Los estados de insurgencia, intifada y revuelta nos demandan una nueva categorización que busca trastocar las complacencias habermasianas del malaise, como así mismo, la conflictividad “anestesiante” de los Think Tank. Ello también se extiende a los agonismos crítico-liberales que hoy ficcionan disputas entre adversarios. Tal necesidad, se funda en un agotamiento categorial del programa moderno y el tiempo histórico concebido como sustancia o fuerza teleológica. De allí, la necesidad de revisar los silogismos del orden y reubicar el mal-estar, más allá de su vocación pedagogizante, donde destacan las fisuras de la modernización chilena y su extensión regional (1990-2019). El malaise, y su impronta elital, se asemeja a una democracia para “domesticar cuerpos” y producir dispositivos biomédicos. En cambio, el momento actual, reclama otros utillajes, aquellos que deben responder a los “trastornos geopolíticos del Antropoceno” que implica descifrar un cúmulo de nuevas incertezas socio-epistémicas en medio de destructividades primarias, sedimentaciones, o potenciales guerras como figuras constitutivas de todo conflicto.
Ello no sólo busca atisbar un “arte contemplativo” sobre las transformaciones político-digitales, la crisis de todo reparto comunitario, o ilustraciones adaptativas sobre las formas mediales, sino relevar la enemización como “caja de herramientas”, situada y afirmativa, para descifrar e intervenir en contextos de pánico medial, desorientación visual y pensar las nuevas formas de colonización (civilización y barbarie) desde lo plural-discordante evitando hermenéuticas monolíticas, y formas intersticiales de otrocidio, que no se agotan en la construcción moderna de los Estados nacionales. Un programa abierto o territorio extensivo, no responde a una metodicidad -historicista- bajo una “progresión argumental”. Tampoco compromete una conceptualización que responda dócilmente a los reclamos vitriólicos de las redes sociales y ese frenesí porque el manuscrito sea una “cámara Polaroid” de la gubernamentalidad alogaritmica.
Así mismo, los nudos escriturales, no conciben la enemización tras la sucesión ordenada de procedimientos lógicos y contrastaciones empíricas, sino como deliberación yuxtapuesta sobre múltiples nudos de sometimiento. De modo que cuando el objeto de la investigación reclama la univocidad de sus mecanismos, y el privilegio compartimental de su problema, el programa abraza «formaciones textuales» y una pluralidad de objetos múltiples y descentrados que aún sostienen un “hilo de voz”. La enemización, no se agota en una semántica de binarismos descriptivistas, propios de la teología política, sino en la velocidad financiera y la construcción de un orden post-social. Ello se debe situar en trayectorias y condiciones materiales que impiden una inscripción homogénea de estructuras conceptuales. Así, la “guerra total” del medio oriente, no remite al ius belli moderno que calza sin fisuras con el armatoste colonial. Aquí el derecho internacional ha sido alterado porque la guerra es contra los inhumanos, no contra la humanidad. Una guerra es vista como aquella que opera a favor del derecho internacional que, en tantos organismos internacionales, ha sido reprochada como un incumplimiento. Todo ello en relación con la stasis como racionalidad imperial, “localización dislocante”. Un an-arché abismante, necesario, con vértigos paroxísticos y omniscientes, y decir nada sobre el destino del campo político.
Lejos del tiempo homogéneo de la arquitectura conceptual de la modernidad, la enemizacion participa de distintos «jeux de langage», como, asimismo, en prácticas de sometimiento que deben ser desmasificadas en sus usos capilares. De un lado, la lucha o el enfrentamiento “cuerpo a cuerpo” entre enemigos es siempre, un presupuesto de aquella identificación fallida que se introduce al amenazar la existencia de un otro y abunda en la alquimia de identitarismos salvajes. De otro modo, se inscribe al interior de la contemporaneidad hegemónica, también puede ser un dispositivo de guerra, a saber, colonización, racionalización y criminalización bajo el orientalismo argentino de Sarmiento y Alberdi.
Aquí es posible invocar un nombre: Gaza. Tales sucesos, propios del despojo, congregan la articulación de distintas fuerzas sociales, que se encadenan entre sí en la medida en que se posicionan antagónicamente respecto de un “enemigo común”, lo que suscita una producción de sentido y demandas para representar del conjunto de fuerzas articuladas que buscan promover hegemonía políticas. Pero, cabe advertirlo, ello es una posibilidad de lectura en sociedades que destacan por el “enemigo absoluto”, cuestión que trasunta el “raitil cognitivo del malestar”.
La categoría en cuestión cultiva una energía crítica para poner en evidencia cómo opera el poder en la extracción de cuerpos dóciles. De un lado, atribuye representaciones estigmatizantes, como así mismo, develan discursos y prácticas que actúan como mecanismos necropolíticos.
Contra todo, la opacidad constitutiva aquí no se funda en el sentido dialéctico del término. La dimensión de negatividad es necesariamente constitutiva. El campo social es concebido como movimiento sin resolución entre positividad y negatividad, porque no existen relaciones sociales transparentes. En suma, una guerra de posiciones, donde la enemización discursiva comprende una política de imágenes, viralidades y cuerpos. Sin perjuicio de los encomiables trabajos de Néstor García Canclini, en su afán por establecer una nueva contraposición entre lo híbrido para entrar y salir de la modernidad, abrazó un culturalismo dócil que era emplazado desde la “subalternidad” como el vaciamiento de la negatividad antagónica, por el consumo de bienes simbólicos y digitales. La innovación de la “hibridación cultural” –bricoleur- fue también la identificación conformista de García Canclini (1990), consagrando un modelo que -por momentos- facilitaba el “supermercado cognitivo” que permitía transitar entre modernización y tradicionalismo, reubicando el clivaje centro-periferia y la interacción global-local, mediante fragmentos -adaptativos- de acumulación flexible (capital).
En suma, la enemización -como hermenéutica política- devela un clivaje en la acumulación de capital financiero bajo un ciclo hegemonizado por el despojo de la acumulación. La categoría y sus territorios, deben ser interrogados en todos sus alcances y definiciones, a saber, un campo de antagonismos emergentes, en estado de sedimentación, o bien, como momento constitutivo y fundante del cuerpo social. Allí donde ha colapsado el sistema de mediaciones y todo reparto comunitario se torna abismal, ante la arremetida de diversos integrismos. En la actualidad enfrentamos un régimen de enemistades glonacales en una variedad de registros,liderazgos coléricos del nuevo modo de producción que tiene en su inconsciente el Orientalismo de Edward Said. Todo india que es inspirador abrazar la desobediencia civil y las estética del exterminios, amén de un sombra anarco-barroca que se inscribe en tal economía argumental.
Finalmente, la pregunta sería, es posible pensar todo proceso de enemización, alteridades, modos de producción, y mantener mínimos ontológicos. Estas claves del epistemicidio aluden al “problema del otro”, como afirma Todorov. En suma, se trata de descifrar un modo de producción en el cual el enemigo, cabe admitirlo, resulta ser uno mismo.
Mauro Salazar J. y Carlos del Valle R. Doctorado en Comunicación. Universidad de la Frontera.
Hemos elaborado esta nota a partir de distintos fragmentos que se encuentran en algunos trabajos de Carlos del Valle. Véase, La Construcción mediática del enemigo. Cultura indígena y guerra informativa en Chile. Comunicación social. Ediciones y publicaciones. Salamanca (2021). “L’Ennemi. Production, médiatisation et globalisation”, editorial L’ Harmattan (2022). Edición árabe. Universidad Mohammed V de Rabat. Traducción de Azeddine Ettahri y Abdellatif Ouchene (2023).

