Hay una escena que cualquiera que haya pisado un seminario de izquierda en los últimos diez años reconoce de inmediato. Alguien, en algún momento, pide la palabra y dice que el verdadero problema es el sujeto. Que mientras no resolvamos la cuestión del sujeto, todo lo demás es voluntarismo. Que la clase obrera ya no es lo que era, que la multitud todavía no es lo que será, que el pueblo es una categoría tramposa. Habla quince minutos, a veces cuarenta. Nadie lo interrumpe, porque interrumpirlo sería confesar que uno no leyó lo suficiente. Y al final de esos cuarenta minutos no se decidió nada, no se hará nada, pero todos salen con la sensación reconfortante de haber estado cerca de algo profundo.
Escribo esto desde el agotamiento, no desde la superioridad. He sido esa persona. He citado a esos autores. Además soy psicoanalista y lacaniana. Sé exactamente cómo se siente el pequeño placer de nombrar al sujeto-objeto idéntico de la historia delante de gente que asiente. Por eso lo que sigue no es una burla: es algo más parecido a una rendición, o a una sospecha que me persigue hace tiempo. La sospecha de que toda esta discusión, que parece el corazón mismo del pensamiento crítico, se ha convertido en su coartada más eficaz. En el lugar donde la izquierda va a refugiarse para no tener que hacer nada.
Y conviene decir desde ya qué tipo de sospecha es, porque de eso depende todo lo demás. No sospecho que la pregunta por el sujeto sea falsa, ni vacía, ni un error que bastaría con corregir. La pregunta es buena: ya volveré sobre por qué. Lo que sospecho es algo más incómodo, porque no se arregla leyendo mejor. Sospecho que la pregunta dejó de usarse para pensar y empezó a usarse para gozar. Que se volvió el sitio donde cierta izquierda intelectual encuentra, sin riesgo, lo que en otro lado costaría caro: prestigio, autoridad, la certeza de no ser ingenuo. No es un problema de contenido, entonces. Es un problema de uso. Y los problemas de uso no se refutan: se diagnostican.
Pero antes de explicar por qué, quiero contar la historia, porque hay mucha gente —gente que se indigna, que milita, que sostiene una olla común o una biblioteca o un sindicato— que nunca entendió de qué habla esta discusión, y que arrastra por eso una vergüenza injusta, como si le faltara un carnet. No es que a ellos les falte algo: es que la discusión estaba diseñada para que pareciera que les faltaba. Voy a contar el debate en grueso, sin las palabras difíciles, para que se vea de una vez qué hay adentro. Adelanto el final: hay menos de lo que parece, pero no porque la pregunta sea hueca, sino porque la respuesta estaba más a mano de lo que el seminario admite.
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La pregunta es vieja y, en su origen, era buena. ¿Quién hace los grandes cambios en la historia? Marx dio una respuesta que durante un siglo pareció definitiva: los hace la clase trabajadora. No porque sea más buena ni más lista, sino por su lugar en la máquina. El obrero produce la riqueza y no se queda con ella; está concentrado en las fábricas, donde es fácil organizarse; y como no tiene propiedad que defender, al liberarse a sí mismo libera a todos. Era una respuesta elegante, casi perfecta. El problema es que el mundo no la respetó.
Porque resultó que en la mayor parte del planeta no había casi obreros de fábrica. Había campesinos. Entonces hubo que estirar la teoría: Lenin sumó al campesinado, Mao directamente lo puso al centro y dijo que la revolución la haría el campo cercando a la ciudad. Después vino la pregunta colonial: ¿y los pueblos colonizados, los negros, los indios, los condenados de la tierra? Fanon respondió que el sujeto estaba ahí, en los márgenes, no en la fábrica europea. Y así, década tras década, la lista de candidatos al puesto de «sujeto de la revolución» se fue haciendo más larga y más diversa: los estudiantes, las mujeres, los pobladores de las periferias, los pueblos indígenas, los precarizados, las disidencias, la multitud, el pueblo a secas.
Hasta acá, todo bien. La ampliación fue justa: era verdad que el obrero de fábrica no era el único que sufría ni el único que se rebelaba. Reconocer a las mujeres, a los indígenas, a los pobres del campo y de la ciudad como sujetos fue una conquista real del pensamiento, no un capricho. El problema no es la ampliación. El problema es lo que la izquierda hizo después con ella.
Porque en algún momento —y acá empieza mi sospecha— la pregunta dejó de buscar una respuesta y empezó a buscar refugio. Cuantos más candidatos había, más difícil parecía elegir, y mientras más difícil parecía elegir, más razonable se volvía no hacer nada hasta haber elegido. «No podemos actuar todavía, porque primero hay que definir cuál es el sujeto.» Esa frase, dicha con cara seria, suena a rigor. Pero hace el trabajo de la pereza. Convierte una pregunta filosófica en una sala de espera con calefacción, donde uno puede quedarse sentado, leyendo, citando, distinguiéndose de los ingenuos, sin tener que salir nunca al frío a probar nada.
