu resentimiento es tan fuerte como el sentimiento de tu propia impotencia. Vengarse amargamente, deshacer, restaurar el estado anterior: eso es lo que tu libido, ahora reactiva, se pone a hacer, día y noche», escribió François Fourquet en 1974 en la revista Recherches publicada por el CERFI (Centre d’Études, de Recherche et de Formation Institutionnelle), dedicada al «ideal histórico», cuando escrutaba sin piedad el ideal militante y sus encarnaciones desde el nacimiento del movimiento obrero, en una época en que los aparatos de izquierda —maoístas y trotskistas— aún dominaban (sic) y utilizaban la esperanza que decían encarnar como trampolín para el ejercicio de un poder que, por el contacto cotidiano con ellos, sabíamos que carecería de compasión o justicia, pero al servicio de un dogma despiadado con la disidencia —tardamos en darnos cuenta, pero una vez aprendida la lección tras unos cuantos golpes y tras presenciar tácticas dilatorias, manipulación y acciones contrarias a los principios democráticos más básicos durante las huelgas estudiantiles de los años setenta, el recuerdo nunca se desvaneció—. La confianza nunca volverá, a menos que cultivemos la mala fe de un sistema. Porque, en definitiva, ¿de qué hablamos sino de estructuras de poder?

La expresión de un deseo nihilista eleva el espíritu de venganza a ideal histórico. Es un auténtico manifiesto que acompaña el retorno de lo reprimido. Lleva la marca de la negatividad en acción, a la que responde un sentimiento de superioridad desilusionado; una superioridad que, en el fondo, no hace sino confirmar su propia legitimidad despectiva —una legitimidad de la misma naturaleza, aunque puramente reactiva—. Un trágico juego de espejos sobre un trasfondo de «degradación antropológica», por tomar la esclarecedora frase de Pier Paolo Pasolini. El culto al hedonismo centrado en el «bienestar» y el «buen vivir» y su negatividad —la de los tontos— se convierten en un relato dentro de otro relato. El deseo de dominación mutua que lo recorre se pone en perspectiva y actúa como señuelo sobre un trasfondo de reivindicaciones identitarias, «nosotros y ellos». Este abismo es sin duda síntoma de un estado de anomia alimentado por un sentimiento muy real de desposesión, presente desde hace tiempo en la sociedad y que ahora la sacude hasta sus cimientos, como ha revelado el movimiento de los Chalecos Amarillos, a pesar de todas sus ambigüedades. Es una crisis cultural en el sentido antropológico del término; un sentimiento que debe tomarse en serio. La falsa liberación del estado de bienestar/bienestancia ha creado una situación culturalmente desigual que alimenta un resentimiento profundamente arraigado que, con el paso del tiempo, se hunde cada vez más en las profundidades del rencor para buscar el alimento necesario para su crecimiento, hasta volverse irracional e ininteligible, hasta el punto de que la invectiva y las consignas odiosas, y el racismo descarado, sirven como programa político. Y, sobre todo, proporcionan un júbilo vengativo carente de cualquier sentido de la mesura o del simple honor; un comercio de la indecencia. Eso es lo que trafica la prensa de extrema derecha, y lo que, al parecer, tan bien le sienta. Campar a sus anchas.

Alain de Benoist, figura destacada del movimiento intelectual conocido como la «Nouvelle Droite», que desempeñaría un papel importante en la instauración de un discurso de extrema derecha revitalizado intelectualmente, durante un coloquio organizado por el GRECE (Le Groupement de recherche et d’études pour la civilisation européenne) publicado en 1982, abogó por un enfoque «gramsciano de derechas» secuestrando para sus fines el concepto de «hegemonía cultural». Este intento de apropiación del pensamiento de Gramsci se basa en el deseo de hacer compatible una cultura del neofascismo de extrema derecha (un pleonasmo) con una ideología política que luchó contra ella y pagó el precio —el de su libertad y su vida—. Siguiendo sus pasos con pleno conocimiento de causa, el multimillonario Pierre-Edouard Stérin y su organización —que financia varias asociaciones identitarias y medios de comunicación abiertamente alineados con la extrema derecha radical, o, para decirlo sin rodeos, de naturaleza fascista— y Vincent Bolloré —amigo íntimo de Sarkozy— con su poderoso aparato mediático, compuesto por periódicos, televisión, radio y editoriales, están convirtiendo este deseo manipulado en un terreno fértil para un júbilo absolutamente desinhibido que no oculta ni sus intenciones ni su deseo de capitalizar una situación favorable para satisfacer los instintos vengativos de una deconstrucción inversa. La alineación de los astros juega a favor de su ambición política. Cada uno, a su manera, influye en el curso de la política nacional y, posteriormente, da un impulso a sus negocios alimentado por un mecenazgo de motivación ideológica, sin ninguna salvaguarda. Ni las apelaciones a la razón, ni a la moral más elemental, y menos aún a la ética profesional, parecen capaces de detener semejante «dejarse ir» que desata los instintos más bajos y odiosos, donde el odio compartido proporciona una forma de placer compartido vivido como recompensa colectiva. Se deleitan en el placer que esto produce. Construir una comunidad a través del comercio del resentimiento es una realidad política que explotan con un éxito que plantea interrogantes sobre los motores inconscientes de tal dinámica. Atizan la fiebre de la seguridad y la xenofobia con la convicción de un templario que partiera a la conquista de Tierra Santa. Esto deja al pequeño comercio de la felicidad y a sus secuaces literalmente sin palabras, como en medio de un proceso al estilo Pilatos. Ante esta competencia, hay que admitir que no están a su altura.

