Sobre el Pequeño tratado de cosmoanarquismo (2026), de Josep Rafanell i Orra
El Pequeño tratado de cosmoanarquismo (Luciole & Irrupción, 2026) de Josep Rafanell i Orra es, a todas luces, un fragmento refractario a toda norma y forma política. Una voz disonante que se resiste a ser capturada por la retórica política moderna. El gesto expreso de Josep es el de la errancia y el desajuste. Y el Pequeño tratado es en sí un artefacto de sabotaje. Las genealogías del fragmento, que recorren sus páginas, trazan una cartografía que nos aproximan a lo múltiple, lo heterogéneo y lo irreductible que persiste o ha irrumpido el continuum histórico de la dominación. En última instancia, la restitución del gesto an-árquico, de la comunidad y del partisano, asumen aquí una naturaleza informe; una estocada al lenguaje, cuya laceración atenta contra la tiranía de la retórica y la política como maquinación.
La exigencia de restituir lugares donde pueda inscribirse nuevamente la trama de la comunidad hace preguntarnos: ¿De qué signo u orden es ese lugar que Rafanell i Orra busca movilizar para inscribir esta trama? De igual forma nos surge la duda, ¿Es posible plantear una “comunidad otra” y delinear prefigurativamente su contenido sin fijar, en este ejercicio, un nuevo arkhé u horizonte teleológico que, por un lado, la reinscriba en la metafísica occidental o en los pliegues de la política moderna y, por el otro, la conduzca a cerrarse sobre sí produciendo una nueva esfera identitaria? Abrir los comentarios al Pequeño tratado con estas interrogaciones no busca establecer juicios, consensos o disensos —entre tradiciones de pensamiento— a priori, sino partir desde un espacio reflexivo propenso a lo in-común y heterogéneo que posibilite diálogos con el propio texto. Solo si ahondamos en el gesto fragmentario o cosmoanárquico del libro podremos atender estas dudas.
La reflexión de Josep parte de la sentencia determinante de que bajo la forma-Estado no hay comunidad posible. Solo hay un verosímil, una ficción que funda un ordenamiento y busca homogeneizar todo lo existente; integrar toda diferencia y subordinarla a la idea de un origen y un destino común. El principio fundante que rige el ordenamiento de lo social, arkhé, es el mismo que sostiene la escisión mando-obediencia que caracteriza al sujeto moderno individualizado. La comunidad o la comunidad de lo in-común, se abre paso en y en contra de los escombros del lazo social. Es decir, es el exceso relacional que se fuga en la grieta insalvable que existe entre vida y política. Por tanto, la comunidad a la que nos enfrenta el Pequeño tratado ya no puede comprenderse en términos afirmativos —transversal a las izquierdas y comunitarismos del siglo XXI—; tampoco como una moralización ingenua del lazo social o la formas unitarias (pueblo, nación, etc.); ni simplemente bajo una reducción negativa, como comunidad terrible o comunidad del capital. Sino bajo una des-significación que resulta un poco más compleja y que solo emerge en la propia experiencia.
La relación de elementos heterogéneos que componen la comunidad, las comunidades, claramente se da en las antípodas de la forma-Estado y del Capital; los cual no cesan en buscar su total asimilación o, por defecto, su neutralización. Como bien señala Josep, “toda vez que la comunidad es la negación de la sociedad, el Estado no puede responder más que con el mantenimiento sin fin de una guerra civil que justifica el estado de excepción permanente.” (Rafanell i Orra, 32) El Estado, entonces, no sería más que una forma de gobierno que imposibilita, o al menos eso ha sido su aspiración u horizonte, la vida fuera de su administración. Y que, en la fase de descomposición actual, expone sin tapujos que opera sobre la base de la guerra como paradigma de gobierno. Pero debemos ir un poco más allá. La comunidad no se define solo por oposición al Estado y las relaciones capitalistas, sino que irrumpe como exceso relacional cuya experiencia es irreductible a toda norma y dominio. Sin embargo, no deja de estar atravesada por las propias condiciones de posibilidad.
Frente a una sociedad enferma —que emerge a partir de la modernidad—, Josep invoca un gesto terapéutico concreto. Éste nos invita no solo a cuestionarnos la clausura de sí, como realización del sujeto moderno y sus afecciones; sino, también a cuestionar la idea de comunidad como forma fija de representación y reproducción. Lo que precisamente estaría en juego en estos gestos sería la relacionalidad entre el singular y la heterogeneidad de seres: “los gestos terapéuticos hacen existir continentes de heterogeneidades, de pasajes y mediaciones entre los seres en una lucha sin fin contra las representaciones.” (Rafanell i Orra, 37) Dicho de otra forma, el gesto terapéutico es la destrucción del sujeto y la forma política moderna y, por otro lado, la restitución de lo otro como condición de posibilidad de la experiencia del ser y la comunidad. Pero esta experiencia de ser con lo otro, de la comunidad fuera y en contra de la sociedad, se da en el extravío constante. Es la inadecuación que nos vuelve “irremediablemente extranjeros, bárbaros, clandestinos, exiliados, no-sujetos impresentables, irrepresentables, sacrificados” (Rafanell i Orra, 40) a toda forma de representación y comunidad política tradicional.