Y conviene decirlo claro, porque es la parte incómoda: esa sala de espera cumple una función muy concreta. Le da a cierta izquierda intelectual una manera de sentirse activa sin moverse. Quien domina el debate del sujeto acumula algo —prestigio, autoridad, el respeto de la mesa— que no le cuesta ningún riesgo. No lo van a despedir, no lo van a reprimir, no va a perder nada por tener razón sobre la multitud. La discusión sobre el sujeto es, para algunos, el lugar más cómodo del mundo: parece la trinchera y es el sillón. Y lo que se goza ahí no es la verdad de la respuesta —que nunca llega— sino la posición de quien la administra. Pero esa comodidad no es un vicio de carácter, y conviene no leerla así: es el efecto de una desconexión material. Cuando se cortó la correa que ataba el seminario a una práctica —la militancia desmantelada, la academia crítica a la que le sobra y la falta distancia —, la pregunta por el sujeto quedó suelta, disponible para gozarse sin consecuencia.
Mientras tanto, afuera, las cosas pasan o no pasan sin esperar a que el seminario termine. En octubre de 2019, millones de personas en Chile salieron a la calle sin haber leído a ningún teórico, sin saber si eran multitud o pueblo o clase, sin que ningún congreso hubiera dictaminado que ya eran un sujeto. Simplemente no aguantaron más. Y buena parte de cierta izquierda letrada se pasó los meses siguientes discutiendo qué habían sido —si un sujeto nuevo, si una identidad popular, si un acontecimiento—, como el naturalista que llega después de la tormenta a ponerle nombre en latín a un pájaro que ya voló. La gente había sido sujeto sin pedir permiso. La teoría llegó tarde y, encima, llegó a clasificar.
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Quiero ser honesta sobre lo que estoy y lo que no estoy diciendo. No estoy diciendo que pensar sea inútil, ni que la teoría sea un lujo, ni nada que se parezca a ese antiintelectualismo barato que también es, a su modo, otra forma de pereza. La teoría importa. Lo que digo es más preciso: que hay una manera de hacer la pregunta por el sujeto que paraliza, y otra que libera, y que la izquierda eligió con obstinación la primera.
La manera que paraliza es la pregunta teórica: ¿quién es el sujeto? Formulada así, en abstracto, no tiene respuesta, o tiene demasiadas, que para el caso es lo mismo. Uno puede pasarse la vida ahí. La manera que libera es la pregunta práctica, y es casi vergonzosamente simple: ¿qué haces tú, hoy, con lo que tienes y con tu rabia? Esa sí se responde. Se responde con el cuerpo, no con una cita. Y al responderla, sin darte cuenta, ya contestaste la otra. Porque el sujeto político no es algo que se define antes de actuar: es algo en lo que te conviertes al actuar. No se demuestra. Se ejerce.
Y aquí está, dicho del modo más directo que soy capaz: el sujeto político es, y será siempre, cualquiera que se planta ante la desigualdad y hace un gesto que interrumpe, aunque sea por un momento, la ley de que todo se compra y se vende, incluidas las vidas que esa misma lógica enseña a tratar como prescindibles. El que regala lo que podría vender, sí —pero también el que se retira su trabajo, el que ocupa lo que no le pertenece según el título, el que defiende un derecho que ningún precio puede cotizar. El don es la forma más visible de esa interrupción, no la única. No hace falta saber si eres clase, multitud o pueblo. Si te indigna que unos tengan todo y otros nada, y haces el gesto de sustraer algo —tu tiempo, un libro, una comida, un saber, tu propia fuerza de trabajo— de la lógica que lo convierte en mercancía, ya estás dentro. Ya eres el sujeto. El seminario puede seguir sin ti.
Sé que un viejo militante leería esto y sonreiría con paciencia, como quien escucha a alguien descubrir el agua tibia. Y su objeción no sería la que uno espera. No me diría solamente que la indignación se agota en un grito y un posteo. Me diría algo más afilado: que definir al sujeto por la interrupción y el don lo vacía justo de lo que lo hacía temible, que un sujeto que solo comparte no disputa nada, no toca el poder, no le mueve un pelo a la estructura. Y en eso tendría toda la razón, así que se la concedo entera. Es verdad: un sujeto que solo interrumpe y comparte, sin organización ni estrategia ni disputa por el poder, es casi irrelevante para la correlación de fuerzas. No lo voy a tapar.
Pero le devuelvo la pregunta, y es la pregunta que lo desarma: ¿de dónde creyó él que iba a salir esa organización? ¿De un sujeto previo, ya constituido, que la teoría le iba a entregar armado y con instrucciones, listo para formar filas? Ese sujeto no existe y nunca existió. Es el mismo fantasma que llevamos cuarenta años esperando. La organización no se le pone encima a un sujeto que ya está hecho: se hace con la materia de los que ya se estaban indignando y ya estaban interrumpiendo, o no se hace con nada. Mi definición es mínima a propósito. No porque crea que con eso alcanza, sino porque es lo único que hay al principio del camino. El militante quiere el músculo sin el cuerpo. Yo le estoy señalando el cuerpo.
