Carlos del Valle Rojas / Enemización. Notas sobre emergencia y gubernamentalidad

Filosofía, Política

Podemos partir de una premisa: la investigación en contextos mediales se ha vuelto difícil de eludir, porque el poder ya no se ejerce por la fuerza ni por el control de los recursos materiales, sino por la capacidad de producir sentido en redes neuronales a través de plataformas donde la experiencia es alogarítmica. Sobre este suelo se levanta la «enemización»: la operación por la cual los medios y buena parte de la (hiper) industria cultural se especializan en la producción de enemigos, dentro de un conflicto permanente por el estatuto de lo real. No es un exceso ocasional del discurso, sino una tecnología de poder que gobierna administrando la emergencia; instala un estado de amenaza sin tregua del que toda excepción parece surgir por necesidad. Su fuerza no proviene de mentir, sino de seleccionar qué se ve, qué se teme y a quién se responsabiliza, hasta que esa emergencia perpetua parece el orden natural de las cosas.

Desde esa clave leo la emergencia del gobierno de José Antonio Kast, que asumió en marzo de 2026 con más del 58 % de los votos: menos como un hecho aislado que como el desenlace de una amenaza vuelta forma de gobierno. La producción del enemigo no llega desde afuera; se reproduce dentro de las instituciones que debieran gestionar el conflicto por vías democráticas. Cuando la política ha dejado de administrar diferencias y pasa a gestionar amenazas, el adversario se convierte en enemigo crónico, y tiende a volverse espectral: una figura difusa y omnipresente, actualizada sin descanso, contra la cual se legitima cualquier medida de excepción. La emergencia, del actual gobierno, deja de ser un instante y se instala como excepción programada.

Esa lógica se despliega, primero, en el ecosistema de medios, donde conviene entenderla como una metabolización de la violencia: el procedimiento por el cual una sociedad ingiere (sulfúricamente) el conflicto real y lo devuelve transformado en enemigos nombrables, en miedo utilizable y en excepción legítima. En el régimen algorítmico de las plataformas, hecho de bots, virales y cámaras de eco, el repertorio de enemigos se reproduce sin término y se acelera sin tregua. La delincuencia, la migración irregular y el «otro» cultural, sea el indígena, el extranjero o el disidente, quedan codificados mediante dos estrategias que considero centrales: la criminalización, que traduce todo problema social en asunto policial, y la empresarización de la subjetividad, que convierte el miedo en un mercado rentable de seguridad y atención. El ecosistema digital no informa sobre la violencia: la metaboliza. La ingiere como dato disperso, la dramatiza como amenaza y la devuelve convertida en enemigo, y fija así la agenda sobre la cual una candidatura de mano dura aparece como respuesta natural. Cada intervención explosiva en las redes añade un eslabón a un mismo proceso digestivo, donde el conflicto real se vuelve espectro y el maltrato simbólico alcanza una intensidad inédita.

Aquí aparece una dificultad menos visible, la de las plataformas convertidas en aparatos emotivos de gubernamentalidad. No se limitan a hacer circular al enemigo: gobiernan la conducta. Ordenan la atención, jerarquizan lo que se deja ver y clasifican a las poblaciones según su exposición al pánico, y ejercen así un poder difuso, de propiedad privada y lógica opaca. La cuestión no es la veracidad de lo que muestran, sino que administran el reparto de lo perceptible sin mandato ni rendición de cuentas. Cuando el sentido común se calibra en dispositivos que ningún ciudadano gobierna, la disputa por lo real se libra en un terreno inclinado de antemano.

En segundo lugar, la producción del enemigo coloniza el campo de la subjetividad. Su eficacia no se mide en las pantallas, sino en el modo en que se instala en la experiencia cotidiana del miedo. La identidad se construye por oposición: uno se sabe parte del «nosotros» amenazado en la medida en que reconoce, afuera, a quien encarna el peligro. La seguridad deja de ser una demanda concreta y se vuelve un estado emocional permanente, que reorganiza los afectos y hasta la percepción del vecino. El sujeto de una sociedad que metaboliza así su violencia no delibera: vigila. Quien ha interiorizado la amenaza como horizonte de sentido halla en el relato del orden una protección que ninguna cifra desmiente, pues el enemigo no es un dato empírico sino una estructura de la percepción.

En tercer lugar, la lógica enemizante se reproduce en el sistema de partidos. La polarización afectiva ha erosionado la vieja gramática del acuerdo transicional: el rival ya no es alguien con quien se negocia, sino alguien a quien se derrota. Cuando cada bloque define su identidad por el rechazo al otro, el centro se vacía y la moderación se vuelve sospechosa. La fragmentación del tablero y la conversión de la contienda en batalla existencial preparan el terreno para liderazgos que prometen zanjar el conflicto de una vez, encarnando a la mayoría frente a sus enemigos internos. No es casual que el lenguaje de la guerra colonice al de la representación: quien promete seguridad total necesita un enemigo que nunca termine de ser derrotado. El triunfo por casi veinte puntos no clausura esa dinámica; la corona y a la vez la deja abierta, porque una legitimidad construida sobre la fabricación del enemigo debe renovar sin cesar la figura del adversario.

Aludimos a un circuito, a la vez mediático, subjetivo y político, que se retroalimenta hasta volver invisible su operación y presenta como sentido común lo que resulta de una disputa por el poder de significar. No basta con evaluar las políticas de un gobierno; hay que interrogar la economía medial que lo hace posible y que él, a su vez, realimenta. Nombrar ese circuito es la condición para interrumpirlo. Frente a la fábrica incesante del enemigo, la tarea democrática consiste en recuperar la diferencia sin convertirla en amenaza: reconstruir un «nosotros» que no necesite un enemigo para existir, y aprender a metabolizar el conflicto sin producir excepción.

En la sociedad de nubes, donde el poder se juega en las oposiciones del sentido, comprender la enemización (institucionalizada) es ya una forma de resistirle.

Dr. Carlos del Valle Rojas. Universidad de la Frontera.

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