Gerardo Muñoz / Cézanne ante el atardecer del mundo

Estética, Filosofía, Política

La idea de que la pintura constituía una actividad situada en el umbral de su larga tradición —una tradición que tal vez coincida con la génesis misma de la antropogénesis, como ha sugerido Monica Ferrando — surge con naturalidad en las conversaciones que el Cézanne tardío mantuvo con Joaquim Gasquet, una serie de diálogos repletos de divagaciones y no pocas angustias. En un momento de estas conversaciones, Cézanne comenta, al referirse a la tradición pictórica: “Rubens… aquello pertenece a otra época. Vivimos el atardecer del mundo. La pintura, como todo lo demás, se está desvaneciendo…» [1]. La misma obra pictórica de Cézanne representa ya la pintura del atardecer del mundo, un mundo que se cierra sobre sí mismo; no tanto un mundo privado de ciertos elementos o hábitos, sino de un mundo privatizado en el ámbitos de la fuerza de la inteligencia y de la lógica. Esta estructura resulta ajena al pintor, quien solo se debe a lo que se ve y se revela, Cézanne le decía a Gasquet: “La pintura debe lealtad a esa visión. Nunca a la lógica del cerebro… y, si abandona esa lógica, está perdida. La pintura es, ante todo, una cuestión óptica» [2]. La inteligencia de la mirada nunca puede abonarse a la mera computación mental; y, de hacerlo solo podrá promover su propia catástrofe.

Lo que la esencia de la tecnología gana mediante la improvisación de sus capacidades computacionales y lógicas para hacer el mundo legible, lo pierde en la capacidad óptica propia del pensamiento de la visión; esto es, de aquello que los ojos piensan en su apertura vacilante hacia el mundo. La calamidad de la automatización total del mundo reside en esa legibilidad cegadora en la que los “ojos que piensan” —según la expresión de Cézanne— quedan cegados ante el pasado y sus herencias. Por supuesto, en nombre de la legibilidad actual de las luces cegadoras, el pasado también será reducido a un cúmulo de elementos susceptibles de ser ensamblados y registrados —como ocurre con el vulgar poeta Carlos Argentino Daneri en “El Aleph” de Borges, que quiere registrar la totalidad del globo terráqueo —, pero despojado de la verdad que se anida en todo el contacto de las sensaciones.

Mucho antes de que Thorstein Veblen planteara su tesis sobre el papel de los ingenieros en la nueva organización del mundo, Cézanne ya era consciente de que el futuro pertenecía a los ingenieros que buscaban socavar la naturaleza: aquellos capaces tanto de curvar como de enderezar las líneas tortuosas del mundo natural, y cuya último propósito es la organización nuclear del planeta como una entidad de distribución de energía. No cuesta mucho imaginar a un Cézanne furioso en las conversaciones que tuvieron lugar en la década del 1890: “La naturaleza aborrece la línea recta. ¡Y al diablo con los ingenieros! No somos topógrafos de caminos. Poco les importa el color, mientras que para mí la sensación está en la raíz de todo” [3]. Ese grito personal de ‘¡al diablo con los ingenieros!’ sigue resonando hoy en día, aunque ya no estemos tan convencidos de que tal imperativo tenga alguna posibilidad de frenar el paulatino eclipse de la sensación habitar el mundo.

Michael Fried ha sostenido que El columpio y La gallina ciega de Fragonard, son dos cuadros que se nos presentan como presagios de la extinción de un mundo. Es el mundo anterior a 1789 y la época de las revoluciones [4]. Ya se trate de Fragonard o de Cézanne, existe un núcleo inmutable en la pintura al presenciar el momento en que el mundo se desvanece, preservando cuánto queda de ese mundo para las generaciones capaces de dejarse atravesar por la mirada y los sentidos. “El Aleph” de Borges resulta de nuevo oportuno ante la visión de lo infinito: “Algo, sin embargo, recogeré’, nos dice en una pincelada el personaje. En otras palabras, algo – un exceso o traza de algo – permanece inmutable al final del mundo. ¿Es esto lo que la pintura hizo por Cézanne en la última etapa creativa? Recoger algo del mundo y dejarlo imperturbable: esta tal vez sea la tarea suprema de la pintura.

Notas

1. Joachim Gasquets. Cézanne: A Memoir with conversations (Thames & Hudson, 1991), 170.

2. Ibid., 161.

3. Ibid., 166

4. Michael Fried. Collected Writings, Volume II (Eris, 2026), 281.

Imagen principal: Detalle de La gallina ciega de Jean Honoré Fragonard, hacia 1760.

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