Gerardo Muñoz y Elena Molina / Por una nueva toxicidad: apuntes sobre la imagen-gesto

Estética, Filosofía

La imagen-gesto

El agotamiento de la civilización del estado y sus aparatos se deja ver en el colapso cabal de las formas generales del arte. En definitiva, el problema de la época responde a la crisis de los límites de la representación. Pero hay una diferencia substancial entre la demanda de representación y el desmoronamiento una vez que nos adentramos a la imagen del mundo. Todavía a finales del siglo veinte se podía apelar a la irrupción del “regreso de lo Real” en un intento desesperado por reanimar con paracaídas la vieja astucia vanguardista por lo nuevo (lo nuevo terminó siendo el quiebre de las fronteras de lo visible con la memoria y que hoy aparece bajo el fetiche del archivo). En el presente, en cambio, lo real ya no sólo ha quedado como trazo abismal, sino también como proximidad de lo que ahora podemos llamar experiencia. La “pasión por lo real” se asumía como una delegación de los hallazgos de vida, en lugar de una vivencia. En realidad, todo esto se devela desde las imágenes de Mujercitos, un proyecto colectivo multimedia de unos jóvenes habaneros (Claudia Patricia, Víctor Fernández, o Román Gutiérrez, aunque el círculo puede achicarse o expandirse dependiendo de los vectores de intensidad, puesto que una comunidad no sabe de identidades, sino de modos de intensificación). Reducirlo a una “revista” o una “máquina de imágenes” es ciertamente una manera de neutralizar la energía de sus prácticas. Y estas prácticas las podemos situar bajo la figura del gesto. ¿Qué decimos cuando hablamos de un gesto? Un gesto no es una acción, puesto que no tiene un fin y se retrae de la comunicación. El gesto renuncia a la aspiración modernista de la “obra”. El gesto de Mujercitos tiene lugar desde el deseo; una señal que anuncia que la soledad en el desierto no es total. Una vez que el deseo se estanca, comienza la melancolía en las aguas de lo real. Por eso, la experimentación crea una adyacencia que abre puertas. En este territorio es que aparece un desafiante uso del lenguaje como invitación al contagio. Mujercitos son como habitantes que van dibujando constantemente sus propios derroteros. En este sentido, el proyecto es una especie de nave espacial around the world (Daft Punk dixit) que carece íntegramente de eje gravitacional.

Volvamos a la cuestión. Un gesto no debe ser entendido como un vaso comunicante entre la interioridad y la exterioridad. No hay gestos confesionales. Como lo demuestra el viejo estudio de Andrea Di Jorio sobre la fisionomía de las estatuas napolitanas, la aparición de un gesto es índice de un hallazgo, cuya única confianza es su propio recorrido en el horizonte [1]. Así, la apuesta de Mujercitos libera una desficcionalizaciónsobre la constitución de su mundo (lenguajes, imágenes, figuras, expectativas, fragmentos). Ya en el texto programático “El asesino tiempo”, Mujercitos escribía que para afirmar el presente primero hay que asumir que “ya no tenemos lugar en el mundo” [2]. Esto es, no hay lugar en el mundo para una vida que busca el juego entre imágenes y cuerpos en una época que hemos caracterizado como “inmóvil” [3]. En realidad, todo gesto puede entenderse como el trazo de una diagonal que despeja las cosas que buscamos, bajo el supuesto de que aquello que acontece me vincula a otros hallazgos. ¿Cuáles son los condimentos de esa diagonal? No es menor que en la cultura cubana la alegoría meta-histórica tuvo como imagen un cocido criollo: el “ajiaco” de la transculturación es la forma monoteísta de la integración de condimentos. En cambio, Mujercitos ofrece una experimentación y una nueva estética de la violencia [4]. Cuando se afirma una violencia de los sentidos, aparece un reclamo por una ética salvaje que ya no se reconoce en la ontología del deber-ser y de la obligación. Por lo tanto, la violencia invoca un riesgo; pero el riesgo nos devuelve un arma contra el aburrimiento. De ahí que la violencia corte en la oscuridad de lo que no sabemos previamente: “hablar de lo que te callas” es una forma de viajar por la puerta de atrás; acaso el lugar en el cual acontece la vida clandestina que abominan los guardianes del tedio. Desde luego, la invitación al “come clean” no se constituye como “demanda” a un otro. Mujercitos juega a poner sobre la mesa las elaboraciones secretas de un psiquismo intransferible. Y eso nos pone en trance. Solo el individuo puede limpiarse. En la tradición cubana “limpiarse” tiene un sentido cuasi-mágico, ya que en la tradición abakuá los ñáñigos hablan de un “personal del juego” [5]. ¿Qué supone jugar para limpiarse? Ante todo, que es posible equivocarse y errar. En realidad, tal vez esa sea la prebenda de la toxicidad: afirmar la ofrenda envenenada para generar otras mezclas inescrutables.

