“Las relaciones sociales han sido capturadas por esta extraña mitología del capital (…) El capital barre a los hombres en esta aterradora maquinaria; es un fantasma con miembros de acero” (Guterman y Lefebvre, 1934).
Cuando la actual oleada de extensión global de la extrema derecha parece al fin exhibir signos de agotamiento (arresto de Bolsonaro, caída electoral de Orbán, desplome de la popularidad de Trump por la incursión fallida en Irán), tras varios años de ascenso imparable que no fue percibido inicialmente por una izquierda que andaba preocupada de cualquier otra cosa, la literatura sobre fascismo y nuevas derechas llegó a ser masiva. En general dicha literatura provino de sectores que políticamente denunciaban los avances populistas autoritarios entendiendo las derivas o potencialidades fascistizantes de nuestro tiempo como anomalías de la democracia liberal. Otros autores y textos se dedicaron a construir check-lists que sirvieran para detectar el peligro de reaparición de los fascismos, tratando de evitar los triunfos electorales de sus nuevos líderes (Milei, Le Pen, Meloni, Kast, etc.).
En las antípodas de esa literatura liberal y/o socialdemócrata, tenemos “Fascismo tardío. Raza, capitalismo y las políticas de la crisis”, obra del italiano Alberto Toscano editada en inglés por Verso en el 2023 y en español por Akal el año 2025. En el 2023, poco después de haber terminado de escribir “La religión de la muerte. Postscriptum sobre viejos y nuevos fascismos”, alguien me envió una versión en pdf del libro de Toscano en inglés. Tras verificar con sorpresa que en la dedicatoria del libro se incluía la leyenda “Y en recuerdo de Lumi Videla (1948-1974) y de quienes lucharon contra el fascismo en Chile hace cincuenta años”, traduje al español el Prefacio1, y lo envié a un mail del autor que encontré en internet. Alberto agradeció el gesto, y me contó que estaba en preparación la edición en español.
Luego de conseguir y leer la edición Akal, puedo concluir que se trata de uno de los aportes más significativos a la comprensión del tema desde una posición abiertamente anticapitalista, que no por ello se refugia en viejas comprensiones del marxismo más o menos oficial, sino que tiene el indudable mérito de poner en tensión aportes provenientes de fuentes menos usuales en nuestro medio: el marxismo negro (WEB Dubois, CLR James, Aimé Césaire) y los escritos de integrantes del Partido Pantera Negra encarcelados en los años sesenta y setenta (George Jackson y Angela Y. Davis) juegan un papel clave al inicio del libro, dedicado al problema de las analogías históricas, para luego tratar de enriquecer el enfoque mediante la noción de “fascismo racial”. En efecto, mientras la mayoría de las concepciones del fascismo surgidas desde la izquierda se centran en la dimensión europea del fenómeno de entreguerras, los marxistas negros supieron aportar una perspectiva distinta, que enfatizaba el hecho de que los antecedentes directos del fascismo europeo se encuentran en las políticas y técnicas de dominación colonial sobre enormes poblaciones racializadas. Como dijo el escritor Langston Hughes, el fascismo es solo “un nombre nuevo para el tipo de terror que el negro ha enfrentado desde siempre en América. Así la “construcción negra del fascismo” sirve para entender que antes que como movimiento o régimen político específico el fascismo surge de la dinámica misma de la dominación capitalista, de una manera que ya destacaba Karl Polanyi en “El virus fascista” (1934) cuando señalaba que “el problema del fascismo es tan antiguo como el capitalismo”. Por lo mismo, Toscano concluye -parafraseando a Horkheimer- que “quien no esté dispuesto a hablar de anticapitalismo debería también callarse sobre el antifascismo”.
Al revisar aportes teóricos que analizaron el fascismo clásico (1919-1945) desde la izquierda, el abordaje de Toscano es también bastante original, pues además de Benjamin, el ya referido Horkheimer y su compañero Adorno, se centra en analistas bastante originales como Ernst Bloch en “Herencia de esta época” (1935) y Georges Bataille en “La estructura psicológica del fascismo” (publicado en 1933 en la revista La Critique Sociale, editado en 2025 por FCE y co-editado en 2026 por un conjunto de editoriales antagonistas locales).
