Rodrigo Karmy Bolton / Materialismo expresivo. Una lectura para una izquierda de lo porvenir

Filosofía, Política

La derrota del progresismo a nivel mundial deja la cancha política abierta al neofascismo, pero, por otro lado, ofrece el esplendor de la invención para una izquierda (una izquierda de la izquierda) necesariamente porvenir. Se trata de una izquierda anti-capitalista que, en Chile, se traduciría en la forma de una impugnación radical al fantasma portaliano, dispositivo que codifica la política chilena a favor del poder oligárquico.

Un punto de partida para esta invención, puede residir en el pensamiento de Luis Emilio Recabarren. En particular, en su libro La Materia Eterna e Inteligente. Publicado en Buenos Aires durante el año 1917, sin saberlo, Recabarren retoma tópicos de cierta tradición filosófica judía y árabe que asumían la idea de que el intelecto era una sustancia impersonal y en común, cuestión que, con variaciones muy importantes, fue formulada en las filosofías de Averroes, David de Dinant o Siger de Brabante, Avicebrón, entre otros. Esa lectura que, por cierto, desafió en su momento a la Iglesia Católica al punto de que Tomás de Aquino sostuvo que Averroes era el “perverso deformador de Aristóteles”, posiblemente desemboca en Spinoza y su concepción de Dios entendido como Naturaleza. Recabarren, en la exigencia de formular una “perfecta ilustración” que desafíe la falsedad religiosa, vuelve sobre esa tradición oculta y, en contra de la de la Iglesia Católica, según la cual, el mundo habría sido creado ex—nihilo gracias a la prerrogativa jerárquica de la forma por sobre la materia, sostendrá que no hay forma por fuera de la materia sino que ésta no solo sería “eterna” (es decir, prescinde de un momento “creador”) sino que además, sería “inteligente” en la medida que tendría capacidad para autoorganizarse, singularizándose en los seres vivos y no vivos que conocemos.

Dicho de otro modo: para Recabarren no hay separación entre forma y materia, sino que la primera es solo una modalidad de la segunda. Por eso, no se requiere de un principio de gobierne ni el universo ni tampoco las sociedades. Pero, además, que la materia sea “eterna” e “inteligente” significa, por tanto, que la materia es un principio activo, tal como Ernst Bloch, en Avicena y la izquierda aristotélica, subrayó respecto del singular hilemorfismo presente en la tradición filosófica árabe. Que haya un intelecto común y no personal, pero que éste intelecto deba cristalizarse gracias a la imaginación en un cuerpo singular, resulta la enseñanza de eso que el tomismo denominó “averroísmo” y que, en parte, se halla en el trabajo de Recabarren.

La inteligencia es materia y la materia es, intrínsecamente inteligente significa: cada persona que piensa no es más que un modo por el cual se singulariza la totalidad de dicha potencia. De esta forma –como el propio Averroes indica en El Gran Comentario al De Anima de Aristóteles– la inteligencia es, a la vez múltiple y común porque solo puede actualizarse en la medida que, gracias a la imaginación, un singular participe de ella. Por cierto, no se trata de “aplicar” simplemente al pensamiento de Recabarren en la actual coyuntura de desaparición total de las izquierdas. Más bien, se trata de traer al presente su potencia crítica y leer su trabajo intempestivamente en función de inventar izquierdas para el Chile contemporáneo.

Con Recabarren tenemos un pensamiento “propio” y “cosmopolita” a la vez, que remite a lo múltiple (individuos) y lo uno (intelecto) simultáneamente. Justamente, en el carácter autoorganizativo de la materia se juega un punto clave para desafiar al ilusorio “orden espontáneo” ofrecido por los neoliberales: tal orden que, en rigor, viene a sustituir a la otra ficción de la “mano invisible” de la economía política clásica, en realidad no es más que una forma capitalista que convierte toda autoorganización en un sistema rentable y orientado al denominado “emprendimiento”, es decir, el devenir “empresarios” de sí, verdaderas empresas vivientes o “en presas”- como ironizaba Guadalupe Santa Cruz). En cambio, el carácter inteligente de la materia en Recabarren nos ofrece la autoorganización como modulaciones de una misma potencia que asume un libre uso y que, por tanto, desafía al régimen de una oikonomía.

Si esta última, inclusive, en su forma neoliberal no puede jamás prescindir de un “jefe” (aunque este “jefe” sea uno mismo) y, por tanto, no puede nunca prescindir de un principio de comando, en Recabarren la materia si puede hacerlo y, precisamente por eso, es intrínsecamente democrática: “Entonces, reconozcamos que ese Maravilloso Orden del Universo, no es obra de ningún gobierno, sino que es la obra natural de su movimiento y de su existencia. Y en ello no obra ningún fenómeno distinto al que hace que una semilla arrojada al seno de la tierra se convierta en un árbol que de frutas o de flores. (…) ¿Por qué se mueven los astros? ¿Por qué no chocan? No hay ningún misterio en ello. Es simplemente su modo de ser o naturaleza de la existencia, por sí misma, sin que obedezca a ninguna voluntad sobrenatural, que no tendría razón de ser.”1Un orden sin gobierno, anárquico, exento de voluntad y, por cierto, racional, pero de una razón inmanente al propio Universo, a la misma eternidad de la materia cuyas transformaciones dependen de “su movimiento y de su existencia”. No hay “misterio” alguno, sino “modos de ser”, pues, toda singularidad no es otra cosa que un modo de ser de la propia universalidad.

