En su infame texto de 1896, El Estado judío, Theordor Herzl –que daría cuerpo al proyecto colonial sionista en Palestina– afirmaba que «Para Europa formaríamos allí un baluarte contra el Asia; estaríamos al servicio de los puestos de avanzada de la cultura contra la barbarie. En tanto que Estado neutral, mantendríamos relación con toda Europa, que tendría que garantizar nuestra existencia»1. Evidentemente las lecturas que se pueden hacer de esta cita tan simple son muchas, partiendo del reconocimiento por parte de Herzl del colonialismo sionista como un asunto europeo, al punto que serán estos los que garanticen su permanencia (hoy, sabemos, ese apoyo proviene principalmente de Estados Unidos). Lo que resulta tremendamente revelador, sin embargo, es la división que establece el autor respecto a civilización y barbarie, que había justificado hasta entonces los más terribles sometimientos, vejaciones y genocidios a diversos pueblos en todo el mundo, incluso en Europa. Y es que el colonialismo, donde vaya, lleva civilización precisamente como barbarie. Como decía Walter Benjamin en su VII tesis Sobre el concepto de historia «no existe un documento de la cultura que no lo sea a la vez de la barbarie». Civilización y barbarie, bajo los términos impuestos por Herzl pertenecen a la misma gramática y aunque el sionista quisiera establecer una separación dicotómica entre ambos, en realidad civilización como barbarie o barbarie como civilización es lo que realmente constituye el proyecto colonial europeo. Y aún así, el mismo Benjamin nos invita a pensar de otra manera la barbarie, una con la que la separación de Herzl podría coincidir y con la que, sin embargo, podríamos llegar a representarnos.
Sami Khatib, que ha trabajado por años en la obra de Benjamin, rescata en un texto, en gran parte dedicado a la barbarie, una carta de Robert E. Howard, el escritor y creador del personaje Conan el bárbaro, a H. P. Lovecraft de diciembre de 1935 en la que dice:
Tu amigo Mussolini es un ejemplo llamativo de la actualidad. En ese discurso suyo que escuché traducido, habló con emoción de la expansión de la civilización. De vez en cuando ha anunciado: «¡La espada y la civilización van de la mano!». «¡Dondequiera que ondee la bandera italiana, será como símbolo de la civilización!». «¡África debe ser civilizada!». Por supuesto, no es por motivos egoístas por lo que ha invadido un país indefenso, bombardeando, quemando y gaseando a miles de combatientes y no combatientes. Oh no, según sus propias afirmaciones, todo ello es en interés del arte, la cultura y el progreso, al igual que los caudillos alemanes estaban decididos a conferir las ventajas de la Kultur teutónica a un mundo ignorante, mediante el fuego, el plomo y el acero. Las naciones civilizadas nunca, jamás, tienen motivos egoístas para masacrar, violar y saquear; solo los bárbaros horrendos los tienen2.
Howard había creado Conan el bárbaro en 1932, precisamente con una suerte de desdén por el proyecto civilizatorio europeo. Conan no es simplemente un hombre rústico y simple, sino un solitario –a veces mercenario– que no ingresa en ninguno de los parámetros de la subjetividad colonial. Imposible de ser sometido, Conan derrota a sus enemigos sin importar el poder que que ejerzan. Su mente es incapturable porque para él la civilización sólo es una fuerza bruta que ha asesinado a sus padres y lo ha obligado al trabajo forzado durante la infancia (como se presenta el personaje en la película homónima de 1982, protagonizada por Arnold Schwarzenegger). Conan no es el bárbaro de la relación civilización-barbarie, cuya fórmula es sometimiento para el progreso, sino uno incapturable que al reconocer la inseparabilidad de los términos, actúa escapando, profanando toda norma impuesta.
Siguiendo con la pesquisa de Khatib, en la misma época en que Howard escribía Conan, Benjamin había dado con una idea de bárbaro singular, en su texto Experiencia y pobreza (1933)3, que serviría de paradigma para pensar desde el materialismo histórico. Benjamin constata que quienes volvían del campo de batalla de la Primera Guerra mundial llegaban mudos, más pobres en lo que concierne a las experiencias. No hay nada de qué asombrarse, luego que ello ocurre a hombres que han visto el horror y la fragilidad humana. Sin embargo, ese horror estaba sustentado precisamente en el desarrollo de la inteligencia, de la técnica más avanzada. Y no sólo eso, Benjamin destaca que al mismo tiempo que se produce una pobreza de experiencias surge una riqueza de ideas sofocante «al reanimarse la astrología, y la sabiduría yoga, la Christian Science y la quiromancia, el vegetarianismo y la gnosis, la escolástica y el espiritismo». Esta proliferación de cháchara que hoy podríamos decir que configura nuestro mundo en su totalidad, es calificada por Benjamin, como una especie nueva de barbarie que fácilmente podemos ver que no rompe, en cualquier caso, con el binomio civilización-barbarie al que refiere después en la tesis VII. Pero en el párrafo siguiente, Benjamin dice algo sorprendente: «¿Barbarie? Así es de hecho. Lo decimos para introducir un concepto nuevo, positivo de barbarie».
En efecto, Benjamin reconoce en la pobreza de experiencia una posibilidad, aquella que tiene quien empieza una tarea desde el principio, empieza de nuevo, «a pasárselas con poco; a construir desde poquísimo y sin mirar ni a diestra ni a siniestra». Esta es otra forma de experiencia que debe partir con las ruinas de una civilización-barbarie, desde cero, pero inconscientemente portando en sí la tradición de los oprimidos (si nos vamos de pronto a las tesis sobre el concepto de historia), actualizando una fuerza que había sido truncada y que sólo quien recompone las ruinas podría imaginar sin repetir, con los ojos en el pasado pero arrastrado inevitablemente hacia el futuro. No se trata del primitivismo de Conan, sino de una barbarie que es capaz de usar cualquier medio para crear nuevos gestos. No se trata del solitario y ahistórico guerrero, sino de una forma de balbuceo que ya siempre se da con otros.
Hay una barbarie que no es la de Herzl, sino la que efectivamente portan los palestinos. Volver a sus hogares en medio del genocidio nos muestra que el bárbaro profana una y otra vez la voluntad impuesta por el binomio civilización-barbarie. Estos otros bárbaros cuentan con una fuerza diferente que si Benjamin hubiese tenido la oportunidad de conocerla, tal vez la habría pensado como la verdadera fuerza de esos bárbaros en «positivo». Esa fuerza se llama sumud, un concepto que en español significaría algo así como resistencia, resiliencia, insistencia, todo ello junto. Sobre las ruinas de Gaza, donde ya no queda edificio en pié, los nuevos bárbaros comienzan una vez más, desde cero, a componer, portando en sí no sólo la memoria de los oprimidos, sino también la fuerza que les permitiría levantarse, incluso, otra vez.
NOTAS
1 Herzl, T. (2004) El Estado judío. Trad. desconocida. Buenos Aires: Organización Sionista Argentina, p. 46.
2 Khatib, S. (2023) ‘A Positive Concept of Barbarism: Benjamin and the Consequences’, e-flux Journal, 141, diciembre. Disponible en: https://www.e-flux.com/journal/141/580398/a-positive-concept-of-barbarism-benjamin-and-the-consequences
3 Benjamin, W. (2007). Experiencia y pobreza. En: Obras, Libro II, vol. 1. Traducción de Jorge Navarro Pérez. Madrid: Abada, pp. 216-221.