El deseo de venganza que sienten quienes, con razón o sin ella, se sienten desacreditados por el «desprecio teológico» (cf. Pasolini) de quienes han asumido el papel de guías, o incluso de vanguardia esclarecida, mantiene vivas las brasas humeantes de las que saltan chispas en una cultura del resentimiento avivada por un poderoso aparato mediático abiertamente neofascista, que luego recoge los frutos. La extrema derecha radical capitaliza las «mentes disponibles» conquistadas por esta ola que surge de las profundidades del alma humana, mentes que se han vuelto receptivas a su retórica. Las utiliza como trampolín necesario para instaurar un régimen acorde con su ideología. Quien siembra desprecio teológico (versión actualizada del desprecio de clase) cosecha resentimiento.

Nada parece capaz de detener esta marcha hacia el poder, que se apodera de las conciencias y ofrece un sentimiento compartido de gratificación. No conseguiremos contenerla oponiéndole un clima de guerra civil que ahonda las fisuras que amenazan el edificio, y para el cual las bandas fascistas están mucho mejor pertrechadas, ya que se mueven en su terreno: virilidad marcial, disciplina militar y mantenimiento de la forma física útil para el combate. Luchar es su razón de ser. Sería un error de cálculo estratégico creer que podemos competir con ellos usando sus métodos. Los enfrentamientos físicos entre bandas de hinchas (los «ultras»), entre bandas rivales, realizados de forma militarizada (calcados de los años treinta), en un ambiente de ajuste de cuentas entre hooligans de distintas facciones, entre hooligans territoriales, o contra una policía militarizada que se comporta ella misma como una banda ebria de su propia violencia, pero mejor organizada, mejor armada, mejor preparada y gozando de una complacencia institucional que equivale a una forma de impunidad implícita, como se lamentó durante la represión del movimiento de los Chalecos Amarillos, solo conducen a desenlaces sin perspectivas de victoria. Una postura beligerante al estilo de las milicias fascistas de antaño y de la OAS, que refuerza y aviva el deseo de lucha, es la savia de los militantes de extrema derecha. Y, en el ejercicio de sus funciones, justifica el comportamiento de las unidades policiales cuyas simpatías por valores afines a los círculos fascistas no son ningún secreto, y que no dejan de demostrar cada vez que surge la ocasión.

El enemigo es esencializado en ambos bandos —el racista y el racializado— y el carácter radical de las posturas aparece como un deseo de eliminar al adversario para demostrar la propia fuerza y determinación. Quien no está a favor, está en contra; quien está en contra es un villano, de modo que el fin justifica los medios. No es una lucha de clase contra clase, sino un enfrentamiento esencializado que encierra a cada cual en un grupo cultural que lo convierte o bien en un elegido o bien en un partidario del «Mal». Encaja perfectamente en la actual batalla pseudocultural, la de un antifascismo cuya legitimidad se inspira en las revoluciones abortadas del pasado, contra un fascismo que supuestamente es una réplica moderna del pasado, sin conexión con la alienación en la que se encuentra un pueblo —debido a la desposesión de su destino y a la disolución de su cultura en la estandarización globalizada—, un pueblo al que ya no se busca seducir ni convencer. Y no son las referencias a conflictos poscoloniales o religiosos lejanos, como Palestina o Irán, Venezuela o Cuba, las que permitirán una identificación que, en cualquier caso, es problemática. Dicha identificación está reservada a los militantes y partidarios de estas causas lejanas, sean justas o no.

