Lorenzo Alunni / La arquitectura forense, o las grietas de la verdad

Estética, Filosofía, Política

A lo largo de su vida, Leonardo Da Vinci no hizo más que llenar cuadernos. Tener siempre un cuaderno listo para recibir sus más dispares ideas y reflexiones era parte fundamental de su método, y de su grandeza. En muchas de esas páginas se encuentran estudios sobre grietas en los edificios. Creía que una grieta estructural en un edificio tenía el poder de revelar información que de otro modo quedaría oculta sobre la forma en que ese edificio fue concebido, diseñado y construido. Las grietas se acuñan en las zonas del material donde el nivel de cohesión es más bajo y está más expuesto a las fuerzas opuestas. Es una metáfora adecuada, y no es casualidad que el propio Leonardo recomendara mirar de cerca las grietas para entrenar la imaginación. Y no es casualidad que esa misma metáfora haya sido utilizada por el arquitecto Eyal Weizman para describir el trabajo de la Arquitectura Forense en su libro homónimo (publicado originalmente en 2017).

Forensic Architecture es una agencia de investigación que Weizman fundó en 2010 junto con un amplio grupo de colaboradores permanentes y temporales. La práctica en la que se centra el trabajo de la agencia -la arquitectura forense- consiste principalmente en la recopilación de pruebas de carácter arquitectónico y su uso en procedimientos judiciales o político-institucionales. El principal objetivo de la Arquitectura Forense es arrojar luz sobre los casos de violencia perpetrados, en particular por los Estados, en contextos de guerra y guerra civil, insurgencia y contrainsurgencia, resistencia y terrorismo, pero también en contextos marcados por prácticas industriales contaminantes y tóxicas o lugares de violencia pasada pero cubiertos por el secreto o la eliminación forzada. Pero el grupo no opera únicamente desde la perspectiva de la arquitectura, o al menos no en un sentido estricto en términos de meros peritos de edificios: incluyen artistas, abogados, cineastas, diseñadores de páginas web, periodistas y científicos. Se trata de investigaciones llevadas a cabo con maestría mediante el uso de conocimientos multidisciplinares, modelos, análisis complejos de imágenes de vídeo, fotográficas y de satélite, vídeos o fotos colgadas en línea por testigos o autores de la violencia, con cartografía interactiva desarrollada junto con vídeos, reconstrucciones, instalaciones, sitios web interactivos y bases de datos científicas en línea.

La mayor parte de los trabajos realizados por Arquitectura Forense se originaron en respuesta a las solicitudes de colaboración de organizaciones no gubernamentales, fiscales de tribunales internacionales, asociaciones, comités y familias en duelo. Por otra parte, los informes y diversos productos multimedia elaborados por la agencia han acabado en tribunales civiles e internacionales, comisiones de investigación, informes públicos y privados, así como en museos, exposiciones, bienales de arte y, en general, contextos artísticos. Con todo ello, el trabajo de Forensic Architecture, fascinante y cautivador, ha gozado de un éxito considerable, con un efecto, casi podríamos decir, de moda, y ello a varios niveles: tanto en los círculos del arte contemporáneo como en los del activismo internacional, entre otros.

Frente a todo esto, el libro de Eyal Weizman se presenta al mismo tiempo como un resumen de las principales investigaciones realizadas por la agencia de Arquitectura Forense, con preponderancia de los casos palestinos; como una reflexión teórica sobre su metodología; y, finalmente, como una especie de manual, una guía práctica para el uso de las herramientas y enfoques de investigación desarrollados por el grupo, en una especie de perspectiva de código abierto.

En la primera sección del libro, por ejemplo, Weizman se propone no sólo presentar el modus operandi del equipo de investigación que dirige, sino también «discutir las restricciones, los posibles problemas y los dilemas insolubles» de las metodologías, los supuestos y el vocabulario empleados por la Arquitectura Forense. Siguiendo esta invitación a discutir posibles problemas o dilemas, presento brevemente tres puntos de reflexión sobre el tratamiento que Weizman da en este libro a su persona y, más en general, sobre los métodos seguidos por la Arquitectura Forense en sus diversas investigaciones y encarnaciones.

Vigilar la vigilancia

El primer punto se refiere a la cuestión de la vigilancia. ¿Cuál es la línea divisoria entre las diferentes formas y concepciones de vigilancia utilizadas por la Arquitectura Forense y las entidades, en su mayoría estatales, responsables de los casos investigados por la propia agencia? Para sus investigaciones, la Arquitectura Forense recurre, la mayoría de las veces con cierta eficacia, a las mismas fuentes de pruebas de las que dispone -o que ha creado- el Estado, es decir, el conjunto de técnicas -y tecnologías gubernamentales- con las que el Estado controla y disciplina a la población, mediante el mantenimiento del orden público y el monopolio de la violencia. En esto, el poder del Estado reside en la disponibilidad de dichos recursos, pero también en su acceso a la información y su capacidad para difundirla, ocultarla, manipularla, empujar hacia una interpretación de la misma en lugar de otra, etc.