Bloch destaca el carácter “desincronizado” del fascismo. Toscano lo explica así: “Donde la lucha de clases entre la burguesía capitalista y el proletariado es una lucha por la modernización (lo sincrónico, lo contemporáneo) buena parte (quizá la mayoría) del pueblo alemán en el período de entreguerras vivía a través de patrones sociales y fantasías psíquicas imbricados en ritmos históricos que no eran los que estaban subsumidos en los tiempos del trabajo y del capital”. La crisis capitalista empujó a un primer plano a “gente asincrónica”: “habitantes en decadencia de unos pasados cuyas esperanzas seguían sin colmarse, fáciles de reclutar en las filas de la reacción”. De este enfoque surge la necesidad -no siempre bien comprendida por la “izquierda antifascista”- de denunciar el fascismo como un gran timo, y a la vez “tomarse en serio los deseos que explotaba el fascismo”. Es decir, al entender el fascismo como un proceso dinámico más que como una ideología rígida, podemos tratar de rescatar sus elementos verdaderos pero puestos al servicio de lo falso, para así lograr recuperarlos neutralizando la operación mitológica que siempre intenta el fascismo en el plano superestructural. Y es precisamente en ese plano donde Toscano ve las mayores conexiones entre los viejos y los nuevos fascismos: “una retórica del cataclismo y del declive nacional con las vagas promesas de un renacimiento, soldadas entre sí mediante la identificación de culpables extranjeros para la alienación general”.
Otra “lectura rescatadora” del fascismo es la de Bataille, que al criticar el excesivo racionalismo del antifascismo marxista y comunista “diagnosticaba el atractivo de la estructura psicológica, de la simbología y de las formas de organización ritualizada propias del fascismo en términos de la manipulación de lo que él denominaba heterogeneidad”, una afectividad y energía presentes en la subjetividad obrera y que se extiende a toda la población, siendo aprovechada por los movimientos fascistas. Como explica John Brenkman en una “Introducción a Bataille” (New German Critique 16, 1979) el fascismo “volvió a vincular esta afectividad explosiva con las relaciones sociales existentes mediante ese conjunto de formas simbólicas, instituciones y representaciones políticas que eran a la vez antiburguesas y antimarxistas”, en un proceso en que “el fascismo es la negación de sus propias fuentes afectivas”.
Esos elementos del viejo fascismo ya no se aprecian tan claramente en el fascismo del “capitalismo tardío” (Mandel), en cuyos brotes actuales se constata “la ausencia de lo utópico y de lo antisistémico, de lo sagrado o de lo excesivo”, lo cual puede explicarse en gran medida porque estas nuevas expresiones no enfrentan amenazas revolucionarias contra el orden capitalista, aunque no por eso dejan de ser una “contrarrevolución sin revolución”.
El tercer capítulo ofrece una de las investigaciones más originales y necesarias, pues se dedica a la poco explorada relación entre fascismo y libertad. Esto es crucial en momentos en que las “nuevas derechas” (expresión siempre al borde del oxímoron) parecen empeñadas en reivindicar su propia versión del “libertarianismo”, intentando presentarse como una forma de anarquismo de derechas, y endosándole el fascismo a la izquierda, precisamente por su anticuado y ya añejo componente “socialista” (presente de alguna manera de Mussolini a Hitler, totalmente ausente en MAGA, La Libertad Avanza y la ultraderecha chilensis). Así, toda una variedad de las nuevas derechas se presenta como defensora de “las ideas de la libertad”, y en base a eso afirman que “Libertad no es fascismo”, tal como vi escrito en un grafiti en Buenos Aires poco después del triunfo de Milei. Esto resulta desafiante para una izquierda antifascista que hasta el día de hoy asume que hay una contradicción esencial entre fascismo y liberalismo (político y económico), siendo que en los hechos varios políticos liberales apoyaron al fascismo como herramienta para imponer el orden, mientras Mussolini reconocía en noviembre de 1921 que en lo referente a cuestiones de economía los fascistas eran “declaradamente antisocialistas, lo que quiere decir liberales” (Discurso en el Tercer Congreso Nacional Fascista).
