En torno a todas estas discusiones sobre si Milei está loco o no, y si eso es determinante para la política o no, quiero ser bien claro. No importa si Milei está efectivamente loco, podría tratarse de una performance actoral o una estrategia política (personalmente no lo creo, pero no importa), el problema es que el efecto que produce resulta concreto y real: el enloquecimiento de las relaciones sociales. Sus ostensibles contradicciones a nivel discursivo, la pobreza argumental de sus alocuciones, como la crueldad o el desprecio constante que demuestra hacia los demás, resultan completamente destructivas para el conjunto de la sociedad. Incluso para quienes puedan sentirse identificados con algunas de sus posiciones ideológicas o hasta quienes se benefician con su política económica. No es solo cuestión de imagen o lenguaje, sino algo mucho más básico: la ruptura del lazo social y la desconfianza brutal en el Otro como lugar simbólico de intercambios elementales. No debería sorprendernos porque de algún modo expone la verdad cruda del capitalismo: la disolución de todos los lazos sagrados en las frías aguas del cálculo y la ganancia. La novedad es que hasta ahora ningún personaje lo había encarnado de manera tan patética y cabal.
Si bien hace tiempo se sabe que la presidencia de la nación es un “puesto menor” para quienes traman el poder real y rigen los destinos de nuestro país, eso no vuelve menos nocivo el total descrédito de la figura presidencial para el conjunto social. La cuestión Malvinas quizás haya sido la última jugada espuria de apropiación de un significante que nos convoca, operación visible para todos en su mágica inversión posicional; pero hay otra manipulación mucho más grave que no ha sido considerada suficientemente: el tema del suicidio. Cuando Milei dice desvergonzadamente que si los argentinos no lo votamos va a ser como cometer suicidio, en medio del incremento abismal de la tasa de suicidios de la cual su gobierno es el principal responsable político, eso solo debería ser causal de inhabilitación inmediata para ejercer cualquier cargo público. Asumo completamente el riesgo de decirlo. Es un asunto ético de primer orden y una exigencia política elemental.
Incluso, por mi parte, estaba dispuesto a considerar atendible la expresión de Milei que sostiene la ética como política de Estado, aunque no acordara en nada con los principios y valores que él dice sostener. Ahora creo directamente que no es posible ni deseable postular una ética como política de Estado, pues cada quien tiene su modo de conducirse y no tiene por qué imponérselo a los demás, ni desde el Estado ni desde ningún lado. A lo sumo se puede exponer y compartir un modo de vida que se ofrece como ejemplo de virtud, según la propia coherencia y consistencia alcanzadas. Por ejemplo, si Milei considera el suicidio una opción razonable, en caso de que no se puedan cumplir los dogmas o preceptos considerados verdaderos, como lo hacían los antiguos estoicos, eso solo resulta válido para quienes comparten tales valores y no como imposición o norma general. Hay distintos modos de llevar el sufrimiento y la alegría de vivir, la verdadera libertad es poder elegirlos con conocimiento de causa. En cambio, imponerle a los demás la propia elección es la máxima locura que pueda darse.
En cuanto a la filosofía o más bien teología política que él sostiene, queda muy clara en sus recientes declaraciones. Mientras los periodistas y analistas políticos se sorprenden todavía de la unilateralidad o pobreza de su entendimiento, su radicalidad es completamente lógica y además compartida por otros con un poco más de formación. Milei no puede concebir que se le diga que “la gente no llega a fin de mes” porque de ser así, piensa él, simplemente moriría. Pues concibe al sujeto atado a una deuda intertemporal o más bien eternizada de la cual no puede librarse jamás. Esa es toda la verdad del credo libertario: la única libertad que concibe es la de la sujeción sufriente y permanente. O, como ha dicho una escritora que se siente afín a este credo: “el resentimiento kirchnerista lo lleva a querer sacarse la bota de la cabeza”.
No obstante, por otra parte, pienso que todos somos un poco como Milei. El personaje encarna y refleja especularmente una serie de rasgos contradictorios y tendencias patéticas muy propias del argentino medio, que nos cuesta horrores asumir y que, para peor, las nuevas tecnologías en red exacerban: la necesidad de figuración y reconocimiento permanente; el sentimiento de inferioridad y la reacción agresiva cuando esto no se produce; la repetición esquemática y mimética de ciertos saberes que no se han incorporado y se invocan como fórmulas mágicas o consignas de pertenencia; el desprecio al que no piensa lo mismo ni forma parte del círculo valorado; la paranoia ante quienes puedan hacer cuerpo el pensamiento y disfrutar sin métricas ni escalas de valor. Se pueden encontrar personajes como Milei en todo el arco ideológico y con otros marcos teóricos a cuestas, o frases que repiten como dogmas, incluso que invocan al denostado Marx o las teorías de género. Nuestra precaria institucionalidad y dificultad para planificar a mediano o largo plazo, la imposibilidad de confiar en estructuras más o menos estables, nos abren posibilidades de invención inauditas que solemos festejar, pero también nos someten a una fuerte dependencia a modos de pertenencia y aprobación espurios. El personaje Milei parece condensar de manera explosiva y patética esta contradicción performativa al autodefinirse como “el topo que viene a destruir el Estado desde adentro” mientras se la pasa tuiteando cosas intrascendentes todo el día o realiza viajes como influencer de la ultraderecha en lugar de hacerlo como Jefe de Estado.
El “mileismo sin Milei” que desea el poder real, tiene justamente ese reverso de sombras: todos somos un poco como Milei. Así, Milei también nos suele producir vergüenza ajena; pero es un error quedarse con ese sentimiento y no examinar su estructura paradójica. Como dice Schwarzböck: “La vergüenza paradigmática del siglo XX, la vergüenza de los buenos, de los justos, de los progresistas, es la vergüenza ajena: la vergüenza por el que no siente vergüenza. Es vergüenza de espectador, vergüenza de alma bella, vergüenza bienpensante, vergüenza buenista.” La lúcida lectura que hace Silvia de Masotta, la dialéctica estructural de la vergüenza que repone, nos permite entender ese enganche efectivo y afectivo crucial que produce el personaje cosplay en el lumpenproletariado aspiracional predominantemente masculino y joven de la Argentina de hoy, pero que nos atraviesa a todos. En una sociedad como la nuestra, trenzada y transida por diversos cruces generacionales provenientes de oleadas migratorias que han recibido posibilidades inéditas para rearmar sus vidas, todos somos de algún modo recién llegados. “La desvergüenza de Masotta, por ser vergüenza de la vergüenza ajena, podría ser, como negación de la negación, un futuro Espíritu Santo, una institución por venir, una visionaria manera de ingresar, dirigiendo el dedo acusador contra el propio pecho, en la élite intelectual que desconfía, por principio, de los recién llegados.” Sentir vergüenza por los otros es querer tomar distancia demasiado rápido de esa condición material que nos define; al contrario, como hizo Masotta, hay que poder atravesar la propia locura mimética y aspiracional del argentino medio, para poder pasar a otra cosa.
Ese gesto en este momento crucial no es solo estético, sino eminentemente político.
