Mauro Salazar J. / Nuestro despojo. Por qué un país de apellidos no es un país

Filosofía, Política

Un archivo de la cuestión social

Empiezo por una sospecha: en Chile el apellido no nombra, clasifica. No dice quién es alguien; dice dónde va. Es una contraseña que se hereda, una carta de recomendación escrita antes de nacer o una condena firmada por otros. Un estudio leyó los apellidos de más de cuatro millones de santiaguinos y dibujó con ellos el mapa que el país no quiere mirar: el de una oligarquía que se enlaza solo consigo misma, que necesita cuatro saltos para tocar al resto de la ciudad, que vive cerca en el plano y lejísimos en la sangre. Tal lista se lee como se lee una trampa: por lo que atrapa y por lo que deja escapar. El estudio existe, tiene nombre y fecha, no lo inventé: se llama «Surname affinity in Santiago, Chile», lo firmaron Naim Bro y Marcelo Mendoza, y salió en 2021 en una revista científica, PLOS ONE, con todos sus números en regla —cuatro millones de habitantes, dos redes de apellidos, cuatro pasos de distancia entre los de arriba y los demás—. Un dato frío, revisado por pares, que sin proponérselo cuenta la novela policial de un país.

Conviene detenerse en lo que un apellido es. Un apellido es una firma que no hemos firmado: la marca de una ausencia originaria, un nombre que nos precede y que arrastramos sin haberlo elegido. Y en Santiago ese nombre guarda algo más turbio: un crimen de origen, una apropiación, una violencia fundacional que sostiene la novela familiar que la cultura oficial nunca se atreve a contar. Bajo la elegancia del apellido late un despojo, y en su grafía se cifra una historia que el discurso del país exitoso prefiere callar.

Hay países que no terminan de existir porque nunca pudieron narrarse a sí mismos, y Chile es uno de ellos. El apellido es, justamente, el punto donde la historia nacional confiesa su mentira: revela que lo que se llama nación fue las más de las veces un club cerrado, un lugar donde los de abajo entran como números y no como relatos. Por eso Chile sigue siendo un proyecto imposible, una ficción que no logra incluir a quienes dice contener, porque los sostiene como nombres borrados: presentes en el territorio, ausentes en la trama.

Lo que atrapa son las familias. Porque el dato, si se lo aprieta, no habla de individuos sino de linajes. No es que tal persona sea rica; es que tal apellido se casa con tal otro, se repite en el Congreso desde 1830, se transmite como se transmite una propiedad. La oligarquía chilena no es una clase: es un parentesco. Un puñado de familias que se cuentan la historia entre sí, en voz baja, y decretan que ese relato de sobremesa es el relato de la nación.

Las familias contra la comunidad

Aquí está el nudo, y conviene decirlo con cuidado, porque el nudo aprieta también al que lo denuncia. La tentación es trazar bandos limpios: familia contra comunidad, firma contra rebaño, adentro contra afuera. Pero esos pares mienten apenas se los mira de cerca. La familia oligárquica no es lo contrario de la comunidad: es una comunidad, sólo que atrofiada, encogida al tamaño del apellido, una comunidad que se traicionó a sí misma cerrándose. Y toda comunidad, incluso la más abierta, arrastra algo de familia: un adentro, un umbral, un nombre que la reúne. No hay, de un lado, el vínculo puro entre iguales y, del otro, la sangre; hay más bien un mismo gesto de reunión que puede abrirse o clausurarse. Lo que distingue al apellido de fundo no es que una una a los suyos —todos nos unimos a los nuestros—, sino que haya hecho de esa unión una muralla: que abra una puerta cerrando todas las demás.

Los cuatro saltos que separan a la élite del resto no miden distancia urbana: miden esa imposibilidad. Miden hasta dónde llega el adentro familiar antes de tener que rozar, apenas, lo ajeno. Y lo que hay entre salto y salto no es tejido social: es muro. Cada apellido consagrado es un ladrillo de esa muralla que se levanta sin obreros, sin decreto, por la pura obstinación del parentesco en juntarse consigo mismo. La familia oligárquica no necesita prohibir el encuentro con el otro: le basta con no encontrarlo nunca, con no verlo, con administrarlo desde lejos como se administra un fundo.