Fíjense entonces en la trampa, porque es fina y es vieja. Yo nunca dije que indignarse e interrumpir alcance para ganar. Dije que alcanza para ser el sujeto. Son dos cosas distintas, y se las confunde a propósito, porque confundirlas permite descalificar el gesto pequeño en nombre de la gran estrategia que nunca llega. «Eso no sirve, no toca el poder.» Puede ser. Pero el poder no lo va a disputar un sujeto que todavía no existe y que seguimos esperando que la teoría nos entregue. Lo va a disputar, si alguien lo disputa, esta gente: la que ya se está indignando y ya está interrumpiendo, la que se hizo sujeto haciendo y no esperando. Primero se es, ejerciendo. Lo de ganar viene después, y es otra discusión —una que sí está viva, que sí vale la pena tener, y que justamente no estamos teniendo porque seguimos atascados en la anterior.
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Y sé cómo sigue la objeción, porque la historia ya la escribió. Aquel octubre se desinfló. Perdió dos plebiscitos, se dejó administrar, se reabsorbió hasta que costó recordar que había pasado. Me dirán que eso prueba justamente lo que vengo negando: que sin teoría del sujeto y sin organización la indignación se evapora, que la espontaneidad sola no construye nada. Y antes de responder, lo concedo: aquel octubre no fracasó solo porque alguien lo pensó mal desde un seminario. Cargaba también contradicciones reales —heterogeneidad, desconfianza hacia toda representación, rabias incompatibles entre sí, dificultad para producir conducción sin reproducir lo que estaba derribando. Nada de eso lo niego. Pero ninguna de esas contradicciones se resolvía preguntando si había o no un sujeto. Se resolvían, si se resolvían, entrando en la pelea por su forma, por su futuro. Lo prueba, pero al revés de como creen. La gente fue sujeto sin permiso en octubre; lo que faltó no fue la definición —la definición sobraba, llegó a montones, tarde y en latín—, sino la conversación sobre qué hacer con una fuerza que ya existía y que no iba a esperarnos. Mientras un país entero estaba siendo sujeto en acto, cierta izquierda letrada seguía preguntándose en sus mesas si lo era. Llegamos tarde a nuestra propia revuelta. Y fue así porque estábamos en la sala de espera, calculando la pureza del que tocaba la puerta.
Ahí está, para mí, el verdadero costo del refugio. No es que discutir el sujeto sea tonto. Es que discutirlo en lugar de ejercerlo nos tiene secuestrada la única conversación que de verdad importa: cómo toda esta indignación dispersa, este gesto repetido en mil lugares pequeños, se vuelve una fuerza capaz de cambiar algo. Y entre la interrupción y la victoria hay una tarea que no se resuelve sola: construir duración, coordinación, lenguaje común, capacidad de presión, instituciones propias, estrategia. Todo eso es lo que la palabra organización debería estar diciendo cuando se la dice en serio, y no se la dice en serio casi nunca, porque seguimos discutiendo si tenemos derecho a empezar. Esa conversación —la del cómo se gana, la que el militante reclama con razón— necesita que demos por zanjada la anterior. Y la anterior se zanja sola en cuanto entendemos que no había tanto que resolver: que el sujeto nunca fue un enigma esperando que alguien lo descifrara, sino una posición que cualquiera ocupa cuando se planta frente a la desigualdad y, en vez de solo quejarse, interrumpe.
Y nada de esto es una hipótesis, ni es nuevo. Thompson lo dijo hace más de medio siglo sobre los obreros ingleses del XIX: la clase no preexistió a la lucha, se hizo en ella, en décadas de sindicatos, sociedades de socorro, prensa propia y escuelas dominicales —el cartismo vino después—. Y lo dijeron también, sin teoría y sin permiso, catorce mujeres argentinas que en 1977 empezaron a dar vueltas alrededor de una pirámide porque les habían desaparecido a los hijos. De ese gesto salió, en cuarenta años, una organización que sobrevivió a una dictadura, un lenguaje internacional de derechos humanos, una ciencia forense de la identificación de restos. La teoría —cuando llegó— llegó a explicar lo que esos cuerpos ya habían hecho. Llegó, como llega casi siempre, tarde.
Así que esto es a la vez una rendición y una invitación, sobre todo para quienes nunca entendieron de qué iba la discusión y sintieron que les faltaba algo. No les faltaba nada: la discusión estaba hecha para que lo pareciera. El sujeto del que nadie quiere bajarse no es la gente —es el tema. Llevamos cuarenta años montados en la pregunta como en un caballo de calesita: el viento en la cara, la sensación del movimiento, y ni un metro de avance. Bájense de ahí. El sujeto de verdad no es ese, el que se discute hasta el agotamiento. Es el otro, el que se ejerce. Y a ese no hay que subirse: ya estamos en él en el momento exacto en que abrimos la mano.
