Roberto Esposito / Cuidados a ultranza

Filosofía, Política
Texto original: Antinomie.it
Fuente: Espectros.com.ar
Traducción: Espectros

Al leer este texto de Nancy, encuentro los rasgos que siempre lo han caracterizado, en particular una generosidad intelectual que yo mismo he experimentado en el pasado, inspirándome ampliamente en su pensamiento, especialmente en mis trabajos sobre la comunidad. Lo que en cierto momento interrumpió nuestro diálogo fue la clara aversión de Nancy al paradigma de la biopolítica, al que siempre opuso, como en este mismo texto, la relevancia de los dispositivos tecnológicos, como si las dos cosas estuviesen necesariamente en conflicto. Cuando, en cambio, incluso el término “viral” indica una contaminación biopolítica entre diferentes lenguajes -políticos, sociales, médicos, tecnológicos- unificados por el mismo síndrome inmune, entendido como una polaridad semánticamente contraria al léxico de la comunidad. Aunque el propio Derrida hizo un uso abundante de la categoría de inmunización, probablemente, en la negativa de Nancy a enfrentar el paradigma biopolítico, pudo haber heredado la distonía de Derrida con respecto a Foucault. Sin embargo, estamos hablando de tres de los mejores filósofos contemporáneos.

El hecho es que hoy ninguna persona con ojos para ver puede negar el pleno despliegue de la biopolítica. Desde intervenciones biotecnológicas en áreas que alguna vez se consideraron exclusivamente naturales, como el nacimiento y la muerte, hasta el terrorismo biológico, la gestión de la inmigración y las epidemias más o menos graves, todos los conflictos políticos actuales tienen en el centro la relación entre política y vida biológica. Pero, precisamente, la referencia a Foucault debe llevarnos a no perder de vista el carácter históricamente diferenciado de los fenómenos biopolíticos. Una cosa es argumentar, como lo hace Foucault, que, durante dos siglos y medio, política y biología se han enredado cada vez más, con resultados problemáticos y a veces trágicos. Otra cosa es homologar eventos y experiencias incomparables entre sí. Personalmente, evitaría poner en cualquier relación las cárceles especiales con unas cuantas semanas de cuarentena en Bassa. Ciertamente, desde un punto de vista legal, el decreto de urgencia, que se ha aplicado durante mucho tiempo incluso en los casos en que no sería necesario, empuja la política hacia procedimientos excepcionales que, a la larga, pueden socavar el equilibrio de poderes a favor del ejecutivo. Pero llegar a hablar, en este caso, de riesgo para la democracia, me parecería al menos exagerado. Creo que deberíamos tratar de separar los planos, distinguiendo los procesos de largo plazo de las noticias recientes. Desde el primer punto de vista, la política y la medicina, durante al menos tres siglos, se han vinculado en una implicación mutua que terminó transformando a ambas. Por un lado, se ha determinado un proceso de medicalización de una política que, aparentemente exenta de limitaciones ideológicas, se muestra cada vez más dedicada al “cuidado” de sus ciudadanos de los riesgos que, a menudo, ella misma enfatiza. Por otro lado, estamos presenciando una politización de la medicina, investida de tareas de control social que no le corresponden, lo que explica las evaluaciones heterogéneas de los virólogos sobre el alivio y la naturaleza del coronavirus. En ambas tendencias, la política se deforma con respecto a su perfil clásico. También porque sus objetivos ya no refieren a individuos o clases sociales, sino a segmentos de la población diferenciados por salud, edad, género o incluso etnia.

Pero una vez más, con respecto a preocupaciones ciertamente legítimas, es necesario no perder el sentido de la proporción. Me parece que lo que sucede hoy en Italia, con la superposición caótica y un poco grotesca de prerrogativas estatales y regionales, tiene más el carácter de una descomposición de los poderes públicos que el de un dramático control totalitario.

Imagen principal: Ivana Vostrakova, Virus

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