Nuestra condición, en cuanto a la esperanza y el deseo, se asemeja a la de aquellos que, en la Comedia dantesca, permanecen suspendidos en el limbo y que, en palabras de Virgilio, desean sin ya esperar (sanza speme vivemo in disio). También nosotros, como los habitantes del limbo, estamos suspendidos entre deseo y esperanza: hemos perdido la esperanza en un mundo mejor y, sin embargo, seguimos vanamente deseándolo y no podemos prescindir de ello. Para salir de esta condición liminal, es necesario dirigir la esperanza no a un bien que nos falta y queremos poseer, sino a aquello que ya tenemos, al bien que está en nosotros, para que siga vivo y nos haga vivir. Y si la fe es, en palabras del apóstol, la existencia de las cosas esperadas [cf. Hebreos 11,1], éstas están presentes en nosotros y ante nosotros, y el deseo de un bien en el que creemos está siempre ya satisfecho. La esperanza en lo que tenemos es, luego, una forma especial de memoria, que no se limita a recordar un bien pasado, sino que incesantemente obra para que éste permanezca presente y vivo. Y esta inversión de la esperanza en memoria es el pensamiento, la vida de la mente.
Fuente: Quodlibet.it