Habría que cuidarse, sin embargo, de la trampa que la propia denuncia tiende. Sería cómodo oponer a la familia una comunidad plena, transparente: el nosotros verdadero contra el club de los pocos. Pero no hay tal comunidad para oponer. Toda comunidad se funda también en una exclusión, en un límite que decide quién cuenta y quién queda fuera; también el «nosotros» más generoso traza una frontera, nombra un adentro, produce su propio afuera. El «afuera» de la muralla no está simplemente enfrente: está ya dentro del archivo del despojo, como su reprimido, como aquello que el orden necesita expulsar para poder decirse orden. La muralla no separa dos mundos que existirían antes de ella; los produce a ambos en el mismo trazo. Lo grave del apellido oligárquico, entonces, no es que excluya, todo nombre, todo linaje, toda lengua excluye, sino que clausure esa exclusión, que la vuelva destino, que cierre el archivo y decrete que no existe la posibilidad de contar la diferencia.

Hay que confesarlo, además, porque la escritura que acusa reincide en lo que acusa. Cada antítesis que enciende esta página, firma y rebaño, adentro y afuera, los suyos y los otros, es un pequeño muro retórico, una manera de repartir el mundo en dos que repite, invertida, la operación oligárquica. Poner el valor donde antes estaba el desprecio no rompe la lógica del muro: la conserva, sólo que con la bandera cambiada. Y una diferencia que se vuelve bando ya perdió lo que tenía de diferencia. Por eso la tarea no es ganar la oposición, coronar al rebaño, entronizar al roto como nuevo dueño del nombre, sino desactivarla: mostrar que la línea que separa firma de rebaño no cae entre dos clases de personas, sino que atraviesa a cada nombre por dentro. No hay firma que no viva de repetirse hasta volverse serie, ni rebaño que no esté hecho de firmas borradas esperando ser leídas. El problema nunca fue la diferencia; fue haberla congelado en frontera.

Toda muralla produce su afuera. Del otro lado de esos apellidos que brillan como firma están los nombres que la estadística apenas deletrea: los apellidos del sur, los mapuches reducidos a cifra, los que figuran como masa y no como individuo. Y esa es la operación más silenciosa y más brutal del asunto: no se mata al pueblo, se lo vuelve ilegible. Se lo borra como sujeto y se lo conserva como número. La subjetividad popular, esa capacidad de tener nombre propio, biografía, voz que cuente, es exactamente lo que el reparto de los apellidos suprime. Porque para que un apellido sea firma, otro tiene que ser abreviatura. Para que unos pocos nombres sean leídos como personas, la mayoría tiene que ser leída como bulto, como paisaje, como fondo. El poder no reprime al pueblo negándole cosas; lo reprime negándole rostro, quitándole la posibilidad de aparecer como alguien y no como algo. La segregación es, antes que geográfica, un régimen de la mirada: decide quién merece ser mirado como uno y quién queda hundido en el rebaño.

El despojo bajo el apellido

Habría que decirlo sin eufemismo: más que el País jurídico Chile es todavía un estado de la cuestión social. No que lo haya sido y ya no; es que nunca dejó de serlo. La cuestión vuelve porque nadie la saldó, y lo que no se salda regresa, como el muerto que sigue caminando de noche por el pasillo. No es pasado: es un fantasma que insiste. El apellido lo delata. En su letra hay una herencia que el país nunca elaboró, una deuda que ninguna transición pagó y que se aplaza de generación en generación como se hereda un nombre. Y hay algo que no se deja archivar, que no se deja callar del todo: el reclamo de que el nombre borrado, alguna vez, cuente. Una justicia que siempre se promete y nunca llega, y que por eso mismo no prescribe. No conviene, sin embargo, quedarse en el régimen de la mirada, porque debajo del símbolo hay un despojo. La segregación de los apellidos no cae del cielo ni es sólo simbólica: es el sedimento de una acumulación, de un despojo concreto —tierras, cabildos, soberanía comunal arrebatados al bajo pueblo y vendidos al mejor postor—. Los apellidos que hoy brillan como firma no brillan por gracia: brillan porque se apropiaron. Detrás de cada nombre ilustre hay una hacienda que fue ejido, un cargo concejil que fue comunal y terminó comprado, un trigo y un cobre exportados sobre el lomo de un peonaje sin nombre.