Toscano explora en esta parte la proposición de que “de diversas maneras, las concepciones de la libertad (tanto en el nivel colectivo como en el individual) no han sido (ni son) ajenas al fascismo y que podemos mejorar nuestra comprensión de las potencialidades y subjetividades fascistas quedándonos con ese aparente oxímoron, la libertad fascista”. En su revisión Toscano formula interesantes distinciones entre el fascismo como No-Estado (Neumann y Marcuse) o como un Estado Anti-Estado. Para los primeros el nazismo abolió la distinción entre sociedad y Estado, y no se trataría tanto de un “Estado totalitario” como de una máquina-Estado, el “autogobierno directo a inmediato por parte de los grupos sociales dominantes sobre el resto de la población”, en una situación dominada por “la triple soberanía del capital, el partido y el ejército en la que Hitler operaba como un locus de compromiso”. Como señaló Marcuse en 1942, “el Estado nacional-socialista no es el reverso, sino la consumación del individualismo competitivo”. A su vez, la categoría de Estado-anti Estado sirve para entender las políticas del neoliberalismo, y su relación con la serie de “respuestas punitivas al caos que ha provocado”, en un contexto en que la crisis del neoliberalismo ha servido para maximizar las potencialidades fascistas.
En conclusión, el fascismo “no se capta por completo ni de manera adecuada como una Estadolatría, ni como la subsunción de los mercados al Estado” y -a su vez- el liberalismo “solamente se puede identificar con la limitación del poder político y del Estado a expensas de desalojar en el proceso su realidad histórica”.
En el capítulo IV, “Un fantasma con miembros de acero”, el autor se sumerge en la exploración de los vínculos entre el fascismo y el capitalismo, centrándose en la relación entre capital, derecho y raza. Así retoma la idea de Moishe Postone acerca del fascismo como un “anticapitalismo truncado”, en una relación reactiva contra las abstracciones reales del capital, que “cristaliza en el marco de trabajo racial del anticapitalismo romántico”. En esta parte del trabajo Toscano analiza detalladamente un aspecto poco conocido del nazismo: su concepción jurídica que exige “la sustitución del derecho romano que sirve a un orden mundial materialista por un derecho consuetudinario alemán” (Punto 19 del Programa de 1920 del Partido Nacional Socialista). Esta crítica conecta con el antisemitismo al diagnosticar que el derecho romano “judaizado”, como expresión por excelencia de la vinculación de los judíos con el trabajo intelectual abstracto, era propio de una modernidad que encubría una “guerra cultural contra la raza nórdica, en la que el derecho romano, el derecho natural, el liberalismo económico, el individualismo y el capitalismo se habían aliado (y el capitalismo, en último término, estrecharía las manos con el comunismo en la misma guerra del universalismo abstracto contra la concreción nacional-racial”. En esta guerra el universalismo revolucionario de 1789 expresado en libertad/igualdad/fraternidad se suplanta por trabajo/familia/patria. El nombre de este capítulo está tomado de un poco conocido texto de 1936, “La conciencia mistificada”, de Henri Lefebvre y Norbert Guterman. Ahí señalan que la “primacía del espíritu” proclamada por los fascistas “no significa más que la sumisión a los mitos y a las extrañas abstracciones reales del capitalismo”, en “complicidad directa con la inmensa mentira que desemboca en el fascismo”.
En este punto llegamos a lo que parece ser la clave del novedoso aporte de Toscano: el análisis de las temporalidades del fascismo. Es de destacar que la bibliografía utilizada en esta parte (capítulo V: “Precipitarse de cabeza hacia el pasado”) es muy interesante y prácticamente desconocida en nuestro medio. Siguiendo a Polanyi cuando indicaba que antes del surgimiento del fascismo como movimiento/programa/régimen el “virus” ya estaba alojado como potencialidad en el tuétano mismo del capital, acompañándolo en toda su larga duración, Toscano nos presenta el análisis de Harry Harootunian (“A fascism of our time”, 2021) para quien es un error tratar al fascismo como algo remoto y terminado, o como algo que simplemente se replica en el presente. En lugar de ello habría que “aprehenderlo en su historicidad, como una respuesta que muta ante las coyunturas específicas sociales y políticas”.
