Paloma Castillo / Faltan palabras para nombrar qué quiere el otro. Legitimidad y dispersión ideológica: discusiones en Pensar las Derechas

Filosofía, Política

El pasado viernes 15 de mayo participé en el seminario Pensar las derechas, organizado por el CEPIB de la Universidad de Valparaíso. Quiero rescatar para la reflexión algo de la discusión que se dio en la mesa en que estuvimos Ismael Puga y yo, pues es parte de las cosas que me preocupan intensamente.

En mi último proyecto FONDECYT sobre sufrimiento social y actitudes hacia el estallido realizamos una encuesta levantada en las cincuenta y dos comunas de la Región Metropolitana, con cinco mil casos. En esa encuesta el 36,2% de las personas a las que les preguntamos por su posición política eligió la categoría “Ninguno”. Ni izquierda, ni centro, ni derecha. Ninguno. Y ese 36,2% es la categoría modal: hay más personas que dicen “Ninguno” que personas que se identifican con la izquierda, el centro o la derecha consideradas por separado.

Durante mucho tiempo, en la investigación estadística, esa categoría se trató como ruido. Datos faltantes, evasión, indiferencia. No sabe, no contesta. Nosotros decidimos no excluirla, y los análisis dieron algo distinto. Quienes eligen “Ninguno” tienen actitudes propias respecto del orden público, del reconocimiento de violaciones a los derechos humanos, de las demandas de reparación. Esas actitudes son internamente consistentes. Es decir: tienen posición política. Lo que no tienen es nombre para ella. No es que un tercio de la población esté despolitizada. Es que un tercio de la población piensa cosas concretas y sistemáticas sobre la represión, los derechos humanos y la justicia, y al mismo tiempo no se reconoce en ningún punto del eje izquierda-derecha. Hay convicciones sin lenguaje político disponible para nombrarlas.

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En esa misma mesa Ismael Puga expuso parte de su trabajo de varios años. Su tesis tiene tres movimientos. El primero recoge a Marx y lo inflexiona: las ideas dominantes en una sociedad no son las ideas mayoritarias, son las ideas que se presentan como mayoritarias. El segundo es la pregunta por dónde se presentan: en las prácticas materiales, no en los discursos. Lo que cada quien cree sobre lo justo importa menos —para efectos de cómo nos comportamos políticamente— que lo que cada quien infiere sobre lo válido, sobre lo que los otros darían por sentado. Como las preferencias ajenas no se pueden observar directamente, las inferimos de lo que la gente hace. Pero lo que la gente hace no expresa sus preferencias, sino sus restricciones materiales. Terminamos leyendo restricciones como deseos. La dominación material se nos aparece como dominación ideal.

El tercer movimiento es empírico. Ismael puso a prueba la hipótesis con un experimento donde se pedía a las personas ubicarse a sí mismas y a otros grupos en el eje izquierda-derecha, y se comparaba luego con cómo esos grupos efectivamente se ubicaban. En 2018 encontró exactamente lo predicho: un sesgo sistemático hacia percibir a los demás como más conservadores de lo que son. Pero las líneas eran paralelas. La sociedad conservaba un mapa relativo común: nadie acertaba en cuán de izquierda estaban los demás, pero todos coincidían en quién estaba más a la izquierda que quién. Había sesgo, pero había mapa.

En 2022, después del estallido y el rechazo, ese mapa se rompió. La brecha se hizo más grande, la percepción de que la sociedad es conservadora se movió mucho más que el supuesto giro conservador real, y —lo decisivo— se perdió el ordenamiento interno. Ya no hay acuerdo sobre cómo piensan los grupos entre sí. La sociedad chilena, en algún punto entre el estallido y el rechazo, perdió la capacidad colectiva de leerse a sí misma.

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Vuelvo a mis datos, porque ahora dicen más cosas.

La ideología, en mi investigación, es lo que estructura las actitudes políticas hacia el estallido y sus víctimas: una persona considera correcta la actuación de Carabineros o reconoce las violaciones a los derechos humanos como sistemáticas fundamentalmente si su ideología individual se lo permite —y eso explica casi un tercio de toda la variación—. La comuna donde vive la persona, en cambio, incluyendo toda la diferencia entre haber estado en el epicentro del conflicto en 2019 o no, explica apenas el 1,5%. El territorio no dice casi nada. La ideología lo dice casi todo.

Pero para más de un tercio de la población, esa ideología es ilegible.