No hay gestos cuando las recetas son fechables o previsibles. Como sabemos, el sabor de las recetas siempre esconde un vórtice oculto. Si el recetario de transculturación repartió cuotas para ingresar al reino en la cultura; Mujercitos es un gesto que facilita salidas de ella. Y es justo la expresividad mediante la cual Mujercitos encuentra su flexibilidad imaginal. Por otro lado, si la operación de la transculturación hizo posible la monumentalización de la cultura (también desde la cultura “popular” domesticada como fictive ethnicity); el archivo es el dispositivo que organizó valores y principios de representación: acumulación de saber, recortes obsoletos, auras de la autoría, o el humus de una memoria histórica que exigía deber y veneración. Mujercitos escapa de estas tribulaciones sin participar en el viejo tráfico de los “cadáveres letrados” y sus hipotecas discursivas. La imagen-gesto destruye la funcionalidad de los archivos, porque sabe que el archivero es homólogo del comisario político, del pedagogo, del psicólogo, o del militante, figuras que terminan por velar la reproducción de conductas.

La práctica constelada de Mujercitos – allí donde se acumulan textos, imágenes, covers, sonidos, pequeños cortos cinematográficos, dibujos, fragmentos – en realidad tiene que ver con un acto destructivo mediante el cual la imagen cobra otro “uso” en la configuración de los materiales en montaje (sonido, tipografía, color, diagrama, ícono). Y es a través de la práctica del uso que la imagen-gesto de Mujercitos arruina el reino de lo ficticio propio de la utopía concreta propia de la cultura. Como ya lo veía Giorgio Cesarano: “Constantemente lo ficticio paga más caro su fuerza, cuando más allá de su pantalla se transparente el brillo de lo real posible. No hay duda de que en la actualidad la dominación de lo ficticio se ha hecho totalitaria. Pero es justamente este su límite dialectico y “natural” …la lucha extrema de la especie se desencadena contra los gestores de la alienación y, en el declive sangriento de todos los “soles del porvenir”, comienza por fin a aparecer un porvenir posible. En lo sucesivo la única opción que tiene los seres humanos para ser es la de separarse definitivamente de cualquier “utopía concreta” [6]. El deslinde contra la Revolución se mide en cómo cada gesto se retira de las puertas de la utopía.  

Una nueva toxicidad

Yo soy tu tóxico, tú eres mi tóxica
Lo de nosotros es bellaquera crónica
Dice que me odia, pero sigue aquí
Enamorá’ de este bi
-“ – Jowell & Randy (2020).

En la medida en que la imagen-gesto no precisa un punto concreto del mundo ni se dirime en el mandato, las condiciones de su fuerza se dan en la descarga de su toxicidad. A nadie se le escapa que la “toxicidad” no goza de buena prensa: ser tóxico es todo aquello que irrumpe contra una distancia fabricada. El razonamiento siempre es el mismo: “Te quiero, sí, pero a cierta distancia, así que conoce tu espacio”. Lo tóxico emerge como el estrangulador de la vida regulada. Y, sin embargo, la toxicidad como la respiración siempre está por doquier, solo bastante buscarla: en una fiesta, en un viaje por la ciudad, en la deserción de la escuela, en un encuentro nocturno con los amigos, o en una borrachera inmemorable. La toxicidad es la energía vital que busca poner en suspenso toda la productividad del mundo adulto. En un texto reciente Claudia Patricia lo dice con mayor elocuencia en una crónica sobre las salidas en automóviles: “Quería vivir apartada del criollismo post revolucionario, del trabajo voluntario, del Jefe de Sector, la brujería hedionda, del insulto por mentarte la madre y, sobre todo, quería vivir lejos de aquella cosa de esperarnos a las 4 y 20.” [7]. El deseo de vivir lejos no es una forma de abandonar al mundo; al contrario, es una sintonía con el acontecer de la experiencia. Lo tóxico se retrae de la jerarquía de la moral para exponernos al peligro.

