La inminente irrupción kastista en la vida política pública chilena podría devenir en una amenaza ineluctable contra la manifestación de la potencia común inmanente a la vida infinita. Platón nos ha heredado la importancia de desvelar la verdad en el entreverado juegos de rostros que confunden al parresiastes con su inversión: el retórico. En el Critón los sofistas lograron que Sócrates fuera sentenciado a la pena capital por blasfemar contra los dioses y corromper a la juventud, además, Platón nos enseña que la apariencia no sólo se contrapone a la verdad, sino que muchas veces la sustituye. En consecuencia, Sócrates es presentado –por Platón– como un Sileno porque en apariencia era feo, tosco y moralmente «corrompía a la juventud», cuando en verdad, lo que subyacía en él era una actitud parresiástica que sólo anhelaba el amor a la verdad y a la virtud.
La figura del Sileno será tomada tanto por Erasmo como por Bruno en el Renacimiento. No obstante, en el Nolano tiene una particular importancia porque radicaliza esta figura desde un cedazo hermenéutico anticristiano. Desde la perspectiva ontológica bruniana, los rostros (vultus) se alteran en un tiempo eterno que los somete a la mutación, evidenciando no sólo «silenos auténticos» –como Sócrates o un Antístenes–, sino que además «silenos invertidos» como Lutero y los falsos sabios humanistas que, para Bruno, no reflejaban más que la decadencia cultural de su tiempo.
La figura del sileno invertido representa el verdadero vicio glorificado como virtud. En suma, es una figura relevante porque de una de sus tantas características inherentes es que seduce al vulgo con una apariencia virtuosa y bella cuando de veras es un impostor astuto que podría incidir –en el peor de los casos– en una guerra civil. En este contexto, Bruno –con un marcado averroísmo– nos advierte que el vulgo tiende a ser seducido por silenos invertidos –como los pastores protestantes de su tiempo– que no conducen al pueblo a la verdadera re-ligación sino que lo corrompe incitándolo a guerras fratricidas.
En una misiva del año 1584, Bruno le comentaba al poeta Philip Sidney «dejaremos que la multitud se ría, bromee, se burle y se recree con la superficie de estos mímicos, cómicos e histriónicos Silenos, bajos los cuales está escondido, cubierto y seguro el tesoro de la bondad y de la verdad […] encierran expresamente, con daño universal, la ignorancia no menos vil que arrogante y la maldad no menos perniciosa que ostentosa1». Bruno advertía de la inevitable presencia de «silenos invertidos» que, presentándose como mensajeros de los dioses, intentan persuadir al pueblo a adherirse a su discurso moral cuando de veras sólo logran separaral pueblode la verdadera comunión con lo divino. No es casual que Bruno desdeñara al vulgo por ser partícipe de la incandescencia de la asinidad de su tiempo.
Ahora bien ¿Quiénes era los enemigos de Bruno? ¿El vulgo? Desde luego que no, dado que el vulgo muchas veces es sometido acríticamente a un paradigma que invierte los valores y lo alienan, por tanto, de la verdad. Los enemigos de Bruno eran todos aquellos que condenaban el examen crítico del conocimiento del mundo natural y glorificaban en cambio la ignorancia – que hacía imposible percibir el universo infinito–, de un paradigma ciego frente a un universo que se abría inconmensurablemente. En suma, Bruno identificó a su enemigo en el cristianismo paulino-luterano, al aristotelismo y pedantismo humanista.
Si en Bruno este paradigma vulgar triunfó fue por su carácter persuasivo y mendaz que se alternó legítimamente en la rueda del tiempo. Sin embargo, el tiempo vicisitudinal siempre permite volver a recuperar la dignidad que de suyo le pertenece a la Verdad y expulsar a esa bestia que ha triunfado ocultando el diáfano semblante de Diana –la divinidad en tanto es manifiesta en la naturaleza infinita–.
La revuelta en Chile patenta el mismo problema: re-conocer que la Naturaleza reclama siempre su dignidad en desmedro de las falsas idolatrías y glorificaciones. Una de las características inherentes a la revuelta en Chile es la vindicación de una profunda potencia de carácter afectiva-religioso, y que el kastismo pretende disipar desde un discurso teológico que captura «lo infinito» con la arremetida de un orden contranatural.
En la política chilena actual, el kastismo quiere persuadir al pueblo, confundiéndolo a través de una tetra que subvierte los valores: lo que la revuelta vindicó como justicia natural el kastismo lo invertirá en injusticia; lo que la revuelta patentó como amor a la dignidad el kastismo lo invertirá en inmoralidad y sin razón; lo que la revuelta cristalizó en un «volver a ligar cuerpos sensibles devenidos infinitamente» el kastismo intentará invertirlos en cuerpos dóciles según el orden histórico oligárquico capitalista financiero que ha prevalecido.
La necesidad de mirar el kastismo no como una restauración de la paz y del orden sino como un retroceso y real conminación contra la justicia y la paz inherente a la infinita diversidad de cuerpos sensibles y subjetivaciones que no cesan de devenir y mutar. De esos cuerpos sensibles que Bruno imaginó dentro un universo infinito, como expresión primera y más auténtica de la no figurable divinidad. El Kastismo seguirá insistiendo en recuperar una deleznable imagen que se resiste a la infinita fuerza de la imaginación inherente a un orden natural y no histórico, el kastismo opera contra la imaginación, que Bruno comprende como un intelecto no figurable que compone cuerpos sensibles en un plano cósmico-ontológico natural e infinito. El kastismo es un discurso contra natura porque precisamente olvida el devenir compositivo y creativo de la Naturaleza: Madre y artífice de toda creación.
NOTAS
1 Bruno, La expulsión de la bestia triunfante, España, Altaya, 1995, p. 89.
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