Espectáculo
El Mundial ha terminado. Pero el carácter mundial del Mundial recién amanece. En efecto, hoy la fiesta del fútbol también transparenta las políticas de muerte que él mismo se empeña en administrar. La banalización espectacularizante, la hipercomercialización ante la cual la FIFA se prostituye sin ninguna vergüenza y el intervencionismo exacerbado a favor de ciertas selecciones y en desmedro de otras, en este Mundial han terminado por concordar plenamente con la banalización del lenguaje político y la estupidez de los grandes medios de comunicación, con la privatización y expropiación de los derechos sociales y, finalmente, con un sistema-mundo capitalista que ha consumado su destino ontológico. El Mundial expone el derrotero cúlmine del capitalismo imperial, exposición donde el término “cúlmine” debe ser entendido en sus dos sentidos: por un lado, en cuanto consagración cúlmine de su proceso de acumulación y concentración de capital por explotación de los hombres y devastación de la naturaleza; por otro, en tanto colapso implosivo que marca la última etapa anterior a su muerte. El Mundial, al igual que tantos otros fenómenos actuales de escala global (como la destrucción del sistema del Derecho Internacional, de la diplomacia política o de la misma Naciones Unidas), se torna expresión de la dinámica neofascista.
Nos han robado el fútbol, es cierto; pero nos han regalado -hoy como nunca antes- el hecho creciente de sabernos robado. Como si los pueblos del mundo, gracias a una dialéctica negativa y desprovista de superación aunque no de vida, hallaran en la alegría del fútbol aquel relámpago capaz de iluminar aquel juego que les ha sido arrebatado: la dignidad de habitar un grito común, la lucidez de imaginar la gratuita extensión de los abrazos. Porque el fútbol, con sus costos y derrotas, nunca ha dejado de pertenecer al perímetro no cercado de lo gratuito y del derroche: su esencial inutilidad callejera y su eminente inoperatividad infantil no conocen de costos y beneficios. Por eso, la grotesca, alevosa e hiperbólica instrumentalización que el imperio del capital hoy hace de él, es decir, la asonada de su americanización neofascista, al tiempo que logra el objetivo de convertir al fútbol en un dispositivo de dominación, no puede evitar exhibir el carácter criminal de la misma operación que ejerce en tal acto de captura. He ahí que los pueblos del mundo, cada vez menos ilusos, detectan lo intocable de la ilusión. Y cuando ello ocurre todo volverá a implosionar, como si el mundo fuese esa pelota pinchada en la cancha de barrio.
Nunca se trató de un resultado ni menos del triunfo. Nunca se trató de un desear ganar ni de un desear salir campeón. Ellos son aspectos banales. De hecho, no existe mejor símbolo de la estupidez que la sonrisa unívoca del triunfador, quien se cree eterno como la gloria divina. Al contrario, el fútbol se trata de un encuentro y de una fantasía, de habitar un oleaje de deseos cuyas lunas, en el fondo de la tempestad, no cesan de sublevarse contra cualquier servilismo. La conducción del deseo, su demarcación dentro de los límites de la cancha o la presunta apoliticidad de las gestas deportivas, tan sólo operan en calidad de derivas manipulatorias y medidas a posteriori con respecto a una originario compañerismo de la vida y común habitar del juego. No vale decir, como lo suelen hacer las teoría evolutivas, que el juego representa un acto de preparación adaptativa, cuán mero entrenamiento, con miras a perfeccionar el desempeño posterior en el decisivo ámbito de la realidad. En el calor del juego no deja de sudar la alegría de vivir que reafirma la vida. Nuestras luchas políticas deberían aprender más de algo acerca de eso. Resistir siempre será, pese a todo, resistir en alegría y creatividad; resistir, justamente, pese a todo. Se puede ganar o perder, pero seguimos jugando. A eso hemos venido, pues la lucha es infinita. No eterna, no de triunfo seguro; tan sólo infinita, como lo es el cosmos y lo es el fútbol; fútbol donde todo gol es distinto al anterior y será comparado con el próximo, donde jamás se encontrarán completamente cerrado el arco. El día después de la revolución, el día que imaginamos y algunos vivirán, o que ya estamos viviendo porque lo hemos vivido e imaginado, los niños del mundo jugarán al fútbol. Y los grandes y los muertos seremos los hinchas que, desde ya, heredarán.