El proyecto de Josep se aventura en un desplazamiento o gesto de renuncia al imperativo categorial así como de la retórica política contemporánea. Un “invocar la emergencia intempestiva de los recomienzos an-árquicos”. (Rafanell i Orra, 34) Este nuevo comienzo, o su conjura, es lo que pone a las páginas del Pequeño tratado de cosmoanarquismo en una complicidad implícita con Tiempo roto (Palinodia, 2024) el más reciente libro de Alberto Moreiras. Ambos textos —entre otros, claro— diagnostican el riesgo al que el proyecto humanista, en su realización total, arrastra a toda forma de existencia: el Antropoceno. Rafanell i Orra afirma que “nuestra ausencia de mundo se fundaba sobre nuestra pretendida universalidad”. (Rafanell i Orra, 41) Es decir, en la realización del sujeto moderno como medida de todas las cosas. Claramente uno de los nudos problemáticos de nuestra época. Este fondo abisal sobre el que descansa la modernidad caracteriza nuestra imposibilidad de mundo en tanto que morada. La posibilidad de un “comienzo otro” solo se vislumbra a fuerza de una asumir una ética que renuncie a todo horizonte architélico y cualquier posicionamiento moral de voluntad globalizante. Bien señala Moreiras: “contra la política como maquinación y en nombre de otra concepción política, apenas vislumbrable hoy, y para la que debemos desbrozar camino si fuéramos capaces. El pensamiento anárquico es condición de ello.” (Moreiras, 57) Por su parte, Josep nos dice:
“Propongo llamar cosmoanarquismo al compromiso con la experiencia de una transición sin fin entre los mundos. Solamente esto, en el panorama de los desmoronamientos en curso, parece abrir la posibilidad de nuevos procesos revolucionarios. A condición de que nos deshagamos de la idea de fundamento, de principios primeros que nos atan dentro de una lógica de sucesión. No se trata, entonces, de nada más que de reencontrar nuestra presencia en una multiplicidad de mundos y de las maneras de habitarlos”. (Rafanell i Orra, 144)
El cosmoanarquismo nos interpela. Lo que está en juego en la propuesta de Josep es un proceso ético, una áskesis, de ser y de estar con lo otro. Esta apertura posibilitaría el tomar distancia de aquellas posiciones de la hipocresía ilustrada que, en pleno escenario de descomposición civilizatoria, nos exhortan a comulgar tras viejas banderas de la representación política para salvar a toda costa la forma-Estado bajo pretextos moralizantes. Y por otro lado, el cosmoanarquismo moviliza un gesto de renuncia que contribuye al desmoronamiento de todo orden principial que rige occidente. Como nos recuerda Moreiras: “la búsqueda del orden en ausencia del orden —la búsqueda de un arkhé o de arkhía frente a la an-arquía— funda la metafísica griega y avanza, no menos a través del Imperio Romano y el cristianismo, para abarcar la totalidad del orden que hoy conocemos como civilización occidental.” Y en la descomposición actual del proyecto civilizatorio occidental no alcanza con negar sus principios, sino que debemos “oponernos (…) a cualquier llamada de nuevos principios. Dejar ser, dejar al mundo ser, dejar a los animales y las plantas, también a lo in-humano, ser”. (Moreiras, 82, 77)
La insistencia en la comunidad anida en su propia imposibilidad. Esta imposibilidad signa su carácter informe, disruptiva e incluso partisana: “la comunidad es irrepresentable, le pertenecemos al participar en la instauración de relaciones que singularizan sus entornos de vida y, en cuanto se nos niega dicha posibilidad, nos sublevamos.” (Rafanell i Orra, 157) De ahí la invitación a defenderla. Lo que nos ofrece entonces el Pequeño tratado de cosmoanarquismo no es un regreso o restitución de la comunidad política —en términos tradicionales— o a la comunidad de la salvación —en términos teológicos—, sino que proyecta la silueta de aquello que se rehúsa a ser subordinado a la representación retórica política, cuyos contornos son siempre difusos y que en su emergencia intempestiva inhabilita la tiranía de las equivalencias. Las comunidades hacen existir un afuera de la política.
