Marina Weinberg / Sobre Ficciones geológicas de raúl rodríguez freire

Filosofía, Política

Quisiera comenzar esta presentación situando el lugar desde el cual leí Ficciones geológicas. Cosmografía de un país-mina y desde el cual hoy quiero hablar.

Vivo en San Pedro de Atacama, el corazón del desierto de Atacama. Es un lugar que tiene una condición bastante paradójica. Si una lo mira en el mapa, aparece como un lugar aislado, distante de los grandes centros urbanos y de muchas de las infraestructuras que organizan y facilitan la vida cotidiana en otras partes del país. Pero San Pedro es también, por el turismo y sobre todo por la minería, uno de los lugares más conectados de Chile.

El aeropuerto más cercano, El Loa en la ciudad de Calama, ubicado a unos cien kilómetros del pueblo, recibe entre veinticinco y treinta vuelos diarios, y despacha una cantidad similar. Aunque una fracción de sus pasajeros son turistas que van a San Pedro, el mayor volumen de ese movimiento está asociado a los ritmos de la minería y a la conmutación laboral: el constante ir y venir de trabajadores entre el desierto y otras ciudades del país.

Por las rutas del norte chileno que unen la cordillera con el mar, es posible encontrarse con camiones o trenes que transportan ácido sulfúrico, agua dulce, cátodos y ánodos de cobre, salmuera, cenizas o carbonato de litio. También trasladan enormes aspas eólicas, neumáticos OTR (off-the-road) y tolvas sobredimensionadas que parecen Transformers dormidos. En el horizonte es frecuente divisar ductos por los que baja mineral concentrado y otros por los que sube agua de mar desalinizada.

Visto en un mapa o desde el aire, este territorio parece lo que muchos llaman “el medio de la nada”. Pero este medio de la nada no tiene nada de vacío: es un territorio ancestralmente habitado por vidas humanas y no humanas y, al mismo tiempo, atravesado por las principales arterias extractivas de Chile.

Por las venas abiertas del desierto circulan minerales, agua privatizada y también sangre. Como recuerda Nona Fernández en Voyager, aquello que fue ocultado bajo sus suelos reaparece simbólicamente en el cielo: la “Constelación de los Caídos” reúne 26 estrellas con los nombres de los 26 prisioneros políticos ejecutados en Calama por la Caravana de la Muerte. Sus cuerpos fueron ocultados y esparcidos en el desierto y, en su mayoría, continúan desaparecidos; sus nombres, en cambio, fueron inscritos en el firmamento.

Entre subsuelo y cielo, entre geología y cosmografía, el desierto aparece también como territorio de memoria. Raúl sugiere que, si un país ha sido pensado como mina, leerlo en medio de una crisis climática radical exige una cosmografía capaz de registrar lo que se extrae, pero además las superficies donde la extracción se organiza, se representa y deja su marca.

El país-mina y la profundidad como ideología

Este paisaje del desierto desde la cual leí ya contiene de alguna manera, varios de sus problemas centrales. Y quisiera comenzar precisamente por las dos nociones que el propio título pone en relación: las “ficciones geológicas” y el “país-mina”. Esta última no funciona simplemente como una metáfora enfática para decir que en Chile hay mucha minería. Raúl la utiliza para describir cómo la extracción ha organizado históricamente el territorio nacional, el Estado y también las formas de imaginar el país. La minería deja así de ser solamente un sector económico entre otros y aparece como un principio de ordenamiento espacial, político y sensible: se extiende desde las perforaciones y los rajos hasta las leyes, los archivos y las narraciones del progreso.

El libro permite volver de otro modo sobre la imagen de Las venas abiertas de América Latina: un territorio perforado y vaciado, cuyas riquezas viajan hacia otros lugares. Contiene la historia del despojo, y también amplía la preocupación; indaga sobre qué se extrae y hacia dónde se dirige lo sacado, y presta atención a las formas de conocimiento e imaginación hacen posible que la tierra aparezca como una reserva disponible e inagotable.

