Tariq Anwar / Guerra, capital y abolición

Filosofía, Política

La atrocidad de la guerra impide ver lo que ella verdaderamente es: un síntoma. No el origen del mal, sino su manifestación más brutal, la forma en que el capitalismo resuelve sus propias contradicciones cuando ya no encuentra otro camino. El mecanismo es conocido, aunque su conocimiento no lo vuelva menos obsceno. El capitalismo acumula hasta sobreacumularse, invierte hasta que la inversión deja de rendir, produce hasta que la producción se convierte en su propio obstáculo. Entonces necesita destruir. Y la destrucción más rentable, la que abre nuevos mercados, liquida el capital excedente y relanza el ciclo de acumulación, es la guerra . Los pueblos masacrados son, en este esquema, una variable de ajuste. El petróleo, el gas, las rutas comerciales, los contratos de reconstrucción: esas son las verdaderas líneas del frente. Las armas que se venden para continuar la masacre no son un efecto colateral sino el núcleo del negocio: Biden lo admitió sin pudor cuando explicó que los «paquetes de ayuda» a Ucrania eran, en realidad, órdenes de compra para la industria armamentística estadounidense.

Pero detenerse en el síntoma sin pensar la enfermedad es quedarse en la superficie del horror. La pregunta que hoy se vuelve urgente —y que la atrocidad misma de la guerra tiende a bloquear— es otra: ¿cómo pensar el fin de este mundo y el nacimiento de otro donde la guerra no sea el horizonte inevitable al final de cada ciclo de crisis?

Hay una trampa en la que caemos con frecuencia: creer que lo nuevo vendrá después, que bastará con que este orden se derrumbe para que algo distinto emerja de sus ruinas. Pero lo nuevo no viene del futuro; se lee, cifrado y latente, en las formas del viejo mundo que se disuelve. Lo que ha hecho su tiempo y parece desintegrarse pierde su actualidad, se vacía de su significado y, en ese vaciamiento, se vuelve de algún modo posible otra vez. Benjamin lo intuía cuando escribía que en el instante del recuerdo el pasado que parecía consumado nos aparece inconcluso, y nos hace así el regalo más precioso: la posibilidad. Lo verdaderamente nuevo es solo lo posible: si ya fuera actual y efectivo, ya estaría envejeciendo.

El primer paso, entonces, no es imaginar el mundo nuevo —esa imaginación siempre llega tarde, siempre es ya una forma del viejo mundo disfrazado de futuro— sino pensar la abolición del estado de cosas actual. La ruptura. No como programa sino como gesto: reconocer en las grietas del presente aquello que el orden vigente no ha podido capturar ni domesticar, lo que en él no ha sido, lo que quizás nunca será, pero que habría podido ser y que por eso todavía nos concierne y nos interpela.

La guerra es inherente al capitalismo, sí. Pero esa inherencia no es un destino: es una estructura, y las estructuras pueden romperse. La máquina de guerra capitalista persigue incluso la paz como una forma de extender su dominio , convirtiendo la guerra en un marco permanente de vida. Frente a eso, la tarea no es solo denunciar el síntoma sino sustraerse a la lógica que lo produce: negarse a que la destrucción sea la única forma de comenzar de nuevo, negarse a que el horizonte del pensamiento sea siempre ya el horizonte del capital.

Pensar la ruptura con este mundo es, antes que cualquier otra cosa, un acto de imaginación política que se niega a ser administrado.

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