Carlos Chacón / La virulencia del gesto mínimo

Filosofía, Política

François Jacob termina la logique du vivant sugiriendo que las transferencias de material genético por virus tienen resultados análogos a los de esos amores abominables tan apreciados en la Antigüedad y en la Edad Media. Todas las prohibiciones se probaron inútiles, y los amoríos transversales disolvieron monolíticas transiciones genealógicas. Tal vez por eso Romeo, acostado sobre el seno de Julieta, no dudó en desafiar a la naturaleza, y dijo: Ah, la naturaleza habla en balde. El campo vírico es rizomático como los amores que se consuman en los cementerios. Pierre Boulez hablaba en Par volonté et par hasard de unas creaciones artísticas virulentas, de las músicas “que proliferan como malas hierbas”. Hervé Guibert nos relata cómo entre la inhalación de nitritos de alquilo descubren unos romeos contemporáneos el asexuado uso de los placeres. Esas divertidas referencias prueban que estamos en alguna dimensión muy lejos de la producción filiativa, y que el problema fundamental de las comunicaciones que operan por contagio es que sus efectos son como los hijos bastardos de la creatividad humana. ¿Qué consecuencias habrá para vivir una pandemia?

Philip Horvitz le preguntó un día cualquiera a Michel Foucault acerca de la identidad del artista, y la dificultad de llegar al orgasmo de una mujer que hablaba en al radio los desvió del tema para hablar del SIDA: “Es irritante que un grupo que ha arriesgado tanto busque autoridades reconocidas como guía en un tiempo de crisis. Es absurdo. Increíble. ¿Cómo me puede dar miedo del SIDA cuando puedo morir en un coche?” Foucault se inclinaba expresivo, y con razón, porque en la iglesia, el (E)stado o en el consultorio médico no hay creatividad. Las autoridades no dan más que lecciones. Así mismo, Hervé Guibert, sabiendo que Foucault tenía SIDA, pondrá en boca de un personaje enfermo llamado Muzil las palabras que relatan lo extraordinario que está sucediendo en plena pandemia en las casas de baño de San Francisco: “La amenaza que se cierne ha creado nuevas complicidades, nueva ternura, nueva solidaridad. Antes nadie intercambiaba una palabra; ahora la gente se habla, todos saben exactamente por qué están allí”. La tos abre comunicaciones transversales, tumba genealogías. Ahora nos hablamos más, y tal vez no deberíamos estar hallando una cura, como maneras de vivir esas nuevas sensibilidades que nacen de las viralización.

Es inentendible esta pandemia sin pensar en la viralización, en el hecho de que hay un virus social que infecta junto con el virus biológico”, dice Pablo Rodríguez en una entrevista reciente para la editorial Cactus, y señala la importancia de “lo que comparten todas las personas encerradas en sus casas, constantemente viralizando memes, y grupos de Zoom”. Esos grupillos, esas viralizaciones, están inscritas en un nuevo gesto que socializa, en una nueva forma de construirnos relaciones con gestos, en un devenir-murciélago con el que cada uno se hace perceptible a través de pequeñas señales (generalmente tarde en la noche), y con el que reflejamos paralelamente esa transfusión que a nivel de especie recibimos de otra (el murciélago). Son los hijos bastardos de nuestra creatividad, residuo del “espíritu creador” del hombre “post moderno”.

Podríamos decir que hoy la realidad se construye a partir de gestos milimétricos, y que en ellos se está buscando la posibilidad de sobrellevar el encierro. No hay que detallar mucho cómo con el dedo gordo compartimos nuestras vidas en las redes sociales y con las puntas de los dedos vertemos el pensamiento en espacios blancos. Eso sí, no sobra decir: Qué peligrosos serán los tiempos en que reduzcamos el pensamiento al gesto de teclear (una rumia irritante, que nos convertiría en un ejéricito de ratoncitos cognitarios). Pero en ello no hay mera esterilidad. Cuando leemos la provocativa invitación de Lawrence Schehr en L’Espirit Créateur, se nos antoja ver potencia incluso allí: si todos devenimo virulentos, el nombre del juego cambia. Ya el juego, la actividad humana, sea la literatura, la música, el poema o el gesto más vulgar de todos, no consisten en asimilar lo extraño, sino en devenir él mismo extrañeza, y así enfrentar lo oficial: lo que normaliza, sea la cuerentena o la concentración.

