La mímesis disruptiva implica una comprensión no restringida de la mímesis—entendida tradicionalmente como mera copia pasiva o reproducción subordinada al original— al transformarla en un espacio de intervención crítica, desestabilización y reconfiguración no identitaria. Este giro, anticipado por Walter Benjamin mediante su apelación a una facultad mimética ligada a las correspondencias mágicas y la experiencia profana, es también elaborado conceptualmente por Philippe Lacoue-Labarthe, quien desmonta la ontología de la presencia al definir la mímesis como una inestabilidad que es, a su vez, constitutiva del sujeto. En los ámbitos político y cultural, esta fuerza disruptiva se operacionaliza a través de la concepción de la performance de Judith Butler, donde la repetición paródica del género subvierte y expone el carácter construido de las normas hegemónicas; de la mimesis colonial (colonial mimicry) de Homi Bhabha, que describe la imitación de los colonizados como un simulacro defectuoso y amenazante (un “casi lo mismo, pero no del todo”) que fisura la autoridad colonial; y del entramado de mímesis y alteridad en Michael Taussig, donde el acto mimético es una facultad encarnada que permite asimilar lo ajeno, fusionando la copia con el poder del otro para subvertir las divisiones cartesianas occidentales. La mímesis disruptiva puede ser pensada también en relación con la noción de repetición de Gilles Deleuze, donde el acto mimético deja de ser una copia subordinada a un supuesto “original” para convertirse en la producción de una diferencia. En esta dinámica, la repetición no reproduce lo mismo, sino que desposee al original de su autoridad y libera la potencia del simulacro (las potencias de lo falso), generando devenires múltiples que subvierten las jerarquías de la representación clásica a través de un juego constante de variaciones e intensidades.
Por otra parte, la relación entre mímesis y recursividad, en Yuk Hui, nos permite trasladar este fenómeno al terreno tecnológico, concibiendo el bucle mimético no como una reproducción mecánica y cerrada, sino como un proceso reflexivo y no lineal que incorpora la contingencia y la alteridad para auto-organizarse y transformarse (cuestión posibilitada por la revolución kantiana y su reemplazo del modelo mecánico por el modelo orgánico de razón). No obstante, existe una distinción crucial entre este modelo recursivo y adaptativo y la cuestión de la mímesis pensada como différance, pues mientras que la recursividad de Hui opera mediante bucles que asimilan el accidente para estructurar un orden tecnológico o cosmotécnico, la différance puede ser concebida como un espaciamiento y aplazamiento infinito del sentido que deconstruye cualquier intento de clausura, presentándose como una deriva no-gobernable que desestabiliza la estructura misma del sistema desde su raíz, haciendo imposible capturar la difracción mimética según un reacomodo cibernético. En este sentido, la différance “funciona” como una recursividad en suspenso, interrumpida e insegura de su propia capacidad para reemprender el proceso de automatización sistémica, obturándola con una contingencia inminente que no puede simplemente ser asimilada en un nuevo orden algorítmico.
Para articular este glitch imponderable con la problemática de los levantamientos, el trabajo de Furio Jesi y Adriana Cavarero nos permiten desplazar la mímesis disruptiva desde el plano de la simulación tecno-política hacia la inmediatez de la carne, la voz y el acontecimiento, concibiendo las revueltas sociales como suspensiones radicales del bucle soberano y cibernético. A través de la distinción jeseana entre revuelta y revolución, la revuelta emerge no como una estrategia programática orientada al futuro —que el bucle cibernético-capitalista podría fácilmente anticipar, simular y asimilar en un nuevo orden algorítmico—, sino como una suspensión del tiempo histórico, un tiempo suspendido o “tiempo-ahora” que interrumpe la máquina mitológica del poder y fractura su lógica predictiva. Esta interrupción temporal se encarna y espacializa mediante la tematización de la vulnerabilidad en Adriana Cavarero, donde el espacio público de la revuelta es tomado por una pluralidad de “cuerpos que aparecen” de manera relacional, vocal y expuesta. Frente a la mirada cibernética que codifica a las masas como flujos de datos abstractos y patrones de comportamiento gobernables, la presencia vocal y afectiva de los cuerpos en la revuelta reintroduce la singularidad irreductible del quién (la voz, la postura, la herida compartida) frente al qué de la clasificación sistémica. Así, la revuelta opera como una actualización colectiva de la différance: una irrupción física no gobernable (Malabou) que, al rechazar la mediación de los símbolos soberanos y desbordar la capacidad de absorción del bucle recursivo, sitúa al sistema en un estado de colapso cognitivo, abriendo un vacío incalculable donde la soberanía ya no puede automatizar su propia continuidad.