Nos siguen robando el fútbol a manos del simple valor del exitismo. De ahí que, en cada conferencia de prensa, el lenguaje del capital empresarial se imponga a nivel de escarnio periodístico. En dicho lenguaje dicotómico se despliega, por un lado, el idilio efectista y espectacularizante de la gloria; por otro lado, la culpa humillante del fracaso. La lógica del rendimiento, amparada en el valor del éxito, ha inseminado la obsesión: antes que en la madeja de tensiones, imaginarios, asperezas, rabias, identidades, delirios, vergüenzas y pasiones que atraviesan, constituyen y contradicen al fútbol, nos enfocamos en el objetivo: campeonar. Es decir, en el fútbol espectáculo que promueve la FIFA campeonar ya no es parte del juego, ni de una politicidad o gratuidad deportiva: campeonar es el juego, su finalidad última. Por eso los clubes europeos, por ejemplo, invierten miles de millones de dólares cada temporada para lograr títulos. Por eso, los contratos televisivos decretan las horas de los partidos, los sponsors repletan las camisetas y el merchandising de los emblemas se agota en el mercado. Porque la lógica del campeón es la lógica del logro y el acierto, del objetivo exitoso que da lleno a lleno en el blanco, de la irrefutable superioridad de quien gana; en una palabra, la lógica del campeón resuena mundialmente en función de la efectividad del consumo consumado. En este Mundial, la espectacularidad coincide con el consumo y con la consumación del triunfo de tal consumo. Pero también desnuda esa misma lógica a los ojos de los pueblos. Y esto se produce porque nuestros tiempos son los de la verdad: los tiempos en que se desnuda la verdad del capital: su calidad de constructo tanatopolítico.
Hablamos de la reducción de la potencia polimorfa de la alegría y la imaginación al certero acto de poder. Poder del capital que, desde la segunda década del siglo XX, ha estado robándonos el fútbol, degradando y condicionando las escenas de alegrías y las formas de lo sensible a simple estadística de resultados, a rostros de figuras sobrehumanas, a la acriticidad de la especialización periodística y a los multimillonarios brillos de camisetas saturadas de etiquetas y marcas transnacionales. Pero, así y todo, amamos el fútbol. Si todo fuese triunfo camisetas y el merchandising aún amaríamos el fútbol. Y, quizás gracias a este Mundial, hoy lo sentimos y lo sabemos más que nunca.
Mundial 2026: recuento
El fútbol, o algo así como el fútbol, surgió entre los zaguanes que habitaban las clases obreras y precarizadas que dio a luz la Inglaterra post revolución industrial. Durante siglos, en tanto heredero de las fiestas populares medievales, mantuvo una relación tan indiscernible como. incestuosa con el rugby: deportes del balón, del pasto, de la mano y del pie; también de la brutalidad y de la alegría. Luego, oficializado bajo reglas académico-aristocráticas durante la segunda mitad del siglo XIX, sufrió una breve elitización. En este período fue utilizado por industrias e iglesias para moralizar obreros y parias, con objeto de impedir la pérdida de mano de obra capitalista y el estancamiento de las fuerzas productivas a causa del alcoholismo, las desviaciones sexuales y los colapsos de salud mental que esa misma industrialización capitalista se encargó de masificar. Así, aferrado a la alegría y compañerismo popular, a la puerilidad y espontaneidad afectiva, a la rabia y a la hermandad de los no-hermanos, durante el largo del siglo XX el fútbol se expandió desde la insalubridad de los puertos del mundo hasta cada plaza o potrero no menos insalubre, usando cajas de jugos y botellas plásticas como pelotas, tejiendo de risa, sudor, enfado y fantasía los rostros de hombre y mujeres, de jóvenes y ancianos, de jugadores y espectadores. Ése fútbol guarda casi nula relación con el Mundial y las políticas de la Fifa. Pero ese fútbol, aunque no lo creamos, constituye la esencia de lo que hoy llamamos fútbol.
En efecto, ya habiéndonos robado, el fútbol resiste contra la amenaza que busca aniquilarlo. Ya no se trata tan sólo de condicionar la pasión a los criterios del capital; sino de imperializarlo a la usanza neofascista. Es decir, actualmente se trata de demostrar cómo la máxima expresión del fútbol, la cúspide de su ser, queda plasmado en el Mundial 2026. En un proceso histórico de axiomático despliegue de capital, la americanización y espectacularización hiperbólica y neofascista padecida por el fútbol expresa el mismo movimiento de inversión ontológica y subsunción del mundo bajo la forma real de mercancía y valor de cambio, ejercido a manos del capital: el significante Mundial 2026 queda presentado en calidad consumación de la esencia absoluta del fútbol. El supuesto mejor Mundial de todos los tiempos -en palabras de Infantino y Trump, además, el mejor evento deportivo de la historia-, aquel con los más modernos estadios, la mayor cantidad de participantes y partidos, máxima audiencia y repercusión mediática, etc, aflora al escenario como el nuevo paradigma del fútbol, la encarnación del ser del fútbol. Su absolutización. Entonces, a partir de esta inversión ontológica, cualquier expresión de la pluralidad de fenómenos futbolísticos (desde los barriales hasta las ligas nacionales) hoy es evaluada en virtud comparativa de aquella esencia adulterada: El Mundial de EEUU 2026 (el de Trump y no el de Canadá ni menos el de México) es el ideal del fútbol. Y como todo ideal en él destella el inalcanzable ejemplo a seguir por toda otra expresión futbolística.
