Giorgio Agamben / Más sobre cocineros y política

Filosofía, Política

Conviene reflexionar sobre la frase, atribuida a Lenin —aunque no parece que la haya pronunciado nunca— según la cual «toda cocinera puede y debe aprender a gobernar el Estado». Hannah Arendt, comentando el dicho seudoleninista, escribe que en la sociedad sin clases «la administración de la sociedad se ha vuelto tan simple que cualquier cocinera tiene las cualidades para hacerse cargo de ella». Lucio Magri observaba, con razón, años después, que la frase de Lenin habría que invertirla en el sentido de que «el Estado podrá ser dirigido por una cocinera solo en la medida en que ya no existan cocineras».

En el único pasaje en que aparece una cocinera en sus escritos, Lenin dice en realidad algo distinto y bastante más articulado. «No somos utopistas», escribe en un artículo de 1917, «sabemos que una cocinera o cualquier peón no están en condiciones de participar de inmediato en la administración del Estado. En esto estamos de acuerdo con los kadetes, con la Breškovskaja, con Ts’ereteli. Pero nos diferenciamos de estos ciudadanos en que exigimos la ruptura inmediata con el prejuicio de que solo funcionarios ricos o procedentes de una familia rica puedan gobernar el Estado, cumplir el trabajo corriente, diario, de administración. Exigimos que los obreros y los soldados conscientes hagan el aprendizaje en la administración del Estado y que este estudio comience de inmediato o, en otras palabras, que se empiece enseguida a hacer participar a todos los trabajadores, a todos los pobres, en tal aprendizaje».

Como sugieren las palabras de Lenin, el paradigma que se esconde detrás del utópico gobierno de la cocinera es el del Estado administrativo, según el cual, una vez eliminado el dominio del capitalismo, la política cedería su lugar —como también Engels reafirma— a la simple «administración de las cosas». O, si se quiere, la política se presentaría en la forma de la «policía», que, a partir de los teóricos de la ciencia de la policía en el siglo XVIII, es el término que traduce el griego politeia. «Policía» se lee todavía en la traducción de Plutarco realizada por Marcello Adriani, publicada en Florencia en 1819: «quiere decir el orden con el cual se gobierna una ciudad y se administran sus necesidades comunes; y así se dice que son tres las policías: la monárquica, la oligárquica y la democracia».

Este es el paradigma del administrative State teorizado por Sunstein y Vermeule, que hoy se está imponiendo en las sociedades industriales avanzadas, en las que el Estado parece resolverse en administración y gobierno, y la «política» transformarse enteramente en «policía». Es significativo que, precisamente en un Estado concebido en este sentido como «Estado de policía», el término acabe por designar el aspecto menos edificante del gobierno, esto es, los cuerpos encargados de asegurar en última instancia, mediante la fuerza, la realización de la vocación gubernamental del Estado. Lo que hoy vemos con brutal claridad es, en efecto, que precisamente este Estado aparentemente neutral, que pretende perseguir únicamente el buen orden de las cosas y de los hombres, puede revelarse por ello mismo carente de límites de cualquier naturaleza en su acción. El cocinero es hoy la figura por excelencia del tirano.

En ningún caso la política puede agotarse en la simple administración, aunque sea en la forma de un buen gobierno que fatalmente se corrompe en mal gobierno. En la medida en que coincide con la forma de vida libre de los seres humanos, la política es esencialmente ingobernable e inadministrable. Por eso el fresco de Lorenzetti en Siena llamado del buen gobierno representa en primer plano a unas muchachas que bailan. El «buen gobierno» no es un gobierno.

Fuente: Quodlibet.it

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