La mímesis disruptiva no opera entonces mediante la producción de un simbolismo alternativo que sature el sistema o intente heterologizarlo a partir de incorporar un nuevo archivo, corpus o canon, pues tal estrategia corre el riesgo permanente de ser recodificada por la lógica recursiva del sistema. Por el contrario, la verdadera disrupción radicaría en la posibilidad de pensar la mímesis más allá de su (insistente) inscripción en la economía de los intercambios simbólicos y en las trampas del historicismo o el culturalismo institucionalizado. Al negarse a generar un contra-discurso fácilmente legible o “identificable”, esta concepción de la mímesis se posiciona como una repetición en diferencia, la que produce un vacío inasimilable que suspende la capacidad del sistema para absorber, clasificar y neutralizar dicha diferencia.
En otras palabras, frente a la lógica recursiva del sistema, que opera como un bucle homeostático capaz de fagocitar toda alteridad para reintroducirla en su propio circuito de reproducción funcional, se erige la fuerza contaminante de la diseminación. Mientras que la recursividad satura el campo conceptual reconduciendo los desvíos o contingencias hacia un origen o un fin regulado, la diseminación introduce una deriva irreversible en el significante, un gasto puro sin reserva que fractura la clausura del sentido. Así, mientras el bucle recursivo busca siempre capitalizar el sentido para asegurar la continuidad del orden simbólico, la diseminación dispersa irremediablemente sus códigos, impidiendo que la mímesis disruptiva sea domesticada como un simple momento dialéctico o un producto cultural más de la operación algorítmica.
Al descoser la costura que une significado y significante, la diseminación profana definitivamente cualquier pretensión de origen o noción metafísica de una verdad incontaminada, revelando que el sentido no es una presencia plena, sino una deriva incontrolable. Esta fractura radical expone la limitación intrínseca de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM); mostrando que, por muy flexible, adaptativa y recursiva que sea la inteligencia artificial, su arquitectura matematizada solo es posible bajo la legislación de un control soterrado de la diferencia. El algoritmo, como principio de organización, automatización y optimización, requiere mitigar o exorcizar la condición ya diseminada del sentido y del ser, pues para poder computar, predecir y generar coherencia, la IA debe traducir la dispersión infinita del lenguaje, domesticando su desborde bajo un simulacro de control normativo. Lejos de ser una anomalía controlable, esta diseminación no depende ni puede depender jamás del sujeto, quedando enteramente fuera del alcance de su juego de voluntades, cálculos estratégicos o jerarquías conceptuales. No se trata de un error humano ni una variable computable; por el contrario, constituye una dimensión constitutiva del lenguaje mismo, arraigada en la fricción “originaria” entre lo sensible y su gramatización lingüística y sonora (se erige ya siempre antes de cualquier noción de intencionalidad). Dicha relación —el salto traumático de la experiencia viva a la inscripción del signo y el sonido— es siempre y en cada caso radicalmente indecidible. Al ser la indecidibilidad su núcleo estructural, la diseminación sabotea de antemano el intento de la IA por estabilizar el sentido, recordándonos que el lenguaje humano porta un exceso que ningún código binario puede clausurar.
En este contexto, no hay que olvidar que a diferencia del desborde radical de la diseminación, los juegos de lenguaje de Wittgenstein —leídos comúnmente desde su dimensión más pragmática y operativa— sugieren que el sentido se estabiliza de manera contingente mediante el uso cotidiano, el hábito y el seguimiento de reglas inscritas en formas de vida. Es esta aparente regularidad transaccional y su capacidad de adaptación contextual la que suele invocarse como un antecedente conceptual de la automatización algorítmica en la IA avanzada. Al reducir el significado a un hacer combinatorio y a una red de jugadas posibles dentro de un marco relacional, la arquitectura de los LLM emula una versión formalizada de esta flexibilidad recursiva, operando mediante el cálculo probabilístico de contextos y bucles de retroalimentación autorreflexiva. Sin embargo, esta analogía debe relativizarse: mientras que la IA matematiza el juego lingüístico bajo el simulacro de una gramática predictiva que busca la optimización y la clausura del sentido, la propuesta wittgensteiniana roza un abismo emparentado con la deconstrucción al reconocer que el seguimiento de una regla carece de un fundamento último. De este modo, la diseminación se distancia críticamente de cualquier reducción sistémica; no funciona como un juego flexible que se recalibra ante la contingencia, sino como la indecidibilidad constitutiva que expone el vacío sobre el cual se sostienen tanto el consenso humano como la ilusión de control del cómputo maquínico.