Por lo mismo, para los pueblos del mundo la excesiva y grosera neofascistización espectacularizante que evidenció este Mundial, al tiempo que anestésico, también constituye un baño de realidad: el mundial exhibe el exhicionismo del mismo capital que a tales pueblos incluye tan sólo hasta el margen. El dispositivo del Mundial se condice, justamente debido a que constituye un engranaje más de ella, con la máquina de muerte capitalista. En él se reproduce y transparenta la misma dinámica de poder que asola al planeta. La intensificación del fútbol subordinado al gran capital transnacional que operó durante el último tercio del siglo XX, hoy encuentra en la figura de Trump la cifra de su consumación neofascista.
Menciones solamente algunos hechos vinculados a este Mundial que dan cuenta de dicho fenómeno epocal. El nulo interés de la FIFA y de la UEFA en sancionar a Israel mientras perpetra un genocidio (el máximo crimen de todos los crímenes de Derechos Humanos) a la luz del planeta, donde ha asesinado a cientos de deportistas palestinos y decenas de futbolistas federados; cuestión que se debe contrastar con la celeridad de las sanciones que el organismo adoptó contra Rusia por su invasión a Ucrania. La designación de EEUU como el país organizador con más partidos a acoger, en detrimento de Canadá y, sobre todo, de México (el más futbolizado de los tres), así como su rol de sede exclusiva de los duelos más importantes del evento, en específico desde cuartos de final en adelante. La creación por parte de Infantino del Premio FIFA de la Paz, hecho a medida de las ínfulas de grandeza de un Donald Trump al cual no le satisfizo el regalo del Nobel de la Paz que la golpista María Corina Machado le brindara. Las constantes retóricas de apoliticidad y los benevolentes llamados de unión mundial pregonadas por Infantino, quien, proponiendo un falso equilibrio entre Palestina e Israel, buscaba hacer del escenario de la Fifa el lugar de materialización de aquello que Naciones Unidas no ha podido realizar: una paz anclada en la invisibilización del genocidio que Israel perpetra en Gaza, en la impunidad de sus colaboradores y en la negación de la resistencia del pueblo palestino y su lucha por la autodeterminación política.
Entre los hechos pertenecientes a la órbita específica del mundial cabe mencionar los siguientes. La deportación del árbitro de Somalía, Omar Abdulkadir Artan, quien fuera reconocido por FIFA como uno de los mejores de África, a causa de motivos de “seguridad nacional”, hecho que representó un mensaje de advertencia racista y aporofóbico contra los pueblos periféricos (o si se quiere, subdesarrollados, tercermundistas o del Sur Global). La prohibición de acceso al famoso hincha congoleño que homenajeaba a Patrice Lumumba, líder de la lucha independestita del Congo contra el dominio colonial belga, y quien fuera torturado, asesinado, desmembrado y desaparecido por Bruselas, con activa contribución de fuerzas occidentales y, en particular, de la CIA. Los largos, injustificados y criminalizantes interrogatorios a los cuales fueron sometos integrantes de selecciones asiáticas y africanas “mal vistas” a los ojos civilizados, cuestión que buscó asentar el atributo de impunidad y poder unilateral y absoluto que ostenta EEUU a nivel mundia. Las diversas y aberrantes injusticias (dentro y fuera de la cancha) perpetradas contra la selección de Irán, cuyo caso más ilustrativo consistió en impedir su estancia en EEUU por más tiempo que el de duración de cada partido, obligándole a concentrar en Tijuana, lo cual (al tener que viajar de frontera en frontera, someterse a reiterados procedimientos de inspección y no contar con tiempo de reconocimiento del campo de juego ni de recuperación post.partido) mermó considerablemente su rendimiento deportivo; todo esto mientras Trump violaba sistemáticamente la gran mayoría de los 14 puntos del Memorando de Entendimiento con miras a un cese al fuego con la República Islámica de Irán, llegando, incluso, a reanudar los bombardeos contra la nación persa. La censura de la camiseta de Haití a raíz del símbolo referido a la lucha independentista contra la metrópolis colonial de Francia; lucha, por cierto, que marca un hito histórico por ser la primera revolución racial de esclavos negros. La directa y reconocida injerencia de Donald Trump en el levantamiento de la sanción del goleador estadounidense, Balogun, de cara