Aprendamos de una concentración que también estuvo plagada de ráfagas artísticas: Voces hambrientas que cantaban Schubert, y cabezas calvas que interpretaban dramas alemanes en las barricadas de Auschwitz o de Terezín. Es ya famoso el Réquiem de Verdi que llenó las paredes del campo de concentración de Theresienstadt, y que escucharon altos mandos alemanes, entre esos Adolf Eichmann. Los cantantes que sobrevivieron a ese horror recuerdan con los ojos todavía insurrectos, “que si no les podían decir cosa alguna a los Nazis, se lo cantarían”. Cómo temblarían esos cuerpos desnutridos al cantar, sabiendo que iban a morir, y que los asesinos estaban sentados al frente suyo: Dies irae, dies illa / Solvet saeclum in favilla / Quando judex est venturus / Cuncta stricte discussurus. Si hemos de morir, cantemos. Pero, ¿qué podrá hacer quien muriera a expensas de los poderes contemporáneos? Para seguir con la idea, ese también fue un evento de contagio: panfletos escondidos, ensayos en un sótano, voces moribundas y confinadas en nombre de la raza. Todas esas, comunicaciones transversales entre cuerpos que sin querer cargaban la impureza de la época.

Las prácticas artísticas, los devenires animales, las creatividades humanas, o como sea queramos llamar a eso que siempre comienza como un amor abominable, parece escaparse a los estados de salud. Susan Sontag relata en La enfermedad y sus metáforas cómo los románticos inventaron la invalidez como pretexto de ocio. Byron se veía pálido, Keats, Chopin, Lawrence y R.L Stevenson se pasearon por los climas mediterráneos a los que se solía enviar a los tuberculosos. Las cartas de Kafka son nada menos que un compendio de especulaciones acerca del significado de la tuberculosis, y tanto Emile Cioran como Thomas Mann romatizaron la sífilis de una forma extravagante, asimilándola a una actividad creativa que no podría proporcionar ningún otro medio. Cito de paso la tesis maravillosa de la révolution du langage poétique de Kristeva, para ejemplificar cómo los lenguajes portadores de enfermedad corroen las bases del poder de élites. En su caso, son los poemas de Lautréamont y Mallarmé los que agencian la crisis del (E)stado moderno- burgués.

Pero volvamos a nuestra pandemia con todos estos ricos trozos de patologías. Esas acciones que operan por contagio son reflejos lejanos de la viralización social a la que todos atendemos, pero a las autoridades encargadas de las crisis les fascina esterilizar destellos creativos a través de la parafernalia médico-estatista que vemos desplegarse todos los días. Hoy ya no se trata de cantar misas de muertos ni crear generos literarios (aunque pueda pasar, y sería maravilloso). Es algo totalmente distinto. Esta es una pandemia que nos presenta la oportunidad de pensar el fenómeno de la viralización social en términos de las prácticas que toman la forma de hábitos insignificantes, pero tenaces. No es esta la primera ocasión en la que se vislumbra tal oportunidad, pero especialmente puede de allí surgir un respiro de renovada creatividad para el hombre común que vive la pandemia, un devenir- murciélago para nuestra población encerrada. El objetivo, abrazar esos fenómenos residuales de las formaciones históricas como posibilidades de transvaloración, de deformación inclusive, de aquellos soportes que sirven al ejercicio de poderes; toserle en la cara a los programadores del lenguaje algorítmico de las élites tecnológico-corporativas.

El virus social se manifiesta en el aleteo de las cadenas, de los mensajes instantáneos, de los aplausos dispersos, e incluso de los cacerolazos de los hambrientos. Es un suntuoso despliegue de los gestos mínimos al que asistimos, de las formas en las cuales el hombre común se manifiesta, se inventa y se olvida de sí mismo. Lo que nos queda es cambiarle el nombre al juego, y no asimilarnos dentro de una crisis, sino convertirnos en ella, para atropellar los estados de total esterilidad creativa. Nos queda devenir virus, infestar de sensibilidades a los algoritmos, y consumar así un nuevo amor abominable.

Imagen principal: Aska Irie, Virus , 2019

 

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