La partisanía que moviliza Rafanell i Orra no está sentada sobre la base de una violencia mítica —para decirlo con Benjamin—, no busca fundar o instituir un nuevo orden o proyecto de gobierno. Sino que se inscribe en una trama relacional de gestos y sensibilidades destituyentes. Existencias heterogéneas e irreductibles entre sí —e irreductibles a toda forma de representación y de gobierno—, que atentan contra la autoridad y la administración del Estado. Por tanto, la partisanía tampoco es una abstracción o esfera autónoma de la comunidad, sino la comunidad misma. Y esto mismo es lo que vuelve a toda experiencia de la comunidad en experiencia anárquica.
Pero no nos podemos quedar solo con reflexiones abstractas. Las genealogías trazadas por Josep nos presentan sin problemas una diversidad no menor de experiencias históricas y aportes teóricos de la basta tradición de los vencidos. Evocando la estela que va desde Landauer hasta Kropotkin; de la Comuna de París a la Guerra Civil Española. Josep logra restituir un mosaico an-árquico que lleva a la experiencia “comuna” y la anarquía más allá de los límites de la afiliación identitaria —más allá del propio comunismo y anarquismo en tanto tradiciones políticas. Lo cual, frente a las nuevas escenas de la crítica radical, aporta una importante objeción: la reificación conceptual de experiencias como insurrección, revuelta, destitución, comunidad, etc. solo contribuye a la rehabilitación de la política y la representación, no a su desmantelamiento. De ahí, que la relación entre lengua y experiencia adquiera, tácitamente, vital importancia en la exigencia cosmoanarquista. Para evitar la caída en la pura retórica es necesario a habitar nuevamente lo oculto. Una espacialidad otra donde la erótica del pensamiento conjure lo ingobernable del deseo anárquico. Y para Josep esta posibilidad ha sido invariablemente la comunidad.
Sin embargo, quisiéramos detener la mirada en la distancia que Rafanell i Orra toma con las izquierdas y su vocación pedagógica. O el rechazo lúcido frente a todo el abanico político de las democracias representativas y los proyectos socialdemócratas. Los que en las últimas décadas terminaron de vaciar de contenido toda retórica revolucionaria desmovilizando su potencia disruptiva. Esto nos permite, a su vez, establecer vasos comunicantes entre La fisura posthegemónica (2025) de Gerardo Muñoz y la reflexión de Josep. Como Josep nos indica
“La tarea de todos los pastores que pretenden conducir el rebaño, tanto de derecha como de izquierda, es encargarse de hacer creer que sin gobierno es imposible hacer existir la única forma de vida plausible, la vida en sociedad, y de hacer aceptar un asombroso debilitamiento de la experiencia de la comunidad.” (Rafanell i Orra, 79)
La lógica pastoril de la gubernamentalidad moderna —y su operacionalización a través de la forma-Estado—, termina por exponer que la escena política, de izquierda a derechas, es en sí una ficción entregada a la hegemonía. Es por esto que, como ha expuesto Gerardo, en las últimas décadas el deseo progresista de conquista hegemónica del Estado ha vuelto a confirmar la imposibilidad de las izquierdas renovadas de salir del dispositivo de la metafísica occidental. Las que frente a las demandas sociales —inscritas bajo la lógica de las equivalencias—, terminan por suministrar una hegemonía, siempre compensatoria, a la imposibilidad de la forma estatal de resolver sus propias crisis (Muñoz, 2025). En esta dirección, la interrogación de Josep es aún más severa: “¿debemos agradecer a Lula, Boric, Mélenchon, su nueva y estropeada socialdemocracia? ¿Vamos a seguir aceptando su «inmunda caridad», aquella de los «hombres de confianza» que se supone nos van a salvar del retorno del viejo fascismo?”. (Rafanell i Orra, 110) Más allá de la tonalidad anímica de estas palabras, no se debe pasar por alto que esta interrogación nos advierte del extravío hipócrita de nuestro tiempo. Esto es que lo que está en juego, precisamente, no es la institución de un contra-gobierno o buen gobierno —y sus, valoraciones morales—, sino el rechazo de todo principio de gobierno y subordinación que ejerce la política y la representación sobre la vida, las almas y la experiencia de la comunidad.
Para cerrar debemos señalar que la reflexión de Josep nos invita a lo que Moreiras también llama, a su forma, “alotropía extrema”, es decir, una preparación para un “desplazamiento y abandono de los imperativos de la Gestell” que posibilite “otro comienzo del pensamiento, que es también necesariamente otro comienzo del habitar humano en la tierra y, por tanto, es también otra política” (Moreiras, 122-123). Lo que también podemos denominar como tarea contracivilizacional, hacia el abandono o éxodo de occidente. Pero para desplazarnos hacia el gesto alotrópico y la retracción de la civilización se vuelve urgente la suspensión de lo común.
Bibliografía
Alberto Moreiras. Tiempo roto (Palinodia, 2024).
Gerardo Muñoz. La fisura posthegemónica (Doblea Editores, 2025).
Josep Rafanell i Orra. Pequeño tratado de cosmoanarquismo (Luciole & Irrupción, 2026)

