Giorgio Agamben / La concha del caracol

Filosofía, Política

Cualesquiera que sean las razones profundas de la decadencia de Occidente, cuya crisis vivimos actualmente en todos los sentidos decisivos, es posible resumir su desenlace extremo en lo que, retomando una imagen icónica de Ivan Illich, podríamos llamar el «teorema del caracol». «Si el caracol», afirma el teorema, «después de haber añadido un cierto número de espirales a su concha, en lugar de detenerse, continuara su crecimiento, una sola espiral más aumentaría 16 veces el peso de su casa y el caracol sería inexorablemente aplastado». Esto es lo que está ocurriendo en la especie que un día se llamó homo sapiens con respecto al desarrollo tecnológico y, en general, a la hipertrofia de los dispositivos jurídicos, científicos e industriales que caracterizan a la sociedad humana.

Éstos siempre han sido indispensables para la vida de ese mamífero especial que es el hombre, cuyo nacimiento prematuro implica una prolongación de la condición infantil, en la que el infante es incapaz de proveer a su supervivencia. Pero, como suele ocurrir, un peligro mortal acecha en aquello mismo que asegura su salvación. Los científicos que, como el brillante anatomista holandés Lodewjik Bolk, han reflexionado sobre la condición única de la especie humana, han extraído, de hecho, consecuencias pesimistas para el futuro de la civilización. Con el paso del tiempo, el desarrollo creciente de las tecnologías y de las estructuras sociales produce una inhibición real de la vitalidad, que preludia una posible desaparición de la especie. De hecho, el acceso a la etapa adulta se retrasa cada vez más, el crecimiento del organismo se ralentiza cada vez más y la duración de la vida -y, por tanto, de la vejez- se prolonga. «El avance de esta inhibición del proceso vital», escribe Bolk, «no puede sobrepasar un cierto límite sin que la vitalidad, sin que la fuerza de resistencia a las influencias nefastas del mundo exterior, en resumen, sin que la existencia del hombre se vea comprometida. Cuanto más avanza la humanidad por el camino de la humanización, más se acerca a ese punto fatal en el que el progreso significará destrucción. Y ciertamente no está en la naturaleza del hombre detenerse ante esto».

Es esta situación extrema la que vivimos hoy. La multiplicación sin límites de los dispositivos tecnológicos, el sometimiento cada vez mayor a limitaciones y autorizaciones legales de todo tipo y especie, y la sumisión total a las leyes del mercado hacen que los individuos dependan cada vez más de factores que escapan por completo a su control. Gunther Anders ha definido la nueva relación que la modernidad ha producido entre el hombre y sus herramientas con la expresión: «desnivel prometeico» y ha hablado de una «vergüenza» ante la humillante superioridad de las cosas producidas por la tecnología, de las que ya no podemos considerarnos en modo alguno dueños. Es posible que hoy esta disparidad haya alcanzado un punto de máxima tensión y el hombre se haya vuelto completamente incapaz de asumir el gobierno de la esfera de los productos que ha creado.

A la inhibición de la vitalidad descrita por Bolk se añade la abdicación de esa misma inteligencia que podría frenar de algún modo sus consecuencias negativas. El abandono de ese último vínculo con la naturaleza, que la tradición filosófica llamaba lumen naturae, produce una estupidez artificial que hace aún más incontrolable la hipertrofia tecnológica.

¿Qué le ocurrirá al caracol aplastado por su propia concha? ¿Cómo sobrevivirá a los escombros de su hogar? Éstas son las preguntas que no debemos dejar de hacernos.

Fuente: Quodlibet.it

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