Esta deriva operativa de la filosofía wittgensteiniana encuentra su prolongación histórica en la recepción pragmatista y analítica anglosajona, particularmente en la teoría de los actos de habla de J.L. Austin y John Searle, así como en el pragmatismo radical de Richard Rorty. Mientras que Austin y Searle intentan codificar el lenguaje al subordinar el significado a condiciones de éxito, taxonomías de la acción performativa e intencionalidades situadas, Rorty radicaliza el gesto al reducir la verdad a una mera caja de herramientas contingente, un vocabulario útil para la conversación social desprovisto de anclajes ontológicos. Es en este preciso terreno donde se reactiva la célebre disputa entre Searle y Jacques Derrida: allí donde la tradición pragmatista ve en la contingencia una oportunidad para la autorregulación democrática, la flexibilidad adaptativa o la estabilización institucional del contexto —principios que hoy la IA hereda en su esfuerzo por modelar el lenguaje como una tecnología de transacciones lingüísticas eficaces—, la deconstrucción objeta que todo acto de habla está inevitablemente habitado por la condición parásita de su propia imposibilidad estructural. Lejos de ser una anomalía externa o una simple falla técnica en la transmisión de información, esta condición parasitaria revela la “lógica” de la iterabilidad: la capacidad intrínseca de cualquier signo para ser arrancado de su contexto original, citado, repetido y reinscrito de manera infinita. Al operar como una forma de mímesis disruptiva, la iterabilidad demuestra que la repetición nunca es idéntica a sí misma, sino que genera siempre un desvío y una diferencia que sabotean desde dentro la ilusión de una intención originaria o de un contexto puro. La diseminación, por tanto, no es una contingencia maleable que se repara sobre la marcha; es la quiebra del control normativo que la IA intenta imponer mediante sus bucles recursivos. Este desborde del sentido conecta de manera intrínseca con los límites lógicos de la propia computación, sirviendo como un correlato filosófico de los teoremas de incompletitud de Gödel y la indecidibilidad de Turing. Así como la matemática formal debió aceptar la existencia de verdades indemostrables dentro de sus propios sistemas, la diseminación expone el límite incorregible (INC) de los Grandes Modelos de Lenguaje: la demostración axiomática de que el lenguaje, al igual que cualquier sistema formal complejo, contiene en su núcleo una zona de indeterminación radical que ningún algoritmo, por más autorreflexivo, imitativo y recursivo que sea, podrá jamás computar ni colonizar.
Al desplazar el análisis desde el pragmatismo analítico hacia la teoría postmarxista de la hegemonía, la crítica basada en la iterabilidad y la diseminación encuentra un punto de fricción decisivo en el pensamiento de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, particularmente en su dependencia de la lógica de la articulación. Para estos autores, la política se constituye a través de prácticas articulatorias que traducen la dispersión original de las demandas sociales, vinculándolas mediante cadenas de equivalencia que logran fijar, de manera siempre parcial y precaria, un sentido hegemónico. Es precisamente este proceso de traducción y sutura el que la inteligencia artificial contemporánea automatiza hoy a escala macroestructural. Al igual que la razón pragmática de Searle o Rorty buscaba la estabilización operacional del contexto, el tecno-capitalismo algorítmico opera como el Gran Articulador: un dispositivo que absorbe las diferencias contingentes del lenguaje y las traduce en equivalencias computables, simulando una fijación perfecta del sentido que neutraliza de antemano el antagonismo político. Sin embargo, la deconstrucción derridiana objeta que toda articulación —sea una cadena de equivalencias políticas o un vector de embeddings en un LLM— está habitada y subvertida por la condición parásita de su propia imposibilidad estructural. Como forma de mímesis disruptiva, la iterabilidad demuestra que la traducción nunca es un traspaso limpio de significado, sino una repetición que introduce un desvío incontrolable. La diseminación, por tanto, expone que la dispersión del lenguaje no es una falta de articulación provisional que el algoritmo o la hegemonía puedan eventualmente domesticar bajo un simulacro de control normativo, sino una heterogeneidad radical e intraducible. Lo que la IA intenta suturar mediante su gramática predictiva es, en última instancia, una indecidibilidad constitutiva que sabotea cualquier clausura hegemónica, recordando que en todo lazo político o matemático habita siempre el desborde indomable de la diferencia.
