Disentir es, entonces, un modo alternativo de trazar el contorno de lo en común, enlazar de modo creativo y estratégico los cuerpos y temporalidades del feminismo en una política de alteración del Estado.1 Quizás a modo de spoiler comienzo con la última línea del Antropoceno como fin de diseño de Alejandra Castillo. Supongo que a los lectores no les molestará que empiece con el desenlace, con el último sabor de boca, o tal vez con la promesa que anuda el tiempo del libro con los feminismos disidentes. Disidentes, porque no se trata de cualquier feminismo. Así como no se trata de cualquier final de libro, ni tampoco de cualquier fin de diseño.
El texto de Alejandra Castillo se organiza en ensayos breves, concatenados cada vez en una idea, en una memoria de lo que pudo decirse antes. No es, exactamente, un “como mencionábamos anteriormente”, propio de una tesis, que debe remarcar una y otra vez lo que propone para no perderse. Las pistas de esta versión del antropoceno son corporales, acaloradas y frías, porque están conscientes de que los informes del tiempo son sumamente exagerados; al mismo tiempo, que anuncian una verdad de estos tiempos: la explotación de los recursos naturales nunca fue pensada en el diseño, la avaricia es la fuente del calor abrasador. Así mismo, el diseño de la política es pedagogía, mientras no se piense su fin de diseño.
Los escritos del libro son breves, textos en sí mismos, posibles capítulos, imágenes que, de manera opuesta al modo del capital, no dejan todo a la vista. No hay principio y fin, más que el propio fin de diseño. Por eso partí por el final, y dado que el libro permite jugar con la lectura y fijar la mirada en varias escenas, me gustaría hacer alusión al problema de lo “en común” que plantea Alejandra Castillo.
La forma política de esta sociedad del capital es la democracia y su modo de integración son las imágenes, esto permite entender, siguiendo a Ilan Pappé, que hoy la guerra colonial, el genocidio en Gaza, se vea todos los días como una cárcel a cielo abierto. Allí las imágenes no ocultan nada, son imágenes totales, como ha planteado Harun Farocki. Pero, aun así, el antropoceno no es ocularcéntrico, pues, aunque se presente en imágenes, no hay una lucha por la visibilidad, plantea la autora. La guerra rompe la promesa del porvenir, tal como lo hacen los negacionistas del cambio climático, los depredadores para la acumulación capitalista, quienes ponen a circular las imágenes deseantes del deseo de quien las mira, y también el miedo y la inseguridad, que ve al enemigo en todas partes y, con eso, un medioambiente hostil y controlador, un Estado que se defiende de una ciudadanía elitista, que no administra tampoco la justicia, sino que deja que los ciudadanos propietarios deseen “todo el peso de la ley”, en vez del derecho.
El otro día, escuchaba en el matinal a la víctima de un asalto. Si se le ponía atención, se oía tal cual la voz de un periodista o un policía. ¿Cómo sé esto? Porque hablaba de “antisociales” y no de ladrones, porque “hicieron ingreso a su domicilio”, no “se metieron en su casa”, porque se llevaron “objetos de valor” y no “cosas preciadas” o “todo lo que tengo”. El ciudadano era el locutor de una rabia acumulada en las personas de bien, que ya no pueden andar tranquilas por la calle, y que quieren más mano dura, no derechos ni derechos humanos. Es, justamente, en este lugar en el que la democracia busca generar audiencias y se despliega para que su mensaje sea viralizado. Ya no se trata —y esto es un punto interesante del libro––, de una “lucha por la hegemonía”, sino de la reiteración a través del algoritmo que hace de los noticieros, de los famosos matinales, la prensa y las redes sociales, los constructores de un “en común”. Un “en común” para el Estado carcelario, que los grandes representantes de la ultraderecha buscan transformar en un Estado mínimo que suprime derechos y garantías, al mismo tiempo que despliega sin vergüenza su brutalidad, con un público anónimo y entumecido, movilizado por pasiones tristes.
¿Es posible otro “en común” y otra política? Dos anotaciones, dos opciones: uno es el tiempo de la revuelta y, otro, los feminismos que se han puesto a sí mismos en un paréntesis disidente, en su propia lupa crítica. En nuestro relato democrático, revuelta y democracia no ocurren al mismo tiempo, plantea la autora. La revuelta es un tiempo previo, luego viene la institucionalización, y los feminismos saben de ello. Después de la lucha contra la violencia, vienen los protocolos; después de las luchas por la igualdad, aparecen las políticas afirmativas para las mujeres. ¿Pero es posible pensar una democracia como transgresión? Alejandra Castillo deja instalada la pregunta y evoca algunas respuestas de su archivo de citas.
Castillo retoma el problema de la corpopolítica, tema que ha circulado en sus trabajos de los últimos años. La novedad ahora es una definición más amplia, la corpopolítica es el propio cuerpo de la política y no una política de los cuerpos. Es el cuerpo de la política en una época determinada, junto a un régimen de filiación que se organiza en un sistema de género, que si ha sido heteronormada, reproductiva, patriarcal, disidente en distintos momentos de la historia, hoy debiera pensarse como des-generada para un fin muy particular: poder luchar contra los inventores del concepto “ideología de género” y sus “buses de la libertad”, contra su violencia, contra su excusa de los hijos primero y su voluntad de ser los guardianes de una moral consustancial al avance de la ultraderecha a nivel global.
¿Cómo se resiste, entonces? A través de un en común que disiente, que busca disentir para crear una forma creativa de alterar el Estado, de ser el cuerpo de la política en otro tiempo. Disentir como la frase con que comienzo esta presentación, sacando del centro la diferencia sexual, la buena mujer y la buena madre, versus las demás, las que abortan, las que no entraron en la alianza con las iglesias evangélicas, las no-heterosexuales. Las que no dejaron de cuidar la tierra contra el poder depredador, como Berta Cáceres y la desaparecida Julia Chuñil que, esta vez en el principio del libro, son la dedicatoria urgente de Alejandra Castillo, para ellas, para las defensoras de lo en común de la tierra.
NOTAS
1 Alejandra Castillo, Antropoceno como fin de diseño, Buenos Aires: La Cebra, 2025, pp-77-78.
Karen Glavic es filósofa.
Este texto es la presentación del libro de Alejandra Castillo, Antropoceno como fin de diseño, Buenos Aires: La Cebra, 2025, actividad que tuvo lugar en la librería Odisea Libros, el día 8 de octubre del año 2025.