Habría que decirlo con el peso histórico que tiene: lo que en el siglo XIX se autobautizó «chileno» fue un patriciado mercantil, una oligarquía de comerciantes que confundió el país con su negocio y el Estado con su instrumento auxiliar. Defendió el liberalismo sólo en lo que le convenía —el libre cambio que engordaba sus arcas— y pisoteó la igualdad jurídica y los derechos políticos cada vez que el pueblo intentó ejercerlos. Ese patriciado no fundó una nación: fundó un patrimonio, y le puso encima una bandera. Los apellidos del mapa son la contabilidad de esa apropiación, la lista de acreedores de una deuda que el país nunca cobró.

¿Y las modernizaciones, con sus profetas, que prometieron cambiarlo todo? Prometieron circulación: que el mérito reemplazara al apellido, que las élites se renovaran, que cualquiera pudiera subir. Pero el mapa las desmiente. Cada ola modernizadora, la exportadora del salitre, la desarrollista del Estado, la neoliberal de los Chicago, cambió la fachada y conservó los cimientos. El mérito fue la coartada; la herencia, el mecanismo. No hubo circulación de élites sino reciclaje de linajes, que aprendieron a hablar el idioma del talento para seguir cerrando la puerta. La meritocracia, en Chile, terminó siendo el nombre elegante del privilegio heredado: un apellido que se pone traje nuevo y se hace llamar esfuerzo.

Cabe agregar lo que la melancolía del dato olvida: el bajo pueblo no fue sólo romanticismo, sino víctima borrada. Antes de que la democracia electoral lo redujera a voto individual y secreto, ese pueblo ejerció soberanía en cabildo abierto, en la asamblea comunal, en la feria libre; deliberó cara a cara, decidió sus asuntos, se supo titular de un poder que después le fue usurpado. Los rotos no son un vacío esperando que alguien los nombre desde arriba: son una soberanía negada, un poder constituyente que el patriciado cognitivo ha rechazado una y otra vez a lo largo de dos siglos. El apellido no borró a un pueblo inerte; enterró a un pueblo que gobernaba.

Y hay que entender cómo opera esa maquinaria en el tiempo, porque el parentesco es, ante todo, un dispositivo para exiliar la diferencia del presente. La familia oligárquica no gobierna sólo el espacio: gobierna el tiempo, decide qué cabe en el ahora. Al hacer del apellido el título que da acceso al mundo común, encadena cada existencia a un origen: uno vale por lo que heredó, no por lo que es o podría llegar a ser. Así, todo lo que irrumpe como novedad, todo lo que no viene con genealogía —el migrante, el advenedizo, el que se inventa a sí mismo, la diferencia sin abolengo— es reenviado hacia atrás, declarado inoportuno, expulsado del presente por no tener pasado que lo autorice. El parentesco no niega la diferencia de frente: la posterga, la manda al exilio de lo que todavía no cuenta, de lo que aún no tiene derecho a ser contemporáneo.

Ese es el corazón temporal de la clausura. Un país gobernado por apellidos es un país que le tiene miedo al presente, porque el presente es el tiempo de lo nuevo, de lo que aparece sin permiso, de la diferencia que ningún linaje previó. La oligarquía administra el hoy como si fuera la mera continuación de un ayer que le pertenece, y a cada diferencia que emerge le exige credenciales de origen antes de dejarla entrar. Contra eso, devolverle el nombre al otro es también devolverle el presente: afirmar que la diferencia no necesita venir de ningún abolengo para tener derecho al ahora, que se puede empezar sin herencia, que hay dignidad en el que llega sin apellido que lo respalde. Interrumpir el parentesco como destino es abrir el tiempo: dejar que el presente, por fin, admita lo que no estaba escrito.

El rebaño digno de palomear rotos

Y aquí conviene decir la palabra que el país esconde bajo la alfombra de su buena educación. Para el ensayismo oligárquico, esa literatura de fundo que se escribe a sí misma en genealogías, en árboles, en apellidos doble, la diferencia no es un valor: es una amenaza, o peor, es una presa. El que no lleva el nombre correcto no es un igual con quien construir mundo; es masa, es cantidad, es rebaño. Y al rebaño se lo administra, se lo cuenta, y llegado el caso se lo palomea. La frase infame —«palomear rotos»— no es un exabrupto aislado: es la verdad no dicha de todo un modo de imaginar el país. El que sobra, el que no cabe en el linaje, el que insiste en ser distinto, es tratado como lo que la muralla familiar necesita que sea: carne desechable, diferencia peligrosa que hay que reducir.