Esta recomendación nos permitiría entender que el fascismo no es eterno (como cree U. Eco), y que tampoco se inició en 1919. Este dilema ocupó gran parte de mis reflexiones mientras escribía “La religión de la muerte” (2023), puesto que a mi juicio no se podría hablar de fascismo propiamente tal antes de la era de revoluciones proletarias que se abrió en 1917, y de las cuales solo una “triunfó” manteniéndose en el poder e implementando un cambio de régimen. En mi opinión, no estamos ante fascismos en sentido político sin el elemento retórico seudo anticapitalista o antisistema, que como sabemos es un aspecto bastante debilitado en las mutaciones neofascistas de la actualidad. Desde ahí, me resultaba difícil admitir la existencia de un fascismo consustancial al capitalismo mismo, desde sus inicios en los siglos XVI y siguientes. No así la posibilidad de entender como diversas formas de “protofascismo” a la gestión violenta y “populista” de los conflictos a los que conduce la crisis capitalista, desde antes de 1917, y diría que al menos desde 1848.
Toscano y sus referencias bibliográficas van más allá. De una manera que me parece interesante y bastante convincente, añaden a la dimensión temporal del fascismo su presencia territorial, no sólo en la metrópolis, sino que a nivel global. Así, Geoff Eley (“What is fascism and where does it come from”, 2021) afirma que “El fascismo comenzó en Asia Oriental tanto como Europa, en África tanto como en las Américas. Estos fascismos desplegaron dinámicas políticas, atavíos ideológicos y prácticas similares, con efectos políticos convergentes”. En este esquema, no se trata de “destronar” los ejemplos alemán e italiano, sino de “ver con mayor claridad el espacio político más amplio que ocupaban”. No podría estar más de acuerdo, y por eso es recomendable hablar de fascismos en plural.
En cuanto a las temporalidades, Toscano distingue tres niveles:
Bajo la denominación de tiempo para el fascismo, encontramos “los momentos o coyunturas históricas en los que el fascismo surge como una posibilidad, como un contrincante, como una solución”. Se trataría en este nivel del análisis de las condiciones objetivas y los aspectos socioeconómicos de las “crisis productoras de fascismo”.
En un segundo nivel nivel, Toscano nos habla del tiempo dentro del fascismo, es decir, de la dimensión subjetiva de la temporalidad fascista. Este aspecto es difícil de captar desde la izquierda progresista, pues consiste en una “síntesis disyuntivas del arcaísmo y el futuro dentro de los proyectos de renacimiento racial-nacional, definidos a su vez por una aceleración expansiva del conflicto y por su deseo de purgar la política fascista de cualquier obstáculo para la llegada de su autoidentidad”. Como señaló el situacionista Debord, que aparece citado al inicio de este capítulo, “el fascismo es un culto de lo arcaico completamente equipado por la tecnología moderna”.
En un tercer nivel, objetivo-subjetivo, tenemos el tiempo del fascismo, una mediación entre los dos niveles anteriores que se expresa cíclicamente y de una manera a la vez retrógrada y modernizadora: diferencia y repetición en la aparición del fascismo como una forma de “revolución conservadora”. En su expresión actual, este fascismo aparece como una “contrarrevolución sin la revolución”, o como contrarreforma preventiva.
Esta parte es muy interesante pues el autor se pregunta qué es lo que el fascismo tardío estaría intentando prevenir, de una manera en que “la superestructura parece sobre pasar la base, como si las fuerzas y fantasías que antaño fueron funcionales para la reproducción de una clase dominante y un orden racial hubieran alcanzado ahora una especie de autonomía”. De este modo, los “pánicos morales” que el nuevo fascismo activa en torno a la “ideología de género”, el “wokismo” y la “teoría crítica de la raza”, así como diversas reformas progresistas, indicarían que para los racistas y reaccionarios son “señales de una distopía comunista que está prácticamente aquí”. De ahí que una izquierda que no sólo sea antifascista sino también anticapitalista debería saber ver ahí “los rasgos utópicos que exigen ser sacados con fuerza del continuo reformista”, tratando de “convertirse en aquello que sus enemigos creen que es ya, es decir, una empresa ingeniosa y sistemática que busca minar la civilización blanca, occidental, cristiana, capitalista y patriarcal en todas las instituciones de la sociedad”. O como se decía hace unos años en Chile: todo gratis, todo gay.
