Lección sorpresa. Fue la sorpresa de la vuelta a clases, que nadie había visto venir y mucho menos predicho. Mientras todo el mundo parecía resignado a esperar las próximas elecciones del presidente-monarca para aspirar a un cambio, los estudiantes secundarios irrumpieron en el primer plano de la escena y trastornaron todas las agendas políticas. Partida de algunos liceos de la periferia parisina, la revuelta se difundió rápidamente por toda Francia. Sin ninguna organización dirigente, sin un partido ni un sindicato detrás de la maniobra. Solo grupos de estudiantes secundarios que se autoorganizan, que bloquean la entrada de su escuela y que difunden la información a su alrededor y en las redes sociales. Señal de que bajo las cenizas las brasas comenzaban a reavivarse y solo esperaban una chispa para desencadenar el incendio.
Una revuelta espontánea, imprevisible y repentina, como todas las revueltas. Como para la emergencia del movimiento de los Chalecos Amarillos, en el otoño de 2018, y tantas otras revueltas sociales anteriores. En este otoño de 2026, toda la atención política parecía deberse focalizar, obligatoriamente, en las próximas elecciones presidenciales y una vez más reducir las aspiraciones de cambio a la triste elección de la papeleta de voto, a la delegación en otro del poder sobre el propio destino.
Desbaratando todo pronóstico, burlándose con desenfado del calendario electoral, los jóvenes estudiantes secundarios quisieron decir, primero y simplemente, que existían, que su vida presente y futura tenía valor. Aunque, menores de edad, no tuvieran derecho a voto ni ningún valor añadido para los partidos políticos.
Razones para rebelarse tenían. Las que fueron puestas en primer plano, retransmitidas por los sindicatos estudiantes secundarios, denunciaban clases sobrecargadas, horarios fragmentados y coercitivos, profesores no reemplazados, edificios escolares vetustos e insalubres. Deploraban también la vejación y la incongruencia de la prohibición del celular en la escuela, mientras que sus profesores, al igual que los parlamentarios que habían votado esa prohibición, estaban todo el tiempo pegados a su teléfono. Tratados como mocosos a los que había que castigar y disciplinar, cuando eran adultos jóvenes y no querían resignarse a un porvenir sombrío e indeseado.
De toda evidencia, detrás de las razones estructurales de la falta de medios y de la desinversión del Estado en la Educación Nacional, hay críticas más profundas. En el fondo, la denuncia del sistema escolar de una supuesta República que, bajo la cobertura de una igualdad formal, no hace más que reproducir y mantener los privilegios y las discriminaciones de clase y de «raza».
Lección de sociología. Lo que aparece como completamente nuevo en la historia de las revueltas de los estudiantes, de 1968 a nuestros días, es que el movimiento del otoño de 2026 no está llevado por estudiantes del centro de la ciudad, por vástagos de la burguesía que se desvían (provisionalmente) de su clase social, sino por estudiantes secundarios de los barrios populares. Por lo demás, los más movilizados en la lucha parecen ser los alumnos de los liceos profesionales, ya orientados hacia el trabajo y excluidos por adelantado de los estudios superiores. Además, las imágenes de los bloqueos muestran que, entre los estudiantes secundarios en revuelta, muchos tienen la piel negra o morena. Jóvenes franceses, por supuesto, que corresponden a esa nueva Francia que, a falta de ser reconocida y apreciada por los blancos supremacistas (salvo, en los márgenes, por las actuaciones de los jugadores del PSG y de la selección nacional de fútbol), representa su historia y su devenir.