Ese es el punto donde la trama muestra los dientes. La diferencia popular —otro modo de hablar, de habitar, de nombrar— no es tolerada como riqueza; es percibida como desorden, como intrusión, como un otro que se metió donde no debía. Y toda práctica de la diferencia, todo intento del pueblo de aparecer con voz propia, es leído desde el barrio alto como una impertinencia a corregir. La comunidad se vuelve imposible no por azar: porque el privilegio de las familias se sostiene, precisamente, sobre la borradura de todos los que no son familia. Llego entonces a la tesis, y es una acusación: el ensayismo oligárquico no escribe un país. Puede tener toda la prosa que quiera —la elegancia, las genealogías, el gusto por el apellido bien puesto—, pero lo que produce no es nación: es la novela de familia de unos pocos, ampliada hasta hacerse pasar por historia de todos. Un relato que solo sabe contar a sus firmas ilustres y que, para poder cerrar, tiene que expulsar a los demás al margen ilegible del texto.

Una nación no es eso. Una nación es un relato que cualquiera puede reconocer como propio, una trama que incluye a los que no llevan el nombre correcto. Mientras el país se siga narrando desde los apellidos que se enlazan solo consigo mismos, seguirá siendo lo que el mapa de la ciudad ya muestra: un adentro amurallado rodeado de un afuera sin voz. Territorio habrá; bandera habrá; Estado habrá. País —uno solo, contado por todos, donde la diferencia no sea rebaño sino comunidad— todavía no.

El espejo que nadie quiere mirar

Y aquí está lo más incómodo, lo que el dato pone sobre la mesa y todos apartan la vista: nadie quiere mirarse en ese espejo. El mapa de los apellidos es un espejo, y devuelve una imagen que el país prefiere no reconocer como propia. La élite no se mira porque vería su clausura; el sector medio no se mira porque vería su parecido más íntimo con los de abajo que con los de arriba, esa incomodidad de estar más cerca del roto que del señor; y el relato oficial no se mira porque vería que la promesa de la nación integrada nunca se cumplió. El espejo se cubre con un paño, como en las casas de duelo. Y no mirar es, aquí, la operación política decisiva: un país que se niega a verse puede seguir contándose la novela de familia sin sobresalto.

Pero hay algo peor que no mirar el espejo, y es que el espejo empiece a hablar por cuenta propia. Porque la derecha que hoy avanza —la nueva, la que se dice antisistema y patea el tablero— no rompe ese espejo: lo devuelve. Toma la misma imposibilidad de Chile, ese abismo entre los que cuentan y los que no, y en vez de cerrarlo lo administra como combustible. Sabe que hay un afuera resentido, un rebaño harto de ser rebaño, y le ofrece un relato: no el de sumarse por fin al mundo común, sino el de un orden que promete protegerlo de un enemigo todavía más abajo, el migrante, el delincuente, el que sobra aún más. Convierte el agravio de los sin nombre en miedo, y el miedo en obediencia. La imposibilidad del país deja de ser una herida que sanar y se vuelve un mercado electoral que explotar.

Es el mismo gesto oligárquico, sólo que ahora sin la elegancia del apellido: la misma lógica de la muralla, pero democratizada, puesta al alcance del que no tiene fundo. Se le dice al roto que el problema no es el club amurallado que lo dejó afuera, sino el que está a su lado, o un peldaño más abajo. Y así el espejo devuelve, multiplicada, la imposibilidad: no ya dos Chiles que no se cruzan, sino un archipiélago de miedos donde cada quien vigila al de más abajo. La derecha actual no inventó la segregación; la heredó, la leyó en el mapa —aunque diga despreciar los mapas— y descubrió que la distancia entre los nombres podía gobernarse. Que del rebaño, bien asustado, se hace una mayoría.

Por eso el país sigue siendo imposible, y de un modo nuevo. Antes lo era por clausura: unos pocos apellidos que no dejaban entrar a nadie. Ahora lo es por reflejo: una política que toma esa clausura y la devuelve a la sociedad entera como recelo mutuo, como guerra de todos los sin nombre contra todos los sin nombre. El espejo tapado de la élite se ha vuelto el espejo roto de la nación, y en cada esquirla se ve la misma escena: alguien defendiendo su pequeño adentro contra un afuera que le da miedo. Mirar de verdad ese espejo —sostener la imagen sin apartar la vista— sería el primer acto político serio.