Y sin embargo, las convicciones están ahí. Son consistentes, sistemáticas, predicen actitudes. Hay personas que dicen “Ninguno” y a la vez condenan sin ambigüedad las violaciones a los derechos humanos, o reclaman reparación material, o sostienen lecturas estructurales sobre la represión. Esas convicciones no aparecieron solas: provienen de algún lado, se aprendieron en algún lugar, fueron formuladas alguna vez por alguien. Lo que está suspendido no es la posición política, sino la cadena de transmisión que le daría continuidad y palabras.

La conjunción del diagnóstico de Ismael y los míos produce, entonces, una caracterización bastante incómoda del momento. Hay convicciones políticas en la población. Lo que falta es el lenguaje compartido para reconocerlas. Hay posiciones; no hay mapa. Y sin mapa pasa que cada uno percibe a los demás como más conservadores, la izquierda se siente más sola de lo que está, y la derecha actúa como si su victoria cultural estuviera asegurada porque, en efecto, no hay quién la conteste materialmente.

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Aquí Ismael hizo una distinción que me parece particularmente útil, aunque después le agregaré una objeción. La derecha tradicional, dijo, oscilaba entre dos discursos sobre la legitimidad. A veces se presentaba como la mayoría silenciosa —disputando lo válido—. A veces leía a Gramsci y reconocía que había perdido la batalla cultural —disputando lo justo—. Se movía entre las dos cosas según le conviniera. La nueva derecha, en cambio, ni siquiera disputa lo válido: da por sentada su victoria cultural y actúa desde ahí. No argumenta que su programa sea correcto. Lo ejecuta. Y al ejecutarlo, comunica materialmente que la mayoría lo considera correcto. Es una pedagogía de los hechos consumados, eficaz justamente porque opera donde la ideología se constituye: en el plano de las prácticas.

La izquierda, mientras tanto, seguiría argumentando sobre lo justo.

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La principal crítica a la izquierda, desde esta perspectiva, sería su insistencia en racionalizar, en producir discurso, en disputar el modo de interpretar el mundo. Como si el problema de la izquierda fuera hablar demasiado, explicar demasiado, intelectualizar demasiado. Esa lectura es exacta en su descripción del síntoma y equivocada en la causa. El problema no es que la izquierda dispute el sentido del mundo. El problema es que lo dispute sin la militancia cotidiana que sostendría esa disputa. Dicho de otro modo: no es el discurso lo que sobra, es la encarnación lo que falta.

Hay una diferencia profunda entre dos modos de producir lenguaje político. Uno es el lenguaje que circula desencarnado —críptico, sofisticado, dirigido sólo a quienes ya hablan ese código— que tiende a no comunicar nada porque no está sostenido en ninguna práctica visible que lo encarne. Ese lenguaje es lo que Ismael critica con razón. Pero hay otro lenguaje, que es el que se produce en el interior de una escuela popular, de un sindicato, de una asamblea territorial, de un círculo de formación que se sostiene durante años, inclusive en columnas y publicaciones en redes que buscan nombrar lo que el otro quiere y cómo eso afecta a cada quien. Ese segundo lenguaje no es un discurso sobre la realidad: es parte de una práctica que ofrece, semana tras semana, un lugar donde acogerse, una densidad de palabras compartidas, una manera de nombrar lo que pasa. Y ese lenguaje sí circula, justamente porque no flota sobre la realidad sino que la encarna.

Lo que ha ocurrido en Chile, en las últimas tres décadas, es el debilitamiento progresivo del segundo registro. Hay que decirlo con cuidado, porque la cuestión no es enteramente subjetiva. La transición, primero, desmanteló la militancia heredada de la izquierda partidaria que había sostenido la resistencia a la dictadura; lo hizo en parte por opción política —la lógica de los consensos— y en parte porque el modelo económico instalado destruyó las condiciones materiales que sostenían la organización: la industria, los sindicatos, la vivienda, los espacios físicos de encuentro. El 2001, el 2006 pingüino y el 2011 estudiantil reactivaron algo de esa tradición, pero la reactivaron sobre todo entre estudiantes, no entre trabajadores, y muchas veces sin filiación clara con la izquierda histórica. El estallido del 2019 fue, en muchos sentidos, una explosión sin organización detrás. Y el ciclo constituyente, en lugar de producir esa organización, se jugó casi enteramente en el plano institucional.

