Tariq Anwar / La estupidez hegemónica del fascismo

Filosofía, Política

Hay una observación de Gramsci que merece ser releída con más lentitud de la habitual: que el poder hegemónico no se impone, se consiente. No es la fuerza lo que lo sostiene en última instancia, sino algo más perturbador: la capacidad de hacer que lo absurdo parezca sentido común, que lo grotesco parezca el único orden posible de las cosas. Trump no es entonces una aberración, no es el accidente que interrumpe el curso normal de la historia. Es, al contrario, su figura más transparente, el momento en que el sistema deja caer la máscara y muestra sin pudor lo que siempre ha sido. Lo más inquietante, sin embargo, no es Trump. Lo más inquietante es que ya no nos hace reír. Y no porque el fascismo sea demasiado serio para la risa —la risa ha sobrevivido a cosas peores— sino porque ha aprendido a ocupar él mismo el lugar del payaso, a anticipar la burla, a hacer del ridículo su propia coraza. Chaplin pudo reírse de Hitler porque Hitler todavía pretendía ser solemne. El fascismo de hoy no pretende nada: se ofrece directamente como espectáculo, se adelanta a su propia parodia. Y en ese movimiento nos roba algo que quizás no sabíamos que teníamos: la distancia necesaria para reír. La risa exige un afuera, un lugar desde el cual la farsa pueda verse como farsa. El fascismo contemporáneo trabaja metódicamente para clausurar ese afuera, para que no quede ningún punto de apoyo desde el cual el mundo pueda aparecer como lo que es.

Gramsci imaginó una guerra de posición: el lento y paciente trabajo de erosión cultural que debía preceder a cualquier transformación real. Pero las posiciones han sido tomadas. No por el enemigo en una batalla campal, sino por algo más silencioso y más definitivo: la corrupción. Las universidades, los medios, los partidos, los sindicatos —todo lo que debía ser trinchera se ha convertido en cómplice o en ruina. No hay posición desde la cual combatir porque no hay posición que no haya sido ya absorbida por aquello contra lo que debería resistir.Lo que queda entonces no es la reforma ni la corrección ni el candidato alternativo. Lo que queda es la destitución: retirar el suelo bajo los pies del mundo que ha hecho posible esta farsa. Algo parecido a lo que los palestinos llamaron intifada, que no es una revolución con programa sino un levantamiento que nace de la negativa, de la imposibilidad de seguir reconociendo como legítimo lo que es ilegítimo, de seguir habitando como propio lo que nos ha sido robado.

Pero sobre las ruinas no basta con tener razón. Hay que tener afectos. Hay que tener solidaridades. Y esto significa recuperar precisamente aquello que el sistema hegemónico ha expulsado a los márgenes porque no podía capturarlo ni convertirlo en mercancía: el cuidado que no pasa por el Estado, la amistad que no es utilidad, la palabra que tiene peso porque no busca audiencia. No se trata de construir un mundo nuevo desde cero —esa ilusión ha costado demasiada sangre— sino de liberar, en el mundo que se deshace, las posibilidades que nunca llegaron a realizarse y que por eso mismo siguen siendo posibles.

La hegemonía de la estupidez no cae por la inteligencia de sus críticos. Cae cuando deja de ser reconocida. Y ese no-reconocimiento no es un acto intelectual: es un acto de vida.

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