Javier Agüero Águila / Amar lo que no se toca, amar lo que se va

Filosofía


A María Magdalena

1. La frase en latín Noli me tangere se traduce, literalmente, como “No me toques”, y serían las palabras que, según el evangelio de Juan1, Jesús resucitado le habría dicho a María Magdalena. Y son palabras mágicas al tiempo que trágicas; mágicas porque las lanza una suerte de espectro que ha pasado por la alquimia de la resurrección para que estremezcan a una viva; trágicas porque Jesús le dice, tal vez a quien más lo amó en su vida: “No me toques”.

Ahora ¿por qué Noli me tangere? ¿En qué sentido este pasaje de Juan abre una grieta entre la vida y la muerte? ¿Cuál sería en este momento, si puede haber algo así, el gesto del muerto hacia la viva que se le acerca pero que es rechazada, negada y menguada en el vértigo desbordante de su amor por atreverse a tocar, de nuevo, a eso mágico-trágico que está a punto de ascender? Se piensa que, en algún sentido (o más bien por inventar uno) solo es posible amar lo que no se puede tocar, lo inasible que no pertenece; a aquella o aquel que estando ahí, para nosotros y que asumimos como el lugar donde podríamos vaciar todo el amor del mundo nos dirá –no sin un asomo de crueldad– “No me toques”.

Entonces el amor sería el amago de tocar a alguien, de intentar sentirlo por un instante, sin embargo, de nuevo, sin llegar a tocarla/o jamás; el amor es el horizonte imposible en la que la única promesa que se transparenta es la de lo imposible mismo. Es siempre el camino, pero nunca la posada. Así, el tiempo de amar no puede sino ser el de la obsolescencia; del quemante e incandescente relámpago que lo arrasará todo porque nada, al final, nos llega, nos busca; porque nada nos toca ni se deja tocar.

Todo iría, en el amor in-creíble de María Magdalena a Jesús, de jugarse su propio y absoluto mundo, su respiración, su cuerpo, su destino pasado y futuro en ese deseo que nunca alcanzará siquiera a raspar lo imposible. Y decimos aquí lo imposible, no lo utópico o lo que tendría alguna forma de realización, sino lo imposible radical; amor que nos desfonda y perturba en lo imposible de su imposibilidad: “No me toques”.

2. En este punto, y justamente en un libro titulado Noli me tangere, Jean-Luc Nancy pareciera dar con el opúsculo donde el amor encontraría una posibilidad en la desaparición de lo que se ama. Escribe el filósofo: “No tienes nada, no puedes tener ni retener nada, y ahí tienes aquello que necesitas saber y amar. He ahí lo que se puede saber sobre el amor. Ama aquello que te huye, ama lo que se va. Ama el hecho de que se vaya”2.

La escritura de Nancy disloca, aun cuando es bella y triste, pero, tal vez, es toda la posibilidad para que el amor se resienta en una vida como algo impactante. No es “lo” que se ama eso que es el objeto de nuestro amor, sino su partida, su fuga. Habrá que amar la rapsodia de una huida, todo el mosaico de dolores, angustias o aquello que, parafraseando a Derrida, “toca al ojo”3. El amor es el pórtico por donde se transparenta lo que irremediablemente será perdido. Quedándonos solo con las láminas de un pasado que nunca tuvo porvenir, mas se disemina en el presente como un coro desolador de ecos; ecos de la voz de ella, de él, de los momentos vividos, de los desgarros y el placer. Nada de esto muere, pero se evapora, y es justo esto lo que debemos afirmar y amar. Amar el fin del amor para reencontrarnos de nuevo con otro rostro, con otra u otro que, quizás, nos devolverá a la misma fosa de ebriedad gozosa en la que no evitaremos caer porque no hay coartada para evitar esa caída; la fluorescente y hermosa caída que no será sino el anuncio de un final inexorable.

Como escribía Michel Onfray: “(…) el sujeto que regresa del amor parece un condenado escapado del círculo más profundo de los infiernos”4. Y es así, pero el asunto va de que no dudaríamos un segundo en volver a ese mismo infierno por resentir la plenitud de otro cuerpo cayendo al abismo con el nuestro, bien que no podamos tocarlo como metáfora de lo imposible; aunque nos niegue el tacto, la háptica; bien que nunca nos haya amado y solo, como se decía, nos quede el eterno resplandor de un corazón pletórico de recuerdos.

“Ama aquello que te huye, ama lo que se va. Ama el hecho de que se vaya”, estas palabras de Nancy parecen estar dedicadas a María Magdalena.

3.

En el poema “Sucio, mal vestido” aparecido en el poemario Los perros románticos, Roberto Bolaño escribe:

En el camino de los perros mi alma encontró

a mi corazón. Destrozado, pero vivo,

sucio, mal vestido y lleno de amor.5

Los versos están, como es recurrente en Bolaño, preñados de una honestidad implacable. Y esto es precisamente lo que me ha conmovido desde hace mucho en su escritura: la brutal y genial transparencia de su palabra para decir la verdad o, al menos, para no mentir. Y estos versos pueden contradecir todo lo que se ha escrito anteriormente. Quizás –y destaco el Quizás en cursivas porque nunca podría estar seguro– sí hay algo que se pueda tocar, sentir y engancharse a la vida sin miedo e ir por el cuerpo de otro/a, así como en el valiente gesto de María Magdalena; Quizás no se trate solamente de amar lo que se va. No. Quizás, como lo dice Roberto Bolaño, en el camino de los perros románticos encontraremos nuestro corazón roto, harapiento, hambriento, sediento y arañado, pero, con todo, vivo: “(…) lleno de amor”. Quizás no haya que ir a los círculos del infierno sino reconocer la belleza en las ruinas y, por ahí, dar con el sentido de una vida que puede resistir desde la poesía. Como lo escribe Bolaño un poco más adelante:

(…)

Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones.

Sólo el amor y la memoria.6

El gesto rimbaudiano es claro: “el poeta vidente”, el delirio, lo febril, el escamoteo tembloroso que permite burlar no el dolor, pero sí la muerte y continuar. Y aquí hay memoria, recuerdos, formas de vidas pasadas que reverberan en un hoy diciéndonos “sí, vamos por más”; por más y más vuelos ciegos al fondo de los abismos y entremos en desacato total con las glorietas prefiguradas de la cultura.

“Solo el amor” puede permitir, quizás, por un instante que tú y yo lancemos todas nuestras máscaras al fuego (¡tantas máscaras cotidianas y liturgias falsas!) que sabotean los días y las noches, la superficie y lo subterráneo. Quizás, aunque sea lo imposible, por un segundo seamos el reflejo de nosotros mismos y no la silueta solitaria y negada de la hermosa María Magdalena.

NOTAS

1 Evangelio de Juan (20:17)

2 J. L. Nancy, Noli me tangere, Bayard, 2003, p. 61.

3 Cfr. J. Derrida, El tocar, Jean-Luc Nancy, Amorrortu, 2011, p. 180.

4 M. Onfray, Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica sola, Pre-textos, 2002, p. 96.

5 R. Bolaño, Los perros románticos, Ediciones Delirio, 2005, p. 23.

6 Ídem

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