Recabarren critica fuertemente la teología tomista de la Iglesia Católica de su época. Para eso, rebate uno de los pivotes teológicos más decisivos de su sistema: la creación ex nihilo. Aceptar dicha noción significa asumir la existencia de un “Director Supremo” que dirige los destinos del Universo, restituyendo así, la jerarquía y el régimen del dominio. Por eso, la materia para Recabarren es intrínsecamente democrática, en cuanto, ella misma no es otra cosa que inteligencia común a todo el Universo. Democrática, no porque ofrezca un orden de individuos que voten litúrgicamente cada 4 años de manera obligatoria, sino porque plantea una inteligencia común a todos los seres vivientes y no vivientes, a lo inerte y a lo vivo, en la medida que esto constituye nada más que modos de ser del devenir eterno de la materia. Su propia “razón”, su inteligencia. ¿Tiene inteligencia una hormiga? –podríamos preguntar con Recabarren. Acaso, no se trata de que “tenga” o no “tenga” sino si es expresión de ella o no. Para nuestro periodista obrero, la hormiga, como todo ser viviente y no viviente será expresión de esta inteligencia, es decir, de la materia.

En este sentido, Recabarren nos ofrece una democracia radical que podríamos perfectamente llamar comunismo, si por tal, entendemos la revocación entre naturaleza y cultura, entre lo animal y lo humano. En otros términos, el común (la “materia eterna e inteligente”) constituiría un tercer espacio, un lugar completamente diferente al de la máquina metropolitana que separa los reinos como si de sustancias se tratara. En Recabarren, pareciera que la diferencia entre seres (tanto vivos como no vivos) es una cuestión de grado y no de naturaleza, un asunto de su “movimiento y de su existencia” antes que un problema ontológico, porque cada existencia no es más que una expresión viviente o no de la “materia eterna e inteligente”. A esta última jamás la vemos y nunca podemos atribuirle un carácter antropomorfo porque no es más que el devenir de sí misma en su proceso eterno de autoorganización.

Así, podríamos decir, la democracia o el comunismo es, para Recabarren, un devenir radical de los seres vivos y no vivos, en la medida que asume el nombre de un común que solo puede expresarse en múltiples singularidades. El común aquí atendido no es comunión, sino una “materia eterna e inteligente” que, por serlo, no puede ser sino una potencia impersonal. En este sentido, cada singularidad sería un uso preciso del común y, por eso, para Recabarren, pareciera que no hay lo que llamaríamos “sujeto” como “formas de vida”; si se quiere, nuestro obrero articula una verdadera ciencia del uso en la medida que cada singularidad no es más que un modo de ser del común. Con ello, Recabarren conjura toda posibilidad de que un “gobierno” conduzca la materia, tanto como el patrón pueda hacerlo con el proletariado. No habrá gobierno sino común, no habrá propiedad sino uso, no habrá sujeto sino modo de vida.

Último comentario: digamos que la noción que tiene la Iglesia católica de la Naturaleza (el tomismo) es profundamente “humanista” donde el hombre es a imagen y semejanza del Dios hecho carne y, por tanto, premunido de una voluntad para constituir se en “señor de sus actos” –dirá Tomás de Aquino. El tomismo fue el movimiento que ensambló al ser humano como señor de la Tierra. Justamente contra esa idea se levanta Recabarren: ni Dios es señor del Universo (puesto que no es principio), ni el hombre propietario de la Tierra. He aquí el comunismo del uso, la ciencia proletaria que nos permite atisbar el pensamiento de Recabarren. Como para Averroes, la inteligencia sería una potencia impersonal (común, de nadie, por tanto), como para Dinant o Avicebrón, tal inteligencia es, a la vez, nada más que materia y sus seres tan solo expresión de ella, en la medida que la inteligencia de la materia no consiste más que en producir formas.

Se dirá, pues bien, ¿qué es el alma? Recabarren responde explícitamente: “En suma: Materia, Movimiento, Energía, Alma, Inteligencia, Vida, cuantos conceptos queramos fundamentar, quedan refundidos en una sola expresión: ¡Materia!”2El alma no es para Recabarren un alma individual y sustancial sino esa potencia colectiva e impersonal que llamamos Materia. En cuanto alma la materia habrá de abordar una noción de la Naturaleza totalmente expresiva. Esto significa: la Naturaleza es rostro y su gestualidad circunda la totalidad del cosmos. Quizás, los poetas supieron de eso y los teólogos fueron aterrorizados por su belleza. En cuanto rostro la Naturaleza no puede ser simple objeto del señor de la Tierra, sino justamente, espacio de goce, lugar de una felicidad que solo la cooperación colectiva puede ofrecer.

NOTAS

1 Luis Emilio Recabarren p.p. 50-51.

2 p. 142.

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