Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: La espera azul (o sobre una fotografía encontrada al pasar)

Estética, Filosofía

No es arte. Tampoco importa mucho el lugar donde haya sido tomada. Esta fotografía fue encontrada al pasar. No importa la fecha ni la firma de la mano que la ha eternizado. La soledad no conoce propietario. Quizás sólo importe el azul. La luz, el grano y la montaña. Porque sobre ese techo de zinc, y entre los innumerables desencajes de maderas azuladas, la historia de la galaxia equilibra su lento pasar.

El conjunto sopla levemente su rostro frente al nuestro. Una invencible combinación de reposo y eternidad mece el ritmo circular de la escena (los griegos ya sabían que el único movimiento eterno es el circular). Cuando yacemos ante ella declina todo deseo. Nada parece obligarnos a hacer algo; al contrario, en el destello de un segundo, el tiempo ha sido curado de la partición de los siglos. El universo ha de encajar en el silencio de ese instante. Porque en esta imagen resuena el misticismo de lo intraducible: la voz de un origen que no exige ser venerado, el último vestigio de un origen que ni siquiera requiere haber existido. Pero, aunque sea cierto que en ella nada parece obligarnos a hacer algo, sin embargo, algo nos obliga a hacerlo. Como el consejo familiar de un amigo que nos visita tras su muerte, estamos obligados a escuchar su silencio: la finitud y el futuro de nuestra ausencia. tal vez, sea la única sabiduría; la de escuchar la respiración de su último consejo.

Esta imagen destrona cualquier empeño de captura contra la experiencia. En ella la humildad despliega un hálito disolvente: la paz de quien, nunca dando la espalda al mundo, se apronta a volver a ese mundo desprendido del terror a la muerte. El preparativo de una política de la esperanza, la antesala de una comunidad de los vientos, el respiro que antecede a la dignidad de la lucha. Una sabiduría, un ethos de la resistencia.

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Lejos de cualquier afirmación taxativa, en el trasfondo del cielo resopla el anticipo de una disolución que coincidirá con el vaciamiento de nuestro destino. Para volver al mundo dignamente hemos de asumir tal vaciamiento. En la mitología de cada pueblo refulge la única dignidad posible: la de un comunismo de la imaginación. El capital inocula cosmofobia. Así, la febril mecánica que utiliza la máquina del capital para acelerar los sentidos, el inacabable bombardeo de imágenes genocidas e infancias decapitadas, cuya monocromía de sangre y escombros perfora nuestros sueños, y la atención sin consciencia con que nos desgarran los huracanes de estímulos tecnocapitalistas, ha encontrado, en la eternidad de esta imagen, la levedad de un breve descanso. Su primer plano hemos de palparlo con los ojos; todo está allí, todo está aquí. La comunidad del cosmos, aún invisible, se aproxima a la mano. Porque en esta imagen lo único que precisa ser profundo es la respiración. Y por lo mismo, la palabra adviene desde la raíz, así como la lucha lo hace desde los pueblos.

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La sencillez de la composición cromática se conjuga con la desnudez y la sobriedad geométrica. Una coincidencia más allá del azar, pero también una coincidencia imposible de desentrañar, de llega a saber, precisamenre, qué significa. Nada en la escena parece depender de una voluntad, de un ego de perfeccionamiento: simplemente es. No se trata de arte ni de fuerza creativa. No remite a una creatio ex nihilo o a una promesa de dulce paraíso. No se trata de voluntad: ni de la nuestra, quien interpreta, ni de quien ha puesto en circulación el espíritu de esta imagen, el espíritu que es esta imagen. Su potencia está en la caricia, no en el diseño ni en la construcción. El aliento de esta imagen no nos mandata a adivinar una clave para enunciar un mensaje escondido. Más bien, dicho aliento se trata de un regalo: el don de un encuentro que nunca fue buscado.

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En el tomo I de la inmensa novela El hombre sin atributos, Robert Musil escribe: “El hombre, para ser lo que es, debe creer que es más de lo que es.” (2021, p.183) El hombre, en suma, es una ferviente ilusión en acto.

Ahora bien, dentro del contextoeuropeo de los años 30 del siglo pasado, Musil no podía escribir otra cosa. La decadencia del Imperio Austro-Húngaro, que representa el espacio literario donde reside Ulrich, el matemático protagonista de la novela, solamente podría encontrar salvación en la fantasía de una identidad eternizada metafísicamente. Motor de una antropología esencialista y escudo anímico capaz de convencer al mundo y a sí mismo acerca de la primacía eterna de su Imperio, la identidad a la que alude Musil devela el rol suplementario que adquiere la voluntad con respecto a la identidad. Así, la voluntad de identidad termina sustituyendo a la identidad: sólo gracias a la ilusión de creer ser más de lo que es, el hombre puede ser lo que es. En una palabra, el hombre sólo puede ser lo que es gracias a la fantasiosa, violenta y delirante voluntad que él mismo es.

