Paul Goodman, uno de los pensadores anarquistas más radicales del siglo XX, llegó a definirse una vez como un «conservador neolítico». E Ivan Illich, que creía mantener un pie en la tradición católica y el otro en el barro de su época, decía que su ortodoxia era tan antigua y completa que resultaba revolucionaria. Esto significa que para comprender y eventualmente deshacer el tiempo histórico en que vivimos es necesario mantener un pie en la prehistoria. Esta situación en el umbral o en el límite entre dos épocas inconmensurables es exactamente lo que nuestro tiempo demuestra ser incapaz de habitar. No solo piensa en una sola dimensión, sino que ha perdido toda relación con su propio pasado, sin el cual todo acceso al presente resulta imposible. Por eso solo puede mirar hacia un futuro, que en realidad no es sino la consecuencia de un pasado del que está totalmente a oscuras y que lo mueve con sus hilos como a una marioneta. Solo quien se mantiene en pie sobre dos piernas entre el pasado y el presente puede hacer frente a ambos sin quedar determinado por ellos de manera inconsciente. Solo un conservador neolítico puede ser suficientemente revolucionario para abrir un nuevo espacio al pensamiento y a la acción.
