Recordábamos en estos días a Joshua Clover (1962-2025) – ¿cómo no hacerlo? – y de lo mucho que se puede recordar de él, que no es poco, reparábamos en una observación que se deslizaba en Riot Strike Riot (2016): en la modernidad, decía Joshua, el estado se encontraba lejos de los cuerpos y la economía estaba muy cerca (pensemos nada más en la centralidad de la fábrica); mientras que en la época del neoliberalismo financiero y de subsunción real, el estado está en todos lados y los modos de acumulación se encuentran desperdigados, aunque organizados mediante las infraestructuras y las cadenas de suministro a escala planetaria que nos vincula a cada uno de nosotros como células en circulación perpetua. En nuestros tiempos, la unidad de especie se encuentra separada no sólo en virtud de las cosas que produce o consume al estilo del viejo presupuesto de la alienación, sino que emerge como separación fundamental de su propia pertenencia en los mundos. La inversión no es fortuita: el pasaje hacia la espacialización diferenciada es un efecto que produce un hundimiento aún mayor en las profundas aguas de la abstracción de la totalidad – esa caída en free fall nutre un gnosticismo inmanente que dista de ser un accidente casuístico. La devastación de las relaciones espacio-temporales, que es al fin de cuenta una dispensación del nihilismo, es la condición ontológica de las catástrofes en curso en las que participa buena parte de la Humanidad en una fase compulsiva de autodestrucción.
En efecto, la indiferencia y desapego que en nuestras sociedades – salvo por un hermoso grupo de personas cuyos cuerpos y palabras entronizan con el intelecto general de la especie – por el genocidio integral sobre el pueblo palestino tiene lugar gracias a la reificacion de una “lejanía”, que en tanto que abstracta, también se vuelve ajena y muda. Esto es, ajena a la unidad de la especie del ser humano y muda porque ya su voz no le dice nada a sus hermanos (la especie). Así, Palestina puede ser aplastada porque es una tierra perdida en un mundo lejano y abstracto; demasiado distante para una sensibilidad entrenada a simplemente responder a las necesidades automáticas de la supervivencia. Esta es la ruina de toda antropología filosófica: la supervivencia del “Yo” en la domesticación del absolutismo de lo real conduce a la especie a la compulsiva destrucción de los mundos.
Como en su momento vio el poeta Friedrich Hölderlin con respecto a la antigüedad griega (aunque se trata del mismo problema de la inconmensurabilidad de los mundos que inexorablemente irrumpen) lo esencialmente para todo humano es establecer una relación con lo más lejano y remoto. No existe otro nutriente para nuestra línea ética que encontrar un modo de relación con lo más distante, lo verdaderamente extranjero, o lo que pone en trance a los límites de todo aquello que soy capaz de nombrar. Es la empresa del tonto (Liber pro insipiente), quién lo duda, como ya lo advertía el monje benedictino Gaunilo de Marmoutiers: el pensamiento mediante la palabra es lo verdadero porque piensa mediante el movimiento del alma expuesta al acontecimiento de otra voz.
La obliteración de Palestina es, en este sentido, la ofensiva de una destrucción en al menos dos niveles: la devastación de un pueblo irreductible; y, al mismo tiempo y con la misma brutalidad, la guerra contra su propio nombre de enunciación, contra “Palestina”. Esto significa que la destrucción de Palestina no es solo la destrucción del mundo; la deposición de la palabra Palestina es el olvido ético de la especie humana con respecto a la lejanía de los mundos. Por eso decir Palestina es mantener la integridad ética contra todos los paradigmas de la domesticación de la era atómica del hombre. La incapacidad de entrar en relación con las palabras más distantes nos demuestra, a su vez, la más absoluta infancia ética de Occidente justo en el momento en el que alcanza su mayor madurez tecnológica inteligente.
Imagen principal: Tayseer Barakat, Gaza 2, 2014

