Gerardo Muñoz / Cézanne ante el atardecer del mundo

Estética, Filosofía, Política

La idea de que la pintura constituía una actividad situada en el umbral de su larga tradición —una tradición que tal vez coincida con la génesis misma de la antropogénesis, como ha sugerido Monica Ferrando — surge con naturalidad en las conversaciones que el Cézanne tardío mantuvo con Joaquim Gasquet, una serie de diálogos repletos de divagaciones y no pocas angustias. En un momento de estas conversaciones, Cézanne comenta, al referirse a la tradición pictórica: “Rubens… aquello pertenece a otra época. Vivimos el atardecer del mundo. La pintura, como todo lo demás, se está desvaneciendo…» [1]. La misma obra pictórica de Cézanne representa ya la pintura del atardecer del mundo, un mundo que se cierra sobre sí mismo; no tanto un mundo privado de ciertos elementos o hábitos, sino de un mundo privatizado en el ámbitos de la fuerza de la inteligencia y de la lógica. Esta estructura resulta ajena al pintor, quien solo se debe a lo que se ve y se revela, Cézanne le decía a Gasquet: “La pintura debe lealtad a esa visión. Nunca a la lógica del cerebro… y, si abandona esa lógica, está perdida. La pintura es, ante todo, una cuestión óptica» [2]. La inteligencia de la mirada nunca puede abonarse a la mera computación mental; y, de hacerlo solo podrá promover su propia catástrofe.