El mundo que conocíamos se disuelve a gran velocidad sin que en el horizonte veamos esperanzas de un mundo más justo. La guerra a gran escala ha despertado nuevamente y, como deberíamos saberlo todos, la guerra es siempre el juego del capital. Como siempre, se trata de conseguir recursos para territorios del centro productivo de los últimos doscientos años que, sin embargo, debido a su propio proceso de aceleración del capitalismo, ahora devienen relativamente descentrados y con una hegemonía cuestionada. La promesa del mundo capitalista es hoy que no hay futuro, cuestión que, aunque no todos lo comprenden, hasta la deriva fascista de Europa lo intuye. Que no haya futuro significa que para la mayor parte del planeta lo que se avecina es la vida en territorios hostiles a ella, la propagación de diversas y desconocidas enfermedades pandémicas, enfrentamientos cada vez más intensos por asegurar los recursos naturales, lo que va de la mano con grandes oleadas migratorias y la instalación sobre los propios recursos de las corporaciones que hoy controlan los datos y la banca, que serán las únicas con capacidad militar. Esa imagen ciberpunk del mundo la imaginamos muchos, pero nuestra imaginación se ha construido con las películas y novelas de una industria cultural ligada a la propia acumulación de capital ¿podemos imaginar de otro modo?
Evidentemente el problema de la imaginación del futuro está ligada a una palabra fundamental, utopía. Si bien refiere a un lugar inexistente, la utopía indica también un tiempo de espera hacia un horizonte mejor. Sí, mejor, porque ninguna utopía se ha creado para el empobrecimiento de la vida. Proyectos como el fascismo no son utópicos, sino conservadores en el sentido de buscar por medios violentos proteger a un grupo humano de la mezcla. Por supuesto, es un proyecto imaginario, dado que la mezcla se produjo desde el inicio y es la condición de la existencia humana, pero en el sueño fascista, en su imaginación empobrecida, es preponderante la idea de que existen razas o culturas buenas y otras malas, pueblos que representan la cúspide de la evolución y otros que merecen ser colonizados sin que ello constituya un crimen o una contradicción respecto a valores que eventualmente ellos mismos enarbolan como occidentales y propios.
No debemos caer en la trampa de un fascismo amplio, que va más allá de los grupos que se han organizado bajo tal consigna. La guerra ha sido promovida por discursos racistas y culturalistas que, adoptando los principios del fascismo, se identifican a sí mismos como centroderechas, socialdemocracias o progresismos. Por tanto, no se debe pensar el fascismo como un movimiento, sino un sentido en el que esos movimientos pueden aparecer, nutrirse de votantes y convertir a las democracias liberales en verdaderos panópticos para sus propias sociedades y máquinas de guerra para los pueblos de la periferia. Hoy gobierna el fascismo y mientras no lleguemos a comprender esto como principio de base, poco podrán hacer nuestras estrategias por tanto tiempo colgadas de los márgenes ridículamente pequeños que les entrega el marco de la democracia liberal.
Aceptar esta realidad es lo que puede abrir la utopía, es decir, una imaginación radical que no sólo piense nuevos mundos, sino que se articule colectivamente en su búsqueda. Frente a las propuestas dicotómicas del fascismo, debemos crear pensamiento, lenguaje que disuelva lo único. Lenguaje que impida que nuestras vidas queden atadas a una forma específica. Por eso, la utopía no es sólo el lugar al que debemos tender, sino el lugar que podemos en cada instante crear. No hay un movimiento hacia la utopía más allá de nuestros esfuerzos. Y esos esfuerzos deben estar impregnados de aquello que el fascismo niega constantemente, los afectos. Hacer proliferar los afectos es crear nuevos mundos, porque eso es, de hecho, un mundo en el sentido humano-simbólico del término, una comunión de afectos. Afectarse y afectar significa reconocer por un lado una potencia de recibir y de dar, pero también implica comprender la fragilidad que nos hace ser. Afectarse es recibir lo otro, ser con lo otro al tiempo que devenir, de diversas maneras, lo otro. La imaginación misma tiene estas dos posibilidades en sí. Sólo se despliega en la medida en que pertenece a lo sensible a la vez que transforma y proyecta como de-formación. El mundo de la imaginación, a diferencia del mundo fascista, es aquel que no tiene límites al devenir. No se deviene tal o cual como realización, sino como pasaje. Y el intertanto es frágil, requiere intensamente de los otros.
La utopía, por tanto, no sólo abre un horizonte espacial y temporal en el sentido de la espera, sino en el más acá. La utopía se puede vivir ahora ya, pues sólo así crea mundos a su paso. Horizonte y praxis no son contradicciones, sino dos formas de la misma resistencia. No hay que esperar a que el ciberfeudalismo lo cubra todo para empezar a amar, abrazar, conversar, leer, escribir, pensar y sembrar colectivamente. La utopía puede pensarse paradisíacamente, pero sólo a condición de que el paraíso no deje de transformarse con nuestras prácticas. En otras palabras, no se trata de un fin al que llegar, sino de un proceso de creación infinito. De esa manera, la utopía se revela en una forma tripartita como acción, espera y ahora. De ella fluye un mundo en el que espacio y tiempo son condiciones para actuar y límites transformables para que otro mundo nazca.
No es cierto que no se pueda imaginar otros mundos posibles. Podemos imaginar con claridad mundos sin guerras ni genocidios; de relaciones no mediadas por el capital y profundamente solidarias, donde el trabajo no defina la existencia, sino sea sólo el modo en que esta puede abrirse posibilidades; donde las semillas sean fértiles; donde el planeta sea liberado de la esclavitud; donde aprendamos de nuevo la tradición y la deformemos para devenir; donde seamos más que nuestros datos.
Pero quizá la utopía dice más por lo que no puede ser enunciado hoy y en ello reside su mayor potencia antifascista y liberadora. Lo no enunciado hoy es la forma de darse de las cosas que el pensamiento no puede prever y por tanto controlar. Es precisamente lo ambiguo, lo difuso, lo que se encuentra en el umbral de indistinción donde nace lo nuevo. En el origen no hay pureza sino caos, mezcla. Y es el origen el que está cargando la utopía constantemente. Ella expresa a duras penas el cúmulo de deseos de una época catastrófica, pero sólo en lo innombrable vive su potencia. Eso es lo que asusta, la aventura. Asusta especialmente en esta época en que la cultura capitalista nos hace desear todo rechazo a la aventura. Y, sin embargo, cual espada de Damocles, tal deseo va acompañado de un oscuro futuro, completamente incompatible con la propia reproducción de tal cultura y del planeta mismo. La aventura es, luego, un fundamento de la utopía y, por tanto, desear la aventura sea quizá el gesto más crítico de todos. Desear lo que no tiene nombre, lo que antes de encontrarse con nosotros ya habrá sido transformado por nuestra imaginación.
La utopía, en este sentido no es ajena a la realidad, sino una suerte de lente que ve la realidad como espacio-tiempo del pensamiento, la acción y la solidaridad en tanto condiciones de la existencia. No se ve la utopía, sino que es ella la que nos permite ver. No se ve en ella un destino, sino una aventura que integra lo posible y lo imposible, lo real y lo ficticio, lo nombrable e innombrable en una vida que merece ser vivida.