Es muy probablemente por eso que el Estado y su gobierno tomaron la decisión, desde los primeros bloqueos, de no escuchar la palabra, los agravios, las reivindicaciones de los estudiantes secundarios en lucha, sino de reprimirlos inmediatamente, brutalmente. Se calla, se oculta, sobre todo no se exhibe claramente, pero ¿cómo no pensar que detrás de la decisión (en absoluto necesaria) de hacer soltar de inmediato la porra en respuesta a las reivindicaciones estudiantes secundarios, hay un racismo profundo encarnado por el Ministro-Prefecto de policía y tantos policías a sus órdenes? ¿Que, al igual que Éric Zemmour y tantos otros descendientes de colonos de Orán, Laurent Nuñez esté habitado por rencores y un odio visceral hacia los árabes y los musulmanes? ¿Que los policías habituados a cazar a los jóvenes árabes y negros de las cités, con el pretexto de la lucha contra la droga, no se crean legitimados para golpear a estudiantes secundarios que responden al mismo perfil somático?
Lección de gramática. Para dar libre curso a la porra, ministros, policías y periodistas cómplices pusieron en marcha la máquina de descalificación. Al tiempo que reconocían que los liceales podían tener buenas razones para quejarse de sus condiciones de estudio, gobernantes y medios cómplices atribuyeron la revuelta a «LFI y sus proxies de la ultraizquierda». A la sempiterna negación de la autonomía de los movimientos sociales, a la ritual insinuación conspiracionista de ver un deus ex machina utilizando a pobres ingenuos para sus fines pérfidos, los portavoces del sistema disfrazados de periodistas independientes añadieron la indicación de «proxies de la ultraizquierda». Una elección terminológica empleada a propósito: hasta ahora ese término hacía referencia al Hamás, al Hezbolá, a los hutíes y otros grupos político-militares que combaten contra Israel y el imperialismo estadounidense, supuestamente manipulados por los demonios iraníes. Una capa de pintura suplementaria destinada a descalificar a los revoltosos.
Ante la reacción inevitable de los estudiantes secundarios en lucha, aporreados, gaseados, tirados al suelo, esposados, puestos en custodia en las comisarías, se volvió una vez más a sacar el burdo truco de los «cascarrabias», de los militantes revolucionarios enmascarados infiltrados en el movimiento. Desde los primeros bloqueos de los liceos, no se habría asistido a manifestaciones de estudiantes secundarios en revuelta, sino a «disturbios», «violencias urbanas», «un desencadenamiento de odio contra las fuerzas del orden», que no habrían estado allí más que para proteger a la población y en particular a «nuestros hijos» de los malvados vándalos. Así, frente a policías y gendarmes sobradamente armados y protegidos de la cabeza a los pies por armaduras, los manifestantes harían uso de armas temibles como los «morteros», sin agregar que se trata de morteros de fuegos artificiales, bastante menos peligrosos que todos los proyectiles empleados por los policías.
Lección de semántica. Plantear la distinción entre los buenos estudiantes secundarios, sensatos y preocupados por su escolaridad, y «individuos, grupos ajenos a los establecimientos, que solo buscan sembrar el caos y arremeter contra las fuerzas del orden», tiene por objeto justificar la represión policial. Una represión feroz y masiva: en una semana hubo 5000 detenciones, cientos de personas heridas, brutalizadas, dos estudiantes secundarios perdieron un ojo y otro quedó desdentado. Una represión despiadada y desmesurada que se abatió sobre chicas y chicos, la mayoría de ellos menores de edad. Pero la perversidad del Ministerio del Interior, retransmitida por los medios dominantes, evoca incansablemente el balance diario de contenedores incendiados y de policías heridos (dónde, cómo y por quién, eso nunca se precisa) por «malvados alborotadores encapuchados».
El colmo de esta inversión de la responsabilidad de las violencias sobre las personas se alcanzó en Belfort, donde el Prefecto de policía y el Fiscal abrieron una investigación contra manifestantes acusados de «tentativa de homicidio sobre persona depositaria de la autoridad pública». Esa persona, que había recibido golpes de puño y de pie, era en efecto un alto graduado de la Policía local, sin uniforme, sin siquiera un brazalete, enmascarado, disfrazado de black bloc para infiltrarse entre los manifestantes. Antes de ser detectado y golpeado, había apaleado a un liceal manteniéndole la cabeza bajo el agua de un arroyo durante un largo rato. Posteriormente, el cargo fue redimensionado a «violencias voluntarias», dos estudiantes secundarios, menores de edad, fueron encarcelados, el policía recibió sus ocho días de ITT y las felicitaciones de sus superiores.
