Mauro Salazar J. / Chile, las palabras que no llegan

Filosofía, Política

Chile atraviesa, bajo el «gobierno de emergencia», una ceremonia fúnebre sin difunto: una sociedad vestida de negro que no sabe a quién vela, y no puede pensar el sentido del velatorio. Se administra la urgencia como quien custodia la contabilidad del presente: se declara una lengua permanente. Todo se vuelve excepción y, por lo mismo, nada se explica. La emergencia, como lengua neutralizadora del deseo, no promete salir de la emergencia, sino su continuación ordenada. Al tiempo que se expande el expediente iliberal como inmunización retórica.

Se dirá que las «emergencias» pasan. Las que pasan, en verdad, no son «emergencias»: son accidentes. Giorgio Agamben (2004) lo formuló con una exactitud incómoda: la excepción que se invocaba como provisoria se instala como «paradigma de gobierno», y la ley aprende a convivir con su propia suspensión, como con un vecino de toda la vida. Chile habita esa zona de indeterminación donde lo extraordinario se hace «domicilio», una manera de residir en el pánico por costumbre y no por convicción.

El tiempo mismo ha cambiado de régimen. Ya no avanza: se «prorroga». Este presente sin ayer tiene una genealogía reciente. La despinochetización que nunca se hizo dejó su huella en la gramática misma del presente. Se aprendió a razonar con un silogismo de tres tiempos: «es cierto» que hubo violencia, y «no es menos cierto» que hubo daño, «con todo» hay que seguir gobernando. La premisa reconoce, la conclusión posterga, y el reconocimiento se vuelve coartada. Los silogismos del orden fueron, en rigor, la absoluta derrota de la palabra: cada concesión implica que el lenguaje se agota como mecanismo de contención y no provee sin horizonte político. El lenguaje ya no compromete ni funda una deuda ética; se convierte en una coartada burocrática destinada a suspender el juicio («Atrévete» «plan frontera» «Escudo de las Américas» como reglamento del presente y eficacia punitiva)

Quizás este texto sea un diagnóstico más sobre la descomposición del lenguaje público. Para el autor de El paseo Ahumada (Lihn, 1983), aquella «sociedad vestida de negro que no sabe a quién vela» encarnaría la esencia misma del Chile post-dictatorial: un país vuelto paseo peatonal vigilado, donde el dolor fue convertido en un espectáculo gris y el discurso político en una muletilla sin sentido. Las fórmulas de la transición, «es cierto», «no es menos cierto», «con todo, cabe admitir», son esa palabra que no puede agrietar la realidad.

Una época se mide por el futuro que logra figurar. La izquierda tuvo el suyo durante décadas: una imagen precisa, con escuelas, salarios y plazos, expuesta por eso mismo a ser incumplida, privilegio de quien al menos se atrevió a prometer. Hoy no hay imagen que traicionar. Tampoco un retrato desteñido: no hay negativo, y el cuarto oscuro donde se revelaba fue clausurado. En suma, el futuro se ha tornado brumoso; el fin de la izquierda ya no pasa por el incumplimiento de su promesa, hay que reiterarlo majaderamente, sino porque lisa y llanamente no existe «retrato de futuro». Antes se la juzgaba por lo que dejaba de cumplir; ahora, por lo que ni siquiera puede imaginar, y la imaginación, en un país vigilado por el pánico indomable, se ha vuelto un bien escaso y sospechoso.

La derecha radical no heredó el vacío: lo explotó, y con pose de rebeldía. Llegó porque el sitio estaba libre y ofrece, en lugar de retrato, un «reglamento securitario». Orden y crecimiento no constituyen un futuro; son dos maneras de jurar que el presente seguirá igual, más limpio y más rentable. Ahí se anuda la contradicción: el orden pide ciudadanos que teman poco; el crecimiento, consumidores que gasten mucho; y un gobierno de la emergencia necesita que siempre se tema algún desborde. Nadie compra, nadie invierte, nadie arriesga un peso en un país cuyo único argumento es la policía. La contradicción destila con un exceso de luz, como todo lo que no se quiere ver.

Aun así, vendrán revueltas del estómago porque la palabra crecimiento no tiene cuerpo ni resonancia. No serán de doctrina ni de programa, sino de cocina y de calendario. La derecha radical no podrá cumplir sus promesas de orden y crecimiento. No solo por mandato por oligárquico ni por torpeza: las cosas están hechas para ser creídas, no cumplidas. Una promesa de esa clase dura lo que dura el miedo; cuando el miedo se agota, queda la cuenta. El estómago es el crítico más severo que nos va quedando: no lee teoría, contrasta lo dicho con lo que hay en el plato. Pero el hambre es un argumento, no una imaginación, y lo que de ella salga puede ser un «canibalismo social»: una rabia sin imaginación que se devora a sí misma y se ensaña con quien tiene más cerca. Quien gobierna con la emergencia como único programa descubre tarde que el hambre también es una emergencia, y de las pocas que no responden a decretos.