Una frase central del libro sostiene que “la profundidad no es solo un lugar, sino una ideología”. Durante siglos, la profundidad ha concentrado el prestigio de la verdad, relegando a un segundo plano la superficie donde se vuelve observable, se organiza, se representa y se narra. A medida que avanzaba en la lectura, iba descubriendo y entendiendo mejor lo que el libro nos quiere decir: el salitre, el carbón, el cobre, el petróleo y el litio producen economías, pero también “epistemologías de la profundidad”: maneras de conocer que asocian el descenso con la verdad y el subsuelo con la promesa. Cuanto más se perfora en busca de nuevas reservas, mejores leyes minerales o mayores niveles de producción, más se deterioran las condiciones ecológicas y sociales que sostienen la vida en la superficie.

Esa misma lógica si no tenemos cuidado, puede alcanzar incluso al propio trabajo de investigación: entrar al archivo, perforarlo, buscar en él una verdad oculta y retirar de allí un núcleo explicativo. Frente a esa manera de aproximarse a la tierra y al conocimiento, Raúl propone otra práctica de lectura. En sus propias palabras, el libro “no se sitúa fuera del extractivismo, sino que ensaya una práctica de lectura que se desplaza entre sus huellas”. Conserva el movimiento hacia abajo, pero modifica su sentido: “no desciende para extraer, sino para atender”. En ese gesto, ofrece algo más que una cosmografía del país-mina, nos brinda otra forma de leerlo y, quizá, de habitarlo:

descender sin apropiarse,

aproximarse sin reducir

y atender antes de imponer un sentido.

Atender implica demorar la interpretación e introducir otro ritmo frente a la aceleración que organiza la minería y también nuestras formas de conocer.

La ficción tampoco aparece aquí como lo contrario de la realidad. Más bien, se nos muestra como una práctica de atención que reúne materiales que los lenguajes técnico y económico intentan mantener separados.

Li y los tiempos de la transición

En la forma de atender los trazos, explica también cómo está construido el libro. En lugar de ofrecer una historia completa y lineal de la minería chilena, Raúl conecta materiales muy distintos y construye con ellos una constelación: los rumores petrolíferos en el extremo austral, el viaje ficticio de un átomo de litio, el cobre que se transforma en abstracción y filantropía en el circuito Guggenheim, la experiencia animal del subsuelo carbonífero, y la publicidad del salitre, que proyecta fertilidad hacia otros lugares del mundo. Los fragmentos se aproximan sin quedar reducidos a una única secuencia histórica ni a una explicación totalizante.

La noción de constelación es, para mí, uno de los puntos de encuentro más fértiles con el libro. También ha sido importante en el trabajo sobre los off-sites, porque permite pensar las relaciones entre minería y energía sin ordenarlas como una sucesión de etapas ni tratarlas como recursos aislados o complementarios. Permite, en cambio, seguir espacios, ecologías humanas y no humanas, y materialidades que suelen analizarse por separado, pero que, evidentemente, forman parte de un mismo entramado.

Los distintos materiales (petróleo, carbón, salitre, cobre, litio) no se reemplazan limpiamente unos a otros; de maneras menos prolijas, se superponen, se acumulan y se transforman mutuamente. Conforman lo que me gusta llamar una constelación minero-energética. Y es así como por ejemplo la extracción de cobre depende de energía producida con carbón, la succión de salmuera para obtener litio requiere de combustibles fósiles, o una mina situada a cinco mil metros de altura puede prolongarse materialmente en un puerto y requerir de una planta desalinizadora que la alimente para diversos procesos.

Esta constelación además de ser espacial es también temporal. El libro aproxima tiempos que solemos mantener separados: el tiempo profundo de la formación geológica, los tiempos históricos de diferentes materiales, el tiempo cotidiano de los cuerpos y los territorios y el tiempo acelerado del capitalismo contemporáneo. Estos tiempos se superponen y a veces hasta entran en fricción: el tiempo de regeneración de un salar, por ejemplo, no coincide con el calendario de producción de una empresa; el tiempo de una comunidad local no coincide con el de una concesión minera y el tiempo geológico de un mineral es incorporado a ciclos industriales que le son cada vez más ajenos.