a su duelo de octavos de final contra Bélgica y tras haber sido expulsado más que justificadamente en el partido anterior; cuestión nunca antes vista en la historia reciente del fútbol. El descarado y evidente robo por disparidad de criterio y favoritismo ejercido a favor de Argentina y en perjuicio de Egipto; una selección de Egipto cuyo entrenador y la generalidad del equipo marcó su apoyo explícito al pueblo palestino, a través de símbolos y mensajes en conferencias de prensa; situación escandalosa que, además, contó con provocaciones e insultos racistas (ignorados por las campañas anti-racismo de la FIFA), a manos de aficionados argentinos que alzaban la bandera de Israel. Podríamos seguir, sin duda. Pero solamente para mencionar un caso más, y en línea con el último punto, bien podríamos mencionar el arbitraje sostenidamente favorable a Argentina a lo largo de todo el Mundial (incluida la final), cuestión que, con independencia del fútbol argentino, e incluso en perjuicio de sus propios hinchas y su triunfal historia, develó la instrumentalización geopolítica que la FIFA realiza para beneficiar a ciertos países (cuyo gobierno de Milei hoy se alinea fieramente con el sionismo) en comparación a otros. Por cierto, para aclarar algunas confusiones, vale insistir en algo: aquí el problema no es Argentina en cuanto tal. Más bien, se torna una ocasión para remecer las contradicciones propias del colonialismo interno que hoy padece dicha República: entre, por un lado, un antimperialismo anglosajón, expresado en la demanda de soberanía de las Malvinas, así como una historia reivindicativa de las clases oprimidas y de los movimientos sociales, desde estudiantiles hasta sindicales; y, por otro lado, un racismo estructural amparado en el imaginario eurocéntrico, así como la incidencia sustantiva en el aparato social de una comunidad sionista que hoy, además, cuenta con el apoyo de Milei. Y durante el Mundial esto no fue indiferente a Milei ni a la FIFA, ni Trump ni a Netanyahu.
Otro dato elocuente: el presente Mundial es, por gran diferencia, donde la FIFA más dinero ha recaudado, llegando a la suma de cerca de 12 mil millones de dólares (casi el doble que los 7 mil en Qatar). Esto se explica por dos razones: la hipercomercialización publicitaria de las “pausas de hidratación” y el precio exorbitante de las entradas. Dos fenómenos ante los cuales Trump y las políticas y “cultura” estadounidenses fueron decisivas.
La mayoría de los casos anteriores no cuentan con precedentes. Y esto lo ha terminado por desnudar todo. En plena fase neofascista del capital, la FIFA (organización que cuenta con 212 federaciones afiliadas, esto es, más que Naciones Unidas) se ha terminado por entregar desvergonzadamente a los dos peores enemigos de la humanidad: Trump y el sionismo.
Así y todo, en medio de esta oscuridad e innegable desolación, el domingo, cuando España era coronada como Campeón del mundo, Trump fue bajado del escenario por el propio Infantino tras la evidente molestia de los campeones. Ello también ha de ser una señal.
Resistencia y alegría
Pese a todo, existe la resistencia. En caso de sostenerse en algún tipo de esencia, el concepto y sobre todo la práctica de la resistencia, justamente, descansa en ello: en la estructura “a-pesar-de”. La resistencia es un “a pesar de” la opresión no hay sumisión ante el capital y los neofascismos: hay resistencia de las formas de vida ante éstos. Mientras existan pueblos y vida, persistirá la resistencia y resistirán las pluralidades de mundos. Y con el fútbol sucede algo similar.
Por eso, incluso en medio del edulcorado fango de este mundial, admiramos la identificación de los barristas bosnios con Palestina, así como de todos aquellos hinchas que fueron capaces de ondear su bandera entre las gradas contra la censura televisiva. Por eso, porque hay resistencia, nos enamoramos de la pobreza costera que cada jugador de Cabo Verde llevaba en sus pies. Por eso, porque persevera la resistencia, fuimos más hinchas que nunca de la invicta valentía de Irán, a sabiendas tanto de la dignidad como de las masacres ejercidas a manos de régimen de los Ayatollah. Por eso, desde la resistencia que habitamos, aún resopla nuestra indignación contra el robo a Egipto y la despreciable actitud de un Messi que jugando en Miami y sin desmarcarse del sionismo, permanece a años luz de la grandeza combativa de Maradona. El fútbol resiste.