Desde este punto de vista, y a pesar de la obvia y gigantesca disparidad de recursos y posibilidades, la Arquitectura Forense, tal y como lo expresó James C. Scott en su análisis del panoptismo, se ve a sí misma como un Estado. Por un lado, esto significa, en cierto modo, volver esos instrumentos de control y de poder contra los que tienen el monopolio y hacen un uso restrictivo y opresivo, cuando no letal, de ellos (en este sentido, Weizman habla de «contrainvestigaciones» y de investigaciones «contrahegemónicas»); por otro lado, significa confirmar y reforzar la centralidad de esos mismos sistemas de vigilancia y control, apoyando y estabilizando su omnipresencia contemporánea, en una paradoja de efectos imprevisibles.

Podríamos argumentar que, al fin y al cabo, se trata de una evaluación de costes y beneficios, en el sentido de que, una vez que estamos de acuerdo en que el objetivo primordial es «hacer justicia» en un caso determinado, resulta políticamente legítimo y moralmente justificable recurrir a ese enfoque, a esos métodos y a esos datos. Pero lo que es diferente es volver a proponer, reivindicar y teorizar esas mismas metodologías, proponiéndolas como una «guía práctica», un manual de instrucciones o incluso una buena práctica. En este sentido, el deseo de Weizman de que «tanto el activismo jurídico como el humanitario se opongan y limiten el poder militar y estatal, y no se conviertan en guías prácticas para su ejercicio» se convierte, paradójicamente, en una advertencia contra algo que es probable que ocurra, o que ya está ocurriendo.

Los umbrales de la verdad

El segundo punto se refiere a la cuestión de la verdad. La metáfora de la verdad sobre el terreno (expresión central que el libro opta por traducir como «datos reales», dejando en segundo plano el elemento teórico de la «verdad») deriva del procedimiento -adoptado por meteorólogos o expertos en teledetección- mediante el cual se calibran los análisis de imágenes para establecer una correspondencia lo más precisa posible entre las fotografías desde arriba y las realidades que retratan sobre el terreno. Se trata del paso virtuoso de una valoración técnico-material -cuál debe ser el tamaño de un elemento real para que sea distinguible e identificable en una fotografía- a una reflexión teórica sobre el concepto de umbral de detectabilidad y distinguibilidad, es decir, ese espacio intermedio en el que los elementos oscilan entre ser identificables y escapar a la malla de píxeles u otras medidas técnicas (concepto bien expresado por el subtítulo original del libro: Violencia en el umbral de detectabilidad).

Sin embargo, como lectores, la cuestión de la verdad nos interpela en un sentido que va más allá -aunque crucial y magistralmente manejado por los miembros de Arquitectura Forense- de la verdad material y de la dinámica de los hechos investigados. En cambio, se trata de la dimensión reflexiva de la producción de la verdad. Es decir, de la falta parcial de un cuestionamiento dinámico y persistente sobre la relación entre verdad, verificación, veracidad y veridicidad, es decir, de las diferentes formas en que las instancias producidas por las investigaciones son validadas o invalidadas en procesos que, en diferentes contextos y con diferentes intereses o limitaciones, obligan a una incesante renegociación de los procesos de producción, flexión, validación o impugnación de esa misma verdad.

Teniendo en cuenta la relación entre proceso científico y verdad científica, y partiendo de la base de que el concepto de hecho no es sinónimo de verdad, la falta o insuficiencia de reflexión sobre las prácticas de verificación y las formas en que los hechos entran siempre en relación con hipótesis y condiciones de reflexividad hace que no aparezca una frontera clara entre un eventual hecho y una verdad política, entre un acontecimiento verificado en su ocurrencia y un marco contextual político y crítico más amplio. Y esto, además, podría convertirse de hecho en la verdadera diferencia entre una indagación que ve como un estado y, por el contrario, un verdadero acto de parresía, es decir, de crítica articulada «en una posición en la que el que habla o confiesa se encuentra en una condición de inferioridad con respecto al interlocutor», tomando las palabras de Michel Foucault (en El valor de la verdad: el gobierno de sí mismo y de los otros II). Todo esto se vuelve aún más urgente cuando vemos los efectos de un enfoque en términos de «estética forense», tal y como la define Weizman: es decir, la necesidad de que la verdad sea producida y, como veremos en la siguiente sección, escenificada.

Formas de exposición

El tercer y último punto se refiere a la cuestión de la relación entre estética, investigación y crítica. Este es, además, un tema que Eyal Weizman, junto con Matthew Fuller, ha explorado (¿justificado?) en un libro reciente: Estética de la investigación. Conflictos y bienes comunes en la política de la verdad (Verso, 2021).