En la fotografía apreciamos el reverso de Musil. Lejos de todo deseo de saber y orgullosa obsesión por llegar a ser quien realmente es, ella apela a la superficie de sí y, con ello, a la indesmentible y vacía naturaleza humana: somos espera, encuentro con una espera inesperada; el accidente de una naturaleza a la deriva entre otra y la misma naturaleza. Opuesta a toda voluntad de ser, esta imagen parece emergida del mar y erigida en salada piedra. En ella no escuchamos voluntad ni urgencia, sino tan sólo escuchamos la espera: el oleaje del mar que, con su sal, talló la piedra.

En ello reside su valentía. La fotografía, en su aparente insignificancia, nos llama a reconocer la dignidad de la insignificancia nuestra. No buscamos salvación ni nos arrojamos al pozo ciego de la fe: tan sólo escuchamos nuestra propia espera, el eco de una espera que se aleja. He ahí la simpleza pasajera de nuestra irrelevante verdad: esperamos y aceptamos. La esperanza dista de la ilusión porque se ha despojado del deseo de apropiación; mientras la ilusión se consuela mintiendo acerca de la realidad de una fantasía ad hoc, la esperanza escucha la espera en que ella misma habita. Por ende, si la ilusión despierta en el iluso una ingenua desesperación debido a que ha perdido de vista el carácter banal y eminentemente desesperado de su propia ilusión, la esperanza, al contrario, sólo espera: habitar lo no-buscado es su porvenir. Ella es aceptación de la espera, así como consecuente aceptación de lo que llegue sin ser esperado. La esperanza, entonces, al no ser una apuesta desesperada, nos acuna en reposo, en el respiro profundo con que generamos espacio a lo porvenir.

La esperanza, como la casa de única habitación que, en la imagen, parece sostener a la montaña, brinda descanso a quienes les fue arrebatado su último aliento. Es el sueño, que soñamos nosotros, por los niños de Gaza. Pero también es la montaña de cadáveres, un único abrazo de mártires alados, cuyos cuerpos despedazados han de tejer la ligera ternura de su ascenso.

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En la eternidad, además de la inocencia, habita un enfant terrible. Rimbaud, junto con saberlo, era dicho niño.

Se la volvió a encontrar.

—¿Qué?— la eternidad.

Es el sol mezclado

al mar.

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Cuando leo estos versos de Rimbaud (1970, p.63), siempre lo hago escuchándolos: mientras los leo no puedo dejar de imaginar que Rimbaud los sigue recitando. Lo veo sentado en el punto más recóndito del Cuerno de África, con los pies descalzos y heridos por las piedras, jugando a recordar poemas de juventud en lo alto de un precipicio que pende sobre el Mar Rojo. Ahí lo oigo recitar el llanto de su errancia, fundiéndose al inefable placer de su destierro azul.

La imagen de Rimbaud se asemeja a esta fotografía. El azul piel de la puerta, y su estructura, la transparente evocación de una geometría endeble, abren nuestra vista no a quienes estamos llamados a ser, sino a la simpleza de quien estamos siendo: somos espera, espera y esperanza, eterna comunidad de esperanza solidarizando, dignamente, con la justicia del vacío. Un comunismo de los espectros, una asamblea compartida codo a codo con cada mártir, la lucha en nombre de formas-de-vida cuyo triunfo reside en no aspirar a vencer, en no aspirar al poder. Solo eso, nada más: afecto. Suficiente para vivir, suficiente para luchar y resistir y dar la vida por amor a la vida y sentir la muerte, también, por amor a la vida. He ahí, he aquí, lo porvenir.

En esta imagen ya no hay desesperación ni espera de lo imposible. Hemos acogido, como un respiro abierto, la certeza de quienes, siéndolo, nunca dejaremos de ser: una finitud que no desespera, una finitud que se habita y se recorre, como una casa amiga encontrada en la montaña. Y cuando se abra la puerta azul, habremos de disolvernos en cada piedra, como el azul lo hace en el turquesa, como Rimbaud lo hace en los confines de la arena.

Referencias

Musil, Robert (2021): El hombre sin atributos [J.Diorki y P. Madrigal, Trads.]. Seix Barral: Barcelona.

Rimbaud, Arthur (1970): Una temporada en el infierno [Oliverio Girondo y Enrique Molina, Trads.]. EDICOM, Buenos Aires.

Carla Antonia Scarzella (Ig: @antoniascarzella): Pequeña casa de Alcohuaz.

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