En esta arena —la de la violencia frente al fascismo— las victorias son efímeras; a veces tácticas pero rara vez estratégicas o decisivas. Anuncian derrotas devastadoras para el Estado de derecho. El antifascismo de la época de la que habla Gramsci estaba, en Italia, arraigado en intensas luchas sociales en un clima insurreccional, como en Alemania, que terminaron con su derrota y la toma del poder por los fascistas y los nazis. Es un extraño retorno al futuro creer que las cosas podrían ser diferentes hoy, cuando está claro que ningún movimiento de masas es capaz de sostener un antifascismo suficientemente arraigado en la sociedad para resistir el ascenso de los herederos de Mussolini y de los neonazis declarados que, como Quentin Deranque, golpeado hasta la muerte cuando yacía en el suelo (lo cual, después de todo, plantea un problema ético y crea un malestar que se despacha demasiado rápido),[4] muestran preferencias que no ocultan su siniestra agenda política.

Pasolini, una vez más, inspirado por este tema —y con razón— escribe en particular en Cartas luteranas[5] que «Existe hoy una forma de antifascismo arqueológico que es, en resumen, un pretexto cómodo para otorgarse a uno mismo un certificado de antifascismo genuino. Es un antifascismo fácil, cuyo objeto y objetivo es un fascismo arcaico que ya no existe y no volverá a existir. […] Es por eso que una gran parte del antifascismo actual —o, al menos, de lo que se llama antifascismo— es o bien ingenuo y estúpido, o bien meramente pretextual y de mala fe; pues combate, o finge combatir, un fenómeno muerto y enterrado, arqueológico, que ya no puede asustar a nadie. Es, en definitiva, una forma de antifascismo completamente cómoda y sin exigencias.»

Ni un golpe de Estado ni la lucha callejera victoriosa llevaron al poder al régimen fascista en Italia y al régimen nazi en Alemania (a diferencia de la URSS de Lenin). Vale la pena recordar que en Italia, las puertas del parlamento italiano se abrieron a los Camisas Negras porque Benito Mussolini recibió el encargo, el 16 de noviembre de 1922, del rey Víctor Manuel III de formar gobierno; y que en Alemania, el 30 de enero de 1933, fue el presidente alemán Paul von Hindenburg quien nombró a Hitler canciller del Reich en una coalición en la que no eran la fuerza política mayoritaria tras las elecciones. Los círculos políticos, empresariales y los componentes institucionales de la sociedad italiana y alemana de la época permitieron el ascenso de un poder que también albergaba ambiciones que atraían a las masas y a su deseo de fascismo, gracias a un mecanismo que les otorgaba credibilidad social, mientras que la toma del poder en ambos casos se basó en una legitimidad que respetaba aparentemente las instituciones democráticas y fingía combatir la violencia callejera en nombre del orden y la tranquilidad pública —creando desorden para luego presentarse como el partido del orden—. Fue la elección de las élites económicas (industriales, financieros, aseguradoras) y las élites patrimoniales (rentistas, accionistas) lo que marcó la diferencia. Frente al KPD (Partido Comunista Alemán), utilizaron la fuerza militante del partido nazi, que ofrecía un contrapeso tranquilizador,[6] «y que había que aprovechar a toda costa para una defensa resuelta del orden social y económico. Una apuesta, en definitiva: como los nazis eran inexpertos, flanquearlos con políticos astutos y experimentados permitiría domesticarlos en el marco de un poder compartido en un gobierno de coalición. ‘Una coalición que el bocazas austriaco nunca aceptó’». «La solución nazi fue favorecida por el mundo de los negocios tras las elecciones del 6 de noviembre de 1932.» El gabinete de Von Papen era un mosaico, sin precedentes desde 1918, «de los elementos más caricaturescos ofrecidos por las élites patrimoniales del capital industrial, bancario, agrario, aristocrático y militar».[7]

La toma del poder tuvo lugar, por tanto, a otro nivel una vez que el pueblo cedió a un deseo de venganza, un deseo nihilista, un deseo de fascismo con su culto al líder, a la fuerza y a la arbitrariedad. Una venganza cuyas raíces se sitúan más allá del ámbito de la razón y que, en su alegría maliciosa y sus pasiones tristes, hará del resentimiento el motor de la historia celebrando un culto mortífero que exigirá su cuota de víctimas sacrificiales como un dios sanguinario dotado de un apetito insaciable. La breve Revolución española escapó a este desastroso escenario. Fue desencadenada por un antifascismo enraizado en un profundo deseo de transformación social, defendido por el pueblo que enarbolaba las ambiciones libertarias que lo animaban, pero fue aplastada por los dos totalitarismos del siglo: el fascismo y el estalinismo, nacido de las filas del leninismo, bajo cuyos auspicios el fascismo y el antifascismo estalinista emplearon los mismos mecanismos policiales, carcelarios y militaristas, servidos por una justicia rápida y arbitraria, todo ello glorificado por la mentira de Estado, la ambición de los criminales y la estetización de su deseo mortífero.