De esta manera, en el escenario del tecno-capitalismo contemporáneo, la fenomenología de la revuelta descrita por Furio Jesi adquiere una gravedad existencial que confronta directamente la abstracción algorítmica del sistema. Al observar sublevaciones históricas como Black Lives Matter, las movilizaciones estudiantiles chilenas o el persistente caminar de las comunidades zapatistas, se evidencia que la revuelta no es una anomalía estratégica ni una variable de red, sino una suspensión drástica y festiva del tiempo homogéneo de la dominación. El tecno-capitalismo opera aquí como la última máquina mitológica: un orden que reduce la existencia corpórea a perfiles predictivos y mercantiliza el dolor social transformándolo en datos de consumo y flujos de atención. Frente a esta domesticación digital, la presencia de los cuerpos en la calle ejecuta una iterabilidad radical a través de una mímesis disruptiva: las revueltas escenifican y tergiversan los significantes del poder, los espacios soberanos y las consignas de la ley, pero al habitarlos de manera parásita e indomable, los vacían de su función normativa y los reinscriben en la carne de la contingencia histórica. En este choque existencial, el grito colectivo, la barricada y la resistencia comunitaria se desvinculan de cualquier cálculo pragmático o jerarquía sistémica; constituyen una diseminación viviente y sonora que el poder no puede decodificar. Mientras el algoritmo intenta predecir, contener y normalizar el descontento bajo el simulacro de una gramática predictiva, el acontecimiento de la revuelta expone el límite absoluto del tecno-capitalismo: la irrupción de un exceso existencial e indecidible que demuestra que la vida, en su condición ya diseminada, siempre escapa a la captura de la métrica y del código.
Esta escenificación parasitaria de las revueltas, precisamente por su naturaleza iterativa y destructiva, no busca restituir ni fundar ningún tipo de ontología política alternativa, ni pretende erigir un nuevo sujeto soberano o un orden institucional redentor. Al contaminar los lenguajes y símbolos de la razón política moderna y contemporánea, la revuelta, en su inminencia radical, expone la contingencia de todo principio (arché), forzándonos a pensar en el cruce preciso entre la anarquía ontológica de Reiner Schürmann y la reflexión infrapolítica. La revuelta deviene así una instanciación de la anarquía schürmaniana: un momento crítico donde declina el principio de ordenamiento metafísico (y hegemónico) que articula las épocas de la dominación y que el tecno-capitalismo intenta desesperadamente prolongar mediante la soberanía de la razón algorítmica. Desprovisto de una teleología o de un destino prefijado, el despliegue existencial de la protesta se repliega hacia el espesor infrapolítico, resistiéndose a ser subsumida por las lógicas del Estado, del partido o de la movilización total de la técnica. Al desactivar la gramática predictiva del capital y el simulacro normativo de la política tradicional, la iterabilidad de la revuelta afirma su potencia infrapolítica: una insistencia o conatus existencial que, al asumir la anarquía ontológica como su único suelo, se vuelve radicalmente incomputable e ingobernable, o no gobernable. Por lo tanto, no se trata acá de una reivindicación política o partisana de la revuelta, sino de una suspensión de toda instrumentalización para mostrar a la misma revuelta como un momento de fisura o fragmentación de los dispositivos sofisticados de la máquina mitológica del tecno-capitalismo.
Por consiguiente, la máquina mitológica cibernética no equivale simplemente a la máquina mitológica moderna ni se limita a repetir de forma idéntica la onto-política de la tradición metafísica occidental. Su condición automatizada, recursiva y radicalmente post-subjetiva no constituye una mera herramienta técnica, sino que supone e instituye una ontología política propia: una onto-política que, bajo el nombre de aceleracionismo post-humanista, restituye de manera laxa y virtualizada el viejo vínculo metafísico entre ontología y política. Esta restitución ya no opera a través del Sujeto o del Espíritu absoluto, sino mediante una doble articulación espectral entre ontología e historia, y entre política y existencia, donde la historicidad es asimilada al flujo incesante de la información y la optimización del capital de silicio. Al presentarse como una teleología técnica inevitable que simula haber superado al ser humano, el aceleracionismo post-humanista reconfigura la clausura metafísica bajo la apariencia de una apertura virtual infinita. Es ante esta sofisticada captura cibernética que se vuelve imperativo un pensamiento de la existencia y de la revuelta que se rehúse a restituir las claves fundamentales de la filosofía de la historia del capital. Pero esta existencia humana debe ser pensada, además, más allá de las lógicas especieistas y antropocéntricas que determinaron lo humano metafísicamente, y en este sentido, la cuestión de lo animal y la misma problemática de la Naturgeschichte se vuelven cruciales. Precisamente porque esto es central en nuestra coyuntura, no cabría esperar acá un nuevo programa político, sino un argumento general y diversificado sobre la necesidad de desprogramación, esto es, la necesidad de pensar la diferencia infranqueable entre la technological singularity y la singularización infrapolítica. Frente a la simulación recursiva del algoritmo, la revuelta infrapolítica y la anarquía ontológica afirman la inminencia radical de una vida que no busca inscribirse en ninguna línea de progreso técnico ni en un destino prefijado, sino sostenerse en la fisura misma de la diseminación, donde la existencia porta un exceso sagrado, animal y sonoro que ningún simulacro normativo podrá jamás gobernar ni clausurar.