Reflexionando sobre ciertos aspectos del trabajo de la Arquitectura Forense y los argumentos presentados por Weizman en Arquitectura Forense, la cuestión estética puede abordarse desde dos perspectivas principales. El primero es el de la estetización, es decir, el modo en que los datos recogidos y las investigaciones realizadas se traducen en un resultado accesible al público: un informe, un sitio web interactivo, un vídeo, un expediente para el tribunal, una instalación para una exposición, etc.; es decir, en las operaciones de «hiperestetización», es decir, la intensificación de los procesos a través de los cuales se generan y exponen la percepción sensorial y la producción de sentido. La segunda es, en cambio, la de la estetización como construcción de pruebas y relatos según los elementos, limitaciones y formatos propuestos por esa misma necesidad y elección de estetización, es decir, las formas en que una investigación es a la vez constructiva al configurar su propia relación con lo que enfoca, y constitutiva al proponer nuevas formas de conocimiento, una nueva mirada y nuevas perspectivas, nuevas formas de acción y experimentación.

Uniendo esta doble perspectiva está la búsqueda de una convergencia: la que existe entre la investigación estética en el sentido de una investigación del mundo y la búsqueda de formas de captar los caracteres y la dinámica de ese mismo mundo. En este sentido, el intento fundamental es conseguir que el resultado de la «investigación» más la «estética» sea más que la suma de las dos partes. Sin embargo, esta postura parece atascarse en el momento en que las restricciones materiales de la estética en el sentido de la restitución sensorial obligan a los datos presentados a adoptar una forma determinada.

En este sentido, es significativo lo que escribe Weizman sobre la relación con la forma de la novela policíaca: «Los relatos de los casos presentados en este libro respetan en cierto modo las convenciones narrativas de la novela policíaca, hasta el punto, al menos, de seguir dos tramas entrelazadas: una que narra el crimen cometido en el pasado y otra que narra la investigación en el presente». Es precisamente esta yuxtaposición metafórica con la novela policíaca la que delata, por así decirlo, una tensión no resuelta en el planteamiento arquitectónico-forense en cuestión: al igual que la novela policíaca funciona según estructuras, costumbres y tropos narrativos dentro de la narración del autor o la autora de la historia en cuestión, también un planteamiento en términos de novela policíaca muestra una tendencia a constreñir las realidades observadas en cuadrículas narrativas que tienden a ser preconstituidas, con el fin de hacer reconocibles e inteligibles las secuencias de acontecimientos. Se gana en comprensibilidad y comunicabilidad, pero se pierde en cuanto a la representación de la realidad y la simplificación de los acontecimientos para su fácil narración o transformación en objetos de exposición, museo o instalación.

Si consideramos, precisamente, el caso de la Arquitectura Forense, lo que parece relevante a esta luz es la fuerte presencia en contextos museísticos -véase aquí la larga lista de exposiciones, por ejemplo- y, por tanto, la elección de dar a sus investigaciones la forma de un objeto museístico, con el riesgo de que, a la inversa, la forma de un objeto mediático museístico acabe decidiendo los contornos de la investigación, imponiendo lo que entra en ella y lo que queda fuera. La inteligibilidad del museo nunca se corresponde de forma unívoca y completa con la inteligibilidad del mundo, y menos en casos complejos como los que se tratan en las investigaciones de Arquitectura Forense. Es la línea que separa el estar expuesto en una exposición y el estar expuesto al fuego.

Si volvemos al doble significado primigenio de la estética -percibir algo a nivel sensorial y hacer de ese algo un productor de sentido-, el riesgo que surge entonces es que lo contrario de la «estética» -es decir, la anestesia, en el sentido de inhibición de los sentidos- conduce, en este caso, a la anestesia política. La frontera entre hacer algo inteligible y hacerlo digerible es muy borrosa, y de esto la Arquitectura Forense ofrece una ilustración inquietante. Al defender el desarrollo, por parte de él y de sus colaboradores, de «una mayor sensibilidad hacia la praxis política y sus consecuencias materiales», y al relatar que han ido «madurando algo en común con los objetos de nuestras investigaciones», Weizman escribe (la cursiva es mía): «No importa si es un edificio, un territorio, una fotografía, un píxel o una persona. Sí importa. De lo contrario, existen al menos dos riesgos. La primera es ver y representar los sistemas de vigilancia, militares y policiales como perfectos, coherentes y altamente sofisticados: es decir, exactamente como los ven y representan sus apologistas, en una perturbadora superposición. La segunda es vaciar esos sistemas -y las formas de mirarlos e investigarlos- de los cuerpos, las experiencias incorporadas y las subjetividades de sus actores y actrices, y en particular de sus víctimas.

En última instancia, me viene a la mente la recomendación de Leonardo, evocada por Weizman en Forensic Architecture: la de concentrarse en las grietas de un edificio para aprender mucho sobre él, porque «son las grietas, más que los edificios, las que registran con mayor precisión los efectos del entorno y sus cambios». Así que vale la pena aprovechar esa sugerencia metafórica y dirigirla hacia la labor de la Arquitectura Forense – crucial en sus efectos, de gran y positiva inspiración para muchos, algo sólo de agradecer – y hacia el método llevado a cabo por sus miembros: observarla a través de sus grietas, centrarse en ellas, sacar una reflexión activa y lecciones para la acción. Antes de que alguien equivocado lo haga. El Estado, por ejemplo.

Fuente: Antinomie.it


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