En efecto, ¿Qué es una amistad sino un nivel de toxicidad provoca en mi un ritmo sin jerarquía? [8]. Ahora podemos comprender la dimensión de afección de la juventud en la imagen-gesto de Mujercitos: toxicidad es invitación al contagio, a la subversión, a la liberación de lo indomesticado en una época en la cual abundan las “malas substancias” del narcisismo. Pero en lugar de girar hacia la interioridad del singular, la toxicidad es la invitación a otro viaje mediante el consumo. La tienda de Mujercitos es también una unidad de contagio, un engendro del contacto entre la máquina de imágenes y la del dinero. Aquí la idea de consumo ata la mística del dinero en la que pueden traficarse los artículos en venta. Contra la comodidad estática del lector, la vuelta al consumidor nos dota de un pasaporte para acompañar la experimentación.

Así, la toxicidad nos libera de la transgresión para afirmar el existencial “aquí” contra la caducidad de lo reciclable. Y no le teme al consumo ni al reino de la política, a pesar de que intuye que ambos operan desde la misma sujeción. En un registro vernáculo, Mujercitos ha notado que la “mala substancia” de la sujeción ha sido históricamente “reciclable”. La batalla ya no es contra el cuerpo de un soberano, sino contra la encarnación del “mongofiera” (forma ideal de la especie revolucionaria). Tal y como escribe Román Gutiérrez: «Mongofiera somos todos por un problema de educación…solo se es digno en la medida en que podemos matar al mongofiera interior. El mongofiera es como el perro del hortelano, ni come ni deja comer» [9]. En otras palabras, la figura del “mongofiera” es el momento en el cual el lobo se convierte en perro. Mujercitos lo ha visibilizado en un cortometraje sobre la lógica discrecional de los decretos gubernamentales (Decreto 370): el sujeto es siempre un perro que, lejos de ser fiel, es una pieza fundamental en el juego de la depredación. Por eso el perro no es un asesino, sino un traidor: carente de toxicidad, su psiquismo busca la compensación ante un amo que le exige un parricidio ilegitimo para salvarse. El perro mata a su dueño, pero lo hace no en virtud de una autodefensa salvaje, sino porque ha sido un instrumento de una orden. El desvío de la toxicidad encuentra en la negación su propia muerte. ¿Cómo escapar a la negatividad? Liberando la toxicidad: buscando una salida en el consumo. Así incluso “una versátil transacción puede ser irreal y huidiza forma canturreada por sirenas de toxica fascinación” [10]. La toxicidad es la energía poética escapa una y otra vez a las transacciones que insisten en la autorregulación.

Desorden: contra la vida delegada

The toxicity of our city, of our city. You, what do you own the world?

 How do you own disorder? Disorder.

– System of a Down (2002).

En realidad, la pregunta por la “autorregulación” es una manera de solicitar un límite. Entiéndase aquí el límite de la inmanencia absoluta en una época definida como totalitarismo de lo ficticio. La pregunta que nos devuelve el límite es la siguiente: ¿cómo se establece una separación ante la realidad y lo que somos? Mujercitos navega esta cuestión desde el desorden. Pero también es cierto que el ejercicio de la minimización tiene la estampa de una salida en la cual el autoengaño cobra ilegibilidad ante la subsunción de lo real. Las distancias no deben ser pretextos para el autoengaño. De ahí que el límite sea un sobrevenido de la violencia: separación. Cuando Claudia Patricia dice que “todo lo que no es político tiene hoy mala prensa”, en realidad está hablando de una separación de la política y no de su abastecimiento compensatorio [11]. La separación es posibilidad de hallazgo en la realidad mediante la mirada intuitiva. Es el ejemplo de la fotografía de un San Lázaro acéfalo tomada hacia finales de diciembre: un objet trouvé en plena calle habanera que no representa acontecimiento alguno, pues tan solo nos expone ante una cosa. Esa cosa nos pone en trance, pero no nos exige “actuar”. Por eso Mujercitos no tiene ojos para el cliché: encuentra imágenes como diagrama oculto. La imagen es una vida que ha dejado atrás la identificación.