Este comentario está tomando más espacio del que quería, así que para ir cerrando me referiré a los dos últimos capítulos. El VI se llama “Ideas sin palabras” y está dedicado a explicar el muy relevante y aún poco conocido aporte del italiano Furio Jesi al estudio de la “cultura de derechas” y de los fascismos como formas de “religión de la muerte”. No me referiré en detalle al aporte de Jesi en esta ocasión, pero sugiero leer los trabajos de Andrea Cavalletti al respecto, así como en nuestro medio los comentarios de Jesi que han realizado Rodrigo Karmy (en algunos capítulos de “Intifada”) y Gonzalo Jara (en su reciente “El mito de Germania secreta: La matriz de las imágenes reaccionarias del 900”), además de los dos principales libros de Jesi que se consiguen en español: “Spartakus. Simbología de la revuelta” y “Cultura de derechas”.
El último capítulo, “Las catedrales de la pobreza erótica”, analiza temas tan interesantes como el supuesto potencial o dimensión “erótica” o “libidinal” del fascismo, tan en boga en la cultura popular de los 60 y 70, el que es desmentido con fuerza por Foucault que nos recuerda que ahí nunca estuvo el Eros; la dimensión micropolítica del fascismo (de Deleuze y Guattari al trabajo reciente de Jack Z. Bratich); y la relación del fascismo con las mujeres, así como la posibilidad del surgimiento no sólo de un “antifeminismo femenino” sino que de “feminismos fascistas” o postfascistas, como ya se ha visto en el fenómeno reciente del homo y el feminacionalismo (el autor refiere a Bassi y LaFleur, “Introduction: TERFS, gender-critical movements, and postfascist feminisms”, en Transgender Studies Quarterly 9). Estoy seguro de que la lectura de este capítulo, y su detallada revisión del debate suscitado luego de 1968 por María Antonietta Macciochi (ver su “Female sexuality in fascist ideology”, 1979) sobre los aspectos sexual y patriarcal del fascismo, serán de gran utilidad en estos tiempos.
Muchos de estos temas y autores fueron explorados en mi libro “La religión de la muerte”, publicado en paralelo al libro de Toscano que estamos comentando. Lo que en algunos puntos eran para mí meras intuiciones, son desarrolladas por él con mayor detalle y excelente bibliografía. En ese momento la obra más reciente sobre el tema a la que consideré relevante referir era “El capital odia a todo el mundo. Fascismo o revolución”, de Maurizio Lazzarato. Sin negar su aporte, el libro de Toscano realiza un trabajo más profundo y valioso que nos ayuda a historizar (y -si me permiten la expresión- deshisterizar) el debate, entendiendo las imbricaciones profundas entre fascismo y capitalismo, intentando así combatirlos a ambos desde una perspectiva comunista.
Para cerrar, los dejo con una especie de definición sintética que suministra Toscano justo antes de referirse en detalle a las temporalidades del fascismo:
“Surgiendo o interviniendo en una coyuntura de crisis, también percibida como un interregno político, como una consecuencia de la desigualdad que acompaña a la acumulación de capital y a sus formas y formaciones sociales, el fascismo moviliza acontemporaneidad (de identidades, experiencias, fantasías, etc.) en torno a un proyecto nostálgico de regeneración, palingenesia, renacimiento, basado en una idea del presente como decadencia, declive, degradación, consecuencia de una derrota. El fascismo habla a una pluralidad de tiempos que se relacionan con la multiplicidad de sus públicos. En su forma histórica, de entreguerras, combinaba una apropiación y una simulación del tiempo revolucionario (por ejemplo, el año 1 de la revolución fascista) con una visión milenarista (el Reich de 1.000 años) reforzada por mitologías de la intemporalidad. Estas percepciones utópicas apocalípticas del tiempo filtran la subordinación del fascismo a las temporalidades capitalistas (las de la deuda, las ventas, la competencia, el tiempo de trabajo), de cuyas contradicciones trata de escapar en una huida hacia adelante, en una aceleración hacia una economía de guerra total, o mediante una desaceleración hacia una forma duradera de conservadurismo hiperreaccionario que sólo episódicamente movilice las energías ctónicas de la revolución conservadora”.
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