La superposición temporal se vuelve especialmente visible en el recorrido de Li, un átomo de litio. La ficción le da nombre y trayectoria a un elemento que, en el lenguaje de la transición energética, solemos reconocer en cifras: toneladas de reservas, niveles de producción, precios internacionales o capacidad de almacenamiento. Al convertirlo en personaje, Raúl nos permite acompañarlo antes de que sea plenamente “litio”. Es decir, antes de que sea reconocido, clasificado y valorizado como un recurso estratégico. Li posee una existencia que desborda ampliamente la historia humana y, por supuesto, la historia reciente de la transición energética.

Durante más de cuatro mil millones de años, Li se ha movido a través de transformaciones geológicas imperceptibles para la escala humana. En determinado momento, ese movimiento cambia abruptamente de ritmo: el átomo es localizado, bombeado, evaporado, separado, purificado y transportado. Pasa de los lentos movimientos de la transformación de la materia terrestre al tiempo industrial y logístico de la transición energética, que pliega la historia geológica dentro de sus propios ritmos de constante aceleración.

Allí aparece una paradoja central. La urgencia de transformar las matrices energéticas es total, pero al traducirse en una demanda acelerada de minerales, termina reproduciendo el régimen temporal que sostiene la raíz y la matriz de la crisis. Entonces comienza la imposición: al extraer y desplazar más materia, y ampliar infraestructuras, se obliga a comunidades y ecologías locales a adaptarse a decisiones tomadas en otros lugares. Nuestro amigo Li queda atrapado entre la lentitud de su historia geológica y la urgencia de la descarbonización y la aceleración de las cadenas productivas.

El desplazamiento de Li nos deja ver que su conversión en mercancía “verde” no ocurre únicamente en el Salar de Atacama. Li se transforma mientras atraviesa pozas, piscinas, carreteras, plantas químicas, puertos, océanos y fábricas de baterías. Cada desplazamiento añade trabajo y valor, a la vez que lo aleja de las condiciones que hicieron posible su extracción. Cuando reaparece como batería, la historia del salar, del agua y de los cuerpos involucrados en su producción ha quedado borrada para siempre.

Su trayectoria conversa con la del cobre en el circuito Guggenheim. Separados de sus cuerpos geológicos y convertidos en formas estandarizadas, ambos ingresan en circuitos alejados de la extracción: el cobre hacia las finanzas, la filantropía y el arte, y el litio hacia la movilidad eléctrica, los celulares y la promesa de un futuro verde. Seguirlos nos permite imaginar un recorrido, nos devuelve una trayectoria de la mercancía que se nos presenta como materia sin historia.

Seguir sus movimientos permite mostrar que la transición energética no consiste únicamente en innovaciones tecnológicas o sustituciones de fuentes. Implica también una disputa por los ritmos: quién establece la velocidad de la transformación, qué territorios deben acelerarse para hacerla posible y qué vidas quedan obligadas a adaptarse a esos plazos.

Volver a la superficie

Quisiera terminar volviendo a la superficie. Movernos cambia la relación entre ambos niveles. La profundidad de alguna manera pierde su privilegio como figura de la “verdad” y la superficie se vuelve un espacio desde el cual mirar los rastros que va dejando la extracción. Este regreso nos devuelve también la atmósfera bellamente relatada y retratada por Nona Fernández: un desierto todavía marcado por la ausencia de los cuerpos que permanecen desaparecidos, aunque sus nombres se hayan grabado en el cielo.

Quizá, entonces, la tarea necesaria no sea descender una vez más para descubrir en las profundidades del terruño un nuevo mineral que vendrá a salvarnos. Quizá sea aprender a atender las superficies que ya sostienen esa promesa; mirar cómo el futuro energético se construye mediante transiciones mineras, cómo los sitios se prolongan en off-sites y cómo un país-mina, al decir de Raúl, continúa reorganizándose en base al extractivismo, incluso cuando ha creído por momentos estar superando su pasado.