Sí. Resiste porque la vida y los pueblos, el corazón de los pueblos que es la poesía y el corazón del mundo que son los pueblos, aún se obstina en sufrir, alegrarse y, sobre todo, sentir las comisuras destejidas en cada balón. Sentir la vida allí, precisamente, cuando todo el espectáculo nos invita a lo contrario: a desensibilizar la intensidad que atraviesan a los cuerpos para someterlos a la espectacularizante causalidad del estímulo-reacción, característico del régimen cibernético de la dictadura de la atención. El fútbol, por ende, apunta a una suspensión vital que nada tiene que ver con la anestesia, sino un tipo de afectividad, más que anclada en la banalidad del triunfo, urdida en la textura espaciosa y declinante de la derrota. De una derrota, no obstante, imposible de ser derrotada, imposible de ser sepultado en lo absoluto de la aniquilación. La derrota, lugar donde nos encontramos, ha de ser habitada en el agón de la agonía. Cada vez lo sabemos más y mejor: a eso hemos venido: a hacer de la desigualdad de la lucha la infinitud de la misma.
Mundial 2026. Ya no es un juego: en él se juega una verdad. Por un mes parece jugarse la ilusión -con toda la carga polisémica de tal palabra- de la vida. Ilusión de la vida y opio del pueblo, gracias a los cuales, en este Mundial como en ningún otro, ha quedado expuesta masivamente la más real de nuestras verdades: la coincidencia de la hiperespectacularización del capital con el neofascismo al cual dicho capital se encuentra destinado. Notar tal exposición, al contrario de lo que creemos, no constituye parte integrante del poder imperial; más bien, expresa la potencia de pensar afectivamente desde la resistencia de los pueblos, esto es, desde la vida del mundo.
Junto con esto hemos de apreciar otra verdad. Una verdad mucho más evidente, casi obvia, pero que, pese a su irrefutable certeza, cometemos el error de olvidarla: nadie odia el fútbol. Sí: nadie podría odiar el fútbol en cuanto fútbol, es decir, en cuanto juego. El fútbol sólo puede resultar odiado en uno de sus modos, en el más alienante de sus modos: en cuanto de la industria del espectáculo capitalista y tierra baldía de su fase neofascista. Todos aman al fútbol en cuanto juego. Todos aman la alegría de los niños pateando el balón, las botellas y los papeles que se estrellan contra el orden militar de los patios escolares y que manchan con la calidez de la tierra los lustrosos muebles del hogar. Todos aman la alegría de los ojos dispuestos a ensuciarse con el barro, cada una de las tristezas con que el arquero debe desenredar la pelota de su arco, al igual que el primer recuerdo, inextinguible como el fuego, que volvió a abrazar al hijo con el padre a la manera en que el padre fue abrazado por el abuelo.
La pelota que porta y hace rodar por el mundo la saliva del gol y la sal de la nostalgia y el ímpetu de la ilusión, hoy no sólo devela la miseria genocida que domina el planeta; también contribuye a la resistencia de nuestra sensibilidad poética y, por lo mismo, de la lucha política por una ética del habitar. Como si fuera un súbito abrazo entre dos niños y un universo de adultos hermanados, un gol un solo grito, cuya real causa tales niños y adultos no precisan comprender para sentir y amar, el fútbol, en cuanto juego y vida, persevera más allá de sí.
Hoy entre la mixtura mundanal compuesta y descompuesta por la dignidad, el desperdicio y los hedores que expelen las tiendas de desplazados en Gaza, los niños palestinos, cercenados en sus extremidades, manteniendo apenas unos centímetros de cada una de ellas, siguen jugando al fútbol, mientras portan los rastrojos de la polera número 10 de Argentina, con el nombre de Messi, y gritan los goles que le fueron robados a Egipto y el gol que ha convertido España. Porque ni los asesinados ni los amputados, ni los mártires ni quienes hemos dejado adheridos a cada balón de fútbol las nobles e invencibles derrotas de nuestra infancia, hemos de dejar que nos terminen de robar el fútbol ni la vida. A eso hemos venido: a luchar y -nunca lo olvidemos- también a jugar. Porque hemos venido a luchar y a jugar como habrán de continuar luchando y jugando nuestros hijos en aquel día de pasado mañana, al amanecer del pasto creciente tras la revolución.