Lección de filosofía. ¿Qué quieren, pues, los estudiantes secundarios en revuelta? Sus denuncias, sus reivindicaciones, sus objetivos están escritos en letras claras sobre las pancartas y los carteles expuestos frente a sus liceos. Las quejas concernientes a sus condiciones de estudio, las críticas a la injusticia del trato entre los liceos del centro de la ciudad y los de las periferias urbanas, la contestación de la selección operada por el dispositivo de Parcoursup, la falta de medios y de profesores, junto a «Free Palestine», «ACAB», «Stop a las violencias policiales». La lista de los objetivos continúa con la lucha contra el patriarcado, las violencias de género, el colonialismo, el racismo y todo tipo de discriminación e injusticia. Todo un programa escrito por estudiantes secundarios, gente joven, menores en derecho, no tomados en cuenta por todas las autoridades supuestamente encargadas de decidir su destino.
El antiautoritarismo, fermento de la generación del 68, vuelve a la superficie. ¿Hay que escandalizarse si provisores han sido abucheados, a veces maltratados por los alumnos? ¿Debemos convenir con las buenas conciencias moralizadoras que prender fuego al portón de una escuela «de la República» es inadmisible y debe ser castigado severamente? ¿O intentar considerar las razones de esas acciones? ¿Puede uno imaginar los resentimientos, los rencores, el odio acumulado por un estudiante secundario que durante su escolaridad ha sufrido, encajado sordamente, novatadas, humillaciones, desprecio por parte de los adultos encargados de instruirlo, y no de adiestrarlo en la observancia de las autoridades?
La revuelta de los estudiantes secundarios franceses de este otoño de 2026 no podría ser confinada al espacio escolar. Se desborda por todas partes. Esta nueva generación de rebeldes parece concentrar y amplificar la herencia de muchos combates, antiguos y modernos. Del anticapitalismo al antirracismo, del antisexismo al antiautoritarismo, de los principios de solidaridad con todos los oprimidos del mundo entero. Aparece como un movimiento social de gente libre, sin jaulas impuestas ni en construcción, sin jefes, sin necesidad de representantes. Haciendo de las luchas, de la construcción de análisis, de discursos, de acciones en común, los medios para concebir un futuro deseable.
Este movimiento naciente parece portar las huellas de los movimientos que lo precedieron, inspirándose en ellos y renovando discursos, métodos y prácticas. Una cierta mezcla entre los levantamientos de los barrios populares, en particular tras el asesinato de Nahel, y la revuelta de los Chalecos Amarillos. Una hermosa mezcla de colores también, de rostros sonrientes, de grupos solidarios. Estos «jóvenes» están demostrando, día tras día, sin aflojar, un coraje y una determinación frente a la represión policial que solo la convicción de la justicia de su combate puede sostener.
Estos «jóvenes, decididos y revolucionarios», como gritan al unísono en las barricadas, ¿abren nuevas vías para deshacer este mundo dirigido por un consorcio de hombres de poder, económico, político, militar, mediático? ¿Van a atraer con ellos a estudiantes, profesores, técnicos, desempleados, trabajadores precarios, obreros especializados, artesanos, jubilados? ¿Podrían los «jóvenes» darle una lección a los «viejos»?
Notas aclaratorias:
- LFI: La Francia Insumisa (La France Insoumise), partido de izquierda radical.
- Parcoursup: plataforma estatal francesa de selección para el ingreso a la educación superior.
- ITT: Incapacité Totale de Travail, incapacidad temporal de trabajo.
- Cités: barriadas de vivienda social en las periferias urbanas francesas.
- Proxys: dejé el anglicismo empleado por el autor (en el original: proxys), pues el artículo mismo lo problematiza como elección terminológica deliberada.
Fuente: lundimatin#536, 6 de octubre de 2026