Debemos también desconfiar de la figura del redentor que acompaña estas promesas. Esa imagen adopta hoy la forma de magnates tecnológicos, que, como muestra Michel Nieva en su ensayo Ciencia ficción capitalista. Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo, concentran poder económico y tecnológico, además de atribuirse el poder de definir qué futuros son posibles. Prometen salvarnos mediante automóviles eléctricos, inteligencia artificial o la colonización de otros planetas, mientras desdibujan y hasta intentan borrar, los territorios que sostienen materialmente esas promesas. Li ocupa irónicamente ese lugar en mi lectura: es extraído para “salvar el planeta”, pero obviamente no elige esa misión ni gobierna su recorrido.

La lectura de Ficciones ecológicas me lleva finalmente, a reflexionar sobre nuestra propia coyuntura. En un momento en que las ciencias sociales y las humanidades están siendo desplazadas de las prioridades del financiamiento científico en Chile, un libro como este adquiere una importancia particular. Estas disciplinas no reclaman para sí una autoridad exclusiva. Su aporte radica en reconocer que procesos como la minería, la transición energética o la crisis climática desbordan las áreas técnicas y productivas.

Las imágenes que circularon estos días vuelven concreta esa necesidad. En Antofagasta, el aluvión bajó por la quebrada Jorgillo hasta la caleta Coloso, donde Minera Escondida tiene el puerto al que llega su corredor infraestructural. Las fuertes nevadas, por su parte, dejaron camioneros varados en San Pedro de Atacama debido al cierre del paso de Jama y mineros atrapados en el campamento del proyecto Pascua-Lama, de la empresa Barrick. Y Tocopilla fue, una vez más, golpeada por la fuerza del barro.

Tocopilla no aparece aquí solamente como una ciudad damnificada debido a su ubicación. A partir de 1915 y por décadas, su central termoeléctrica abasteció de electricidad a la mina y al campamento de Chuquicamata. La ciudad que sostuvo energéticamente uno de los principales centros de producción de cobre del mundo, y el más importante de Chile por décadas, reaparece ahora como una superficie expuesta, atravesada y, en algunos sectores, incluso cubierta por el barro. ¿Qué vemos aquí? Cuando se interrumpen los flujos ordinarios de la minería, se vuelven visibles tanto las infraestructuras que los sostienen como las que faltan: aparecen los cuerpos y quedan expuestas responsabilidades de cuidado largamente desatendidas. Mientras todo funciona, las condiciones que sostienen la minería permanecen casi invisibles, pero al poner de relieve las interrupciones, se nos revela otra realidad.

En el último capítulo, Raúl insiste en que los modos de producir y extraer energía no pueden transformarse sin que cambien también nuestros modos de producir conocimiento.

Apoyar y desarrollar reflexiones como la que propone significa defender una investigación ensayística que se atreve a incomodar incluso a quienes trabajamos en las ciencias sociales y las humanidades; una investigación orientada a interrogar los regímenes de conocimiento mediante los cuales ciertos procesos llegan a parecernos naturales, más allá de la búsqueda de soluciones inmediatas o del aumento de las ganancias. Porque un país-mina no deja de ser un país habitado, atravesado por vidas, muertes y memorias. Comprenderlo exige articular los saberes que permiten hacerlo funcionar con aquellos capaces de interrumpir la aparente naturalidad de su curso y cuestionar los futuros que se nos presentan como inevitables.

Referencias:

Fernández, Nona. 2020. Voyager. Santiago: Literatura Random House.

Nieva, Michel. 2024. Ciencia ficción capitalista. Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo. Barcelona: Anagrama.


Marina Weinberg, Académica IIAM-UCN, San Pedro de Atacama

rodríguez freire, raúl, Ficciones geológicas. Cosmografía de un país-mina, Santiago: Metales Pesados, 2026.



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