No quiero hacer una contabilidad de errores ni señalar responsables nominales. La pregunta es estructural: ¿qué quedó funcionando como espacio de formación política sostenida después de todo esto? Algunas cosas, sin duda. Pero estas experiencias —y conviene mirarlas sin idealización— son fragmentarias, no se reconocen mutuamente como parte de un mismo proyecto, y suelen estar agotadas por el voluntarismo de sus propios sostenedores. La izquierda partidaria, por su parte, dejó hace mucho de tener escuelas de cuadros que funcionaran en serio. Eso fue una elección, no una fatalidad.

La derecha hizo algo distinto. Libertad y Desarrollo se fundó en 1990 y desde entonces no ha dejado de producir cuadros y argumentos. La Universidad del Desarrollo, Faro UDD, IdeaPaís, Fundación Jaime Guzmán, han operado durante décadas como espacios donde se forma a personas en una visión de mundo, con seminarios, becas, publicaciones, redes de inserción profesional. La nueva derecha que hoy parece haber irrumpido de la nada lleva décadas siendo construida pacientemente en esos espacios.

Esto cambia el diagnóstico del momento. Si la crítica fuera que el problema de la izquierda es disputar el sentido, la salida sería abandonar la disputa simbólica y dedicarse sólo a las prácticas. Pero esa solución es falsa, porque las prácticas no producen lenguaje político por sí solas. Producen lenguaje político sólo si están acompañadas de formación, de discusión teórica, de transmisión de una herencia conceptual. El sindicato no negocia bien por instinto de clase: negocia bien porque hay una tradición política que se ha transmitido, generación tras generación, dentro de esa militancia. La práctica sin formación se agota; el discurso sin práctica se vuelve inerte. La eficacia política requiere las dos cosas, trenzadas.

El problema, entonces, no es elegir entre discurso y práctica. El problema es que en Chile estas dos dimensiones llevan tiempo desacopladas, y la consecuencia es que producimos, por un lado, un discurso público desencarnado que no logra circular, y por otro lado prácticas dispersas que carecen del lenguaje compartido que las haría legibles entre sí y hacia afuera. La derecha mantuvo, durante todo este período, ese acoplamiento. Y mientras esa asimetría se mantenga, la pelea por lo válido va a seguir resolviéndose a favor del único actor que está trabajando los dos planos a la vez.

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Quien lea esto y milite en algún lado va a hacer una pregunta legítima: bueno, ¿y entonces qué hago el lunes? No tengo una respuesta institucional clara sobre quién haría este trabajo, y esa indeterminación es parte del problema, no su solución. Los partidos de izquierda chilenos están desbalanceados hacia la gestión estatal o hacia la performance mediática, no hacia la formación. Los movimientos sociales tienen el ímpetu pero les falta tiempo, plata y continuidad. La academia crítica tiene tiempo y formación pero le sobra distancia con los territorios. Cada uno de estos sectores hace una parte del trabajo, ninguno hace el conjunto, y nadie está coordinando entre sí. Esa fragmentación es un hecho que vale la pena reconocer antes de seguir hablando de lo que habría que hacer.

Pero la reconocemos para no detenernos ahí. Porque el 36,2% que aparece sin localización en el mapa convencional me parece, en última instancia, una noticia que vale la pena tomar en serio. No porque sea fácil de movilizar —no lo es, y ya dije que probablemente esas personas no están esperando ser nombradas por nadie—. Sino porque su sola existencia indica que la disputa todavía está abierta. Cuando el mapa está fijo, las posiciones están ocupadas y los lugares políticos asignados. Cuando el mapa está roto, hay espacio para que aparezcan nombres nuevos, que no necesariamente tendrán que ser los antiguos. La dispersión que nuestras investigaciones describen con razón como un obstáculo para la movilización es, vista desde otro ángulo, una señal de que el cierre simbólico no se ha producido todavía. Y mientras no se produzca, hay trabajo por hacer.

Cuando nadie sabe qué quiere el otro, lo que falta no es salir a la calle a romperlo todo, pero tampoco abandonar la disputa por el sentido. Falta retomar el trabajo paciente de hacer formación política en serio. Sostener escuelas, sostener sindicatos, sostener asambleas, sostener círculos de lectura. Y desde ahí, sólo desde ahí, producir un lenguaje capaz de ofrecer densidad, palabras y herencia a una dispersión que existe pero no necesariamente nos espera. Que ese 36,2% siga ahí, sin nombre asignado, no significa que la pelea por darle nombre esté ganada. Significa, apenas, que todavía puede darse vuelta.

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