Pero volvamos al problema del límite. Hay una violencia de segundo grado que surge del hemisferio del narcisismo. Esta se define por la demanda de definición: “Mujercitos debe ser esto, debe hacer aquello, o no deben hacer tal cosa”. Mientras que la primera violencia segrega en función del rango entre toxicidad y hallazgo; la segunda violencia, que implícitamente apela a la unidad, hace pasar la mala finitud por un bien de la “cultura”. Pero no hay bienes de la cultura, solo hay bienes en las cosas. En cualquier caso, la regulación de una “nueva cultura de la violencia” libera la toxicidad en el momento en que una diagonal descompone la unidad. Nunca hay una entrada unidireccional a la toxicidad. Lo tóxico se genera en cada desvío de la imagen-gesto. O lo podríamos decir así: la imagen-gesto se asume contra la realidad y la sutura en la simbolización. Esto explica porqué Mujercitos es una apuesta “exótica” que, como ya explicó Segalan hace un siglo, no radica en la mera fascinación por la construcción social a la que ahora todos los “críticos” se empeñan en “deconstruir” [12]. En realidad, lo exótico es el desbalance de una mirada que traza un surco contra la “sistematicidad” de lo Social [13]. Esa mirada excéntrica abre fragmentos que de otra manera permanecerían bajo la totalización de lo ficticio. El mayor deseo es el de vivir contra la realidad: más feliz, más desafiante, más rica, más “letal”. Una realidad impregnada de rabia para salir del aburrimiento manifiesto. Una intuición vital: ser felices en medio de una guerra.

Sin embargo, la invitación al desorden no es una afirmación del apocalipsis en el que ya estamos, sino a la turbulencia de cada momento no-objetivo [14]. Experimentar con el desorden es asumir una retirada desde formas singulares contagiadas e impuras. Este gesto no es promesa ni crédito a futuro de otra vida, sino la neutralización de todo aquello que coagula a la toxicidad: una vida delegada. La vida delegada es toda vida entregada a la reproducción de lo monótono en virtud de un confort que renuncia a su destino. Al final, el proyecto de Mujercitos es la turbulencia de una imagen fugada cuya heterocronia de gestos y conspiraciones es lo que pone en movimiento a una juventud tóxica y divina.

Notas

1. Andrea De Jorio. La mimica degli antichi investigata nel gestire napoletano (Indiana U Press, 2001).

2. Dirección de Mujercitos Magazine. “El asesino tiempo”, Mujercitos Magazine, julio de 2020: https://mujercitosmagazine.medium.com/el-asesino-tiembla-d8f527374a5  

3. Gerardo Muñoz. “Paisaje extático”. Editorial 17, mayo 2020: https://diecisiete.org/expediente/paisaje-extatico/

4. Alberto Moreiras. «Freedom from Transculturation», Social Text, Vol.25, N.4, 2007.

5. Lydia Cabrera. “Ritual y símbolos de la iniciación en la sociedad secreta Abakua”, Journal de la société des américanistes, 1969, pp. 139-171.

6.Giorgio Cesarano. Manuele di sopravvivenza (Bollati Boringhieri, 2000). Traducción mía.

7. Claudia Patricia. “Los niños ricos del Vedado (I)”, Mujercitos Magazine, enero de 2021: https://mujercitosmagazine.medium.com/los-niños-ricos-de-nuevo-vedado-i-680cc331e3bf

8. “Éléments de décivilisation – Partie 4”, Lundi Matin, 2019: “Par ailleurs, le mot toxique – qu’on trouve dans la presse féminine – est intéressant. Que reste-t-il d’une chose amie si on lui enlève toute toxicité ? Que reste-t-il de l’éthique si on lui enlève tout proximité avec le dangereux ? Quel est le rapport entre vérité et poison ? Peut-on déclarer ennemi celui chez qui la quantité de vérité, de poison, est trop élevée ? N’est-on pas en train de confondre l’amitié avec « le taux de sucre contenu » ?”

9. Román Gutiérrez. “La aventura del mongofiera”, Mujercitos Magazine, julio de 2020: https://mujercitosmagazine.medium.com/la-aventura-del-mongofiera-5cb8b7ae12e8

10. Katherine Bisquet. “Casi tanto por el sonido”, en Uranio empobrecido (2021). Manuscrito inédito.

11. Comunicación personal, enero de 2021.

12. Victor Segalen. Essay on Exoticism: An Aesthetics of Diversity (Duke U Press, 2002).

13. Claudia Patricia. “Cuando la caña no da para más”, Mujercitos Magazine, enero de 2021: “Perdí el afecto, de hecho, parte de ese abrir de ojos se lo agradezco infinitamente a esa universidad inapetente que es el ISDI (Instituto Superior de Diseño) y a su penosísimo jefe de Cátedra de Diseño Gráfico cuando me dijo a puertas cerradas: “No buscamos genios, buscamos sistematicidad”.

14. Este es también el movimiento del ratón según Carlos A. Aguilera: “Los movimientos rizomáticos que una rata puede realizar en un momento determinado”, en Das Kapital (1993).

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