El antifascismo italiano y alemán carecía de la fuerza que emana del resentimiento que impulsa a «las masas» (sic), un deseo como voluntad de poder político. Un rencor visceral e indecible había absorbido la racionalidad, dejando impotente la racionalidad de la resistencia y permitiendo que la catástrofe apareciera como la expresión de la energía destructiva de «las masas»… ¡y qué paradoja! —como una revuelta liberadora—. Pagaron un alto precio: represión, privación de la libertad de opinión, masacres y guerras sin sentido —en resumen, la aniquilación de la simple humanidad, en una grandiosa exhibición de despliegues de fuerza excesivamente teatrales—. Solo la muerte de los combatientes pudo detenerla; un suicidio, en esencia.

Los dioses del resentimiento no se aplacaron con el sacrificio de chivos expiatorios y exigieron cada vez más sangre para saciar su sed, alimentada por la exaltación del martirio libremente otorgado en nombre del honor y la lealtad. Y el resentimiento, en su insaciable necesidad de víctimas, solo se vio más estimulado, nunca satisfecho.

Este es el camino que hoy toman Putin, Trump, Netanyahu y los Guardianes de la Revolución Islámica de Irán, a la espera de que le llegue el turno a Europa para culminar este proceso histórico que, mientras escribo esto, parece, por desgracia, muy avanzado, tan cierto es que todos parecen contribuir y tocar con un celo desconcertante la partitura de una sinfonía que celebra a los cuatro jinetes del apocalipsis en lugar de la salvación universal. Más allá de estas posibilidades, el sometimiento de vasallos dóciles y serviles, como se ha visto en Argentina, Chile y la Hungría de Orbán, puede ser la solución elegida por quienes aspiran a servir a un amo cuyas ambiciones honrarán con sumo celo. Esto crearía una situación de ciudad-estado subyugada al Imperio, hasta que estallen las rivalidades imperiales y transformen el caos global en una conflagración incontrolable.

NOTAS

[1] Traducción de la expresión francesa «Les gens sont cons», donde «cons» puede traducirse como «tontos», «idiotas», «imbéciles», «gilipollas» y similares, según el grado de vulgaridad deseado; o podría asumirse la traducción inglesa del Estragón de Samuel Beckett en Esperando a Godot: «Les gens sont des cons» / «People are bloody ignorant apes» (La gente son unos malditos simios ignorantes); nada de lo cual iguala la elocuencia de la descripción que hizo Hilary Clinton de lo que ella consideraba la mitad de los partidarios de Donald Trump durante la campaña presidencial estadounidense de 2016: «Basket of deplorables» (cesta de deplorables).

[2] Pier Paolo Pasolini, Scritti corsari, Collana Memorie documenti, Garzanti, Milano, 1ª ed. 1975; Écrits corsaires, Pier Paolo Pasolini, Flammarion, 1976.

[3] Johann Chapoutot, Libres d’obéir : le management, du nazisme à aujourd’hui, Gallimard, 2020. [Johann Chapoutot, Free to Obey: How the Nazis Invented Modern Management, Europa Editions, 2023.]

[4] «Golpear a un manifestante caído en el suelo es golpearse a uno mismo, ya que arroja una sombra sobre todo el cuerpo policial. Es aún más grave golpear a los manifestantes después de su detención y mientras son conducidos a comisaría para ser interrogados […] Ténganlo presente y corran la voz: cada vez que se cometa una violencia ilegal contra un manifestante, decenas de sus compañeros tratarán de vengarle. No hay límite para esta escalada». Carta enviada el 29 de mayo de 1968 por Maurice Grimaud, prefecto de policía, a todos los mandos de la jefatura de policía durante los acontecimientos de mayo de 1968. En ella, les recordaba que debían observarse ciertas reglas en la represión de los disturbios y que no toleraría determinados comportamientos.

[5] Lettres luthériennes en le Petit traité pédagogique, Pier Paolo Pasolini, Points Documents, 2002.

[6] Johann Chapoutot, Les irresponsables. Qui a porté Hitler au pouvoir?, Gallimard, 2025.

[7] Op. Cit.

Fuente: Lundimatin, en inglés, que agrega la nota [1], Autonomies

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