Cierre: devolverle el nombre al roto

Escribir Chile de verdad sería la operación inversa a la del ensayismo de fundo: no consagrar apellidos, sino devolverle nombre propio al que fue reducido a cifra. Robarles el archivo a las familias y leerlo desde los que fueron palomeados, borrados, contados como rebaño. Hacer aparecer al pueblo no como masa sino como sujeto, con biografía, con diferencia, con derecho a narrar.

Y no se trata de reponer, en el lugar del apellido oligárquico, otro nombre igualmente sagrado —el pueblo verdadero, la comunidad por fin plena—, porque esa sería la misma metafísica del linaje con signo cambiado. Se trata de algo más difícil: mantener el archivo abierto. Dejar que la cuenta nunca cierre, que ningún nombre —ni el ilustre ni el vencido— decida de una vez quién cuenta. La verdadera pregunta que deja el mapa de los apellidos no es cómo integrar mejor a la élite, ni cómo entronizar a otro en su lugar. Es más filosa: cómo interrumpir el reparto mismo que hace de unos, firma, y de otros, rebaño. Cómo lograr que un apellido cualquiera —cualquiera— pueda tomar parte en un mundo común que nunca termine de cerrarse sobre sí. Esa apertura no es un país que ya exista: es una promesa, algo por venir. Pero solo bajo su exigencia dejará de haber un club con himno y empezará, quizá, a haber algo que merezca el nombre de un país.

Y quizá, al final, ni siquiera se trate de restituir. Porque la tarea no es restituir una firma, sino velar la que se quemó. Hay nombres que no vuelven, apellidos incendiados en el despojo, letras que la historia calcinó y que ningún archivo, por abierto que esté, devolverá enteras. Ante ellos no cabe la reparación contable (tantos nombres borrados, tantos por reponer), sino el duelo: quedarse junto a la ceniza, hacer guardia sobre lo perdido, escribir en una lengua bastante quebrada para no volver a mortificar lo herido. Devolverle el nombre al roto es también, y antes que nada, llorar los nombres que ya no se pueden devolver. Y en ese velar callado se guarda lo esencial, lo que ninguna estadística alcanza a decir: que en la sola letra de un apellido se guarda, callada, la desolación de Chile.

Habría que sospechar, para terminar, de la propia salida. Porque contar mejor —incluir a los borrados, sumar sus nombres al relato— sigue siendo contar, y toda cuenta arrastra la gramática que produjo la exclusión. El país no se arregla ampliando su novela; su novela es el problema. La lengua que dice «nación», «pueblo», «nosotros» es la misma que, para reunir, expulsa; la que, para nombrar, borra. Por eso el gesto último no puede ser narrativo sino crítico, y va contra el propio idioma en que este ensayo está escrito. La tarea no es narrar mejor la nación, sino desmontar la lengua misma que la hizo posible.

Bibliografía

Valdés Canje, Julio [seudónimo de Alejandro Venegas]. Sinceridad. Chile íntimo en 1910. Santiago: Imprenta Universitaria, 1910. [Serie de cartas al Presidente de la República que denuncian, en pleno Centenario, la miseria popular, la corrupción y el abandono del pueblo por parte del sector gobernante.]

Pinochet Le-Brun, Tancredo. La conquista de Chile en el siglo XX. Santiago: [s. n.], 1909. [Crítica de la entrega de los recursos y del país al capital extranjero con la complicidad de la oligarquía nacional; complementada en 1916 por Inquilinos en la hacienda de Su Excelencia.]

Edwards Vives, Alberto. La fronda aristocrática en Chile. Santiago: Imprenta Nacional, 1928. [Historia política del predominio de la aristocracia de apellidos y de la «fronda» de las grandes familias como clave del orden chileno.]

Marchant, Patricio. Escritura y temblor. Edición de Pablo Oyarzún y Willy Thayer. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2000. [Compilación póstuma; su presentación, «Perdidas palabras, prestados nombres», piensa el nombre prestado, la firma y la pérdida.]

La nota comenta el estudio de Bro, Naim, y Marcelo Mendoza. «Surname affinity in Santiago, Chile: A network-based approach that uncovers urban segregation». PLOS ONE, vol. 16, núm. 1, 2021, artículo e0244372. DOI: 10.1371/journal.pone.0244372. Datos y redes disponibles en figshare, colección 5230835.

Imagen coloreada de original. Museo Histórico Nacional.

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