Esas revueltas no vendrán solas. Se articularán a la oleada mundial que irrumpe en Europa, donde los jóvenes parisinos salen a la calle sin señal ni libreto. Ninguna central la coordina, que se sepa, y sin embargo coinciden en el momento, en el humor y en la edad. Eso inquieta a los gobiernos más que cualquier organización: lo que se organiza puede infiltrarse; lo que se contagia, no. La oleada tampoco tiene retrato de futuro; la mueven los precios, los cuerpos y la policía, tres palabras que se entienden igual en París que en Santiago. Se creía a América Latina laboratorio del orden, y los resultados regresan ahora como vitrinas rotas, con entrega a la puerta. Conviene, sin embargo, una advertencia contra la «nostalgia vanguardista», ese deseo de que la calle repita la escena heroica, con sus consignas, sus vanguardias y su fe en el gesto fundador. Una oleada sin retrato de futuro no se deja leer con la gramática del siglo pasado, y quien la mira con esa añoranza solo termina pidiéndole un programa que ella, por constitución, no tiene. Habrá que leer la historia no como una suma de países sino como una trama con muchos escenarios, donde el desenlace no está escrito, pero sí el aparato algorítmico (plataformas) que lo vigila.

En esa trama, la verticalidad del gobierno de Kast es un hito insoslayable. No hace falta enumerar episodios punitivos: ya forman serie, y toda serie es una intención. Quien la archiva entre los excesos se equivoca de género: no se trata de un accidente sino de un método. El Estado cuenta su historia con porras, y la historia dice que el desacuerdo es desorden y el desorden, una enfermedad. Lo que antes parecía una brutalidad aislada se vuelve el primer capítulo de una novela cuyo comienzo ya conocíamos. La represión no consiste solo en lo que se hace con los cuerpos; consiste en obligar a cada cual a calcular, antes de salir de casa, cuánto cuesta decir lo que piensa, y a llevar ese balance como quien lleva un carné.

El torniquete, ese dispositivo que calcula la pertenencia mediante el pago, fue desbordado por los cuerpos no contabilizados el 2019. Lo siniestro en Chile no es solo el pesimismo de los cuerpos arrojados en el metro de Santiago, siniestrada es nuestra existencia cuando el presente está bloqueado. Vivimos en la inminencia del pavor, en su naturalización burocrática. Bajo el signo de los tiempos, lo siniestro es lo familiar que se vuelve extraño: el andén apiñado de todos los días, las cámaras en el techo, la gente que espera con el rostro de quien ya hizo las cuentas.  Los muertos del metro, los cuerpos arrojados, caídos o marcados en el espacio sin eco ni retorno, ni siquiera pertenece a la crónica policial («dato administrativo»), sino a la circulación eficiente, auscultando apariciones de lo no resuelto en la historia chilena. Queda un cansancio que ya no pide explicaciones y una ciudad que funciona con la puntualidad de quien no espera nada. El pavor no es un sobresalto sino un clima, una presión que se confunde con el aire y acaba respirándose. Hay también una lucidez que no consuela: ve la escena entera, el cartel, el altavoz que pide calma, y no encuentra a quién contársela.

Debemos concebir, entonces, una subjetividad donde reverberan sujetos plásticos, pragmáticos y ludópatas: el imbunche, el ser cosido, tapiado en sus orificios, despojado de lenguaje articulado y recluido en la penumbra para servir a un poder que no se deja ver. Para José Donoso (1970), Chile no estaría habitado por ciudadanos sino por cuerpos mutilados por la angustia y el consumo, esos «ciudadanos credit-card» de los que habló Tomás Moulián (1997), sometidos a la mutilación de su propia imaginación. La «emergencia permanente» es entonces la choza oscura donde la autoridad retiene a la población para que olvide el afuera; y donde no hay afuera, tampoco hay retrato posible.

Lo uno y lo otro se tocan. Un sujeto ludópata y una promesa hecha para no cumplirse son la misma máquina vista desde dos lados. Mientras la apuesta rinda, el sujeto soporta el duelo sin difunto; cuando la mesa se vacíe, hablará el estómago. No sabemos qué dirá, ni en qué idioma, ni si habrá alguien dispuesto a escuchar. Puede que el «canibalismo social» siga su curso habitual y la rabia vuelva a caer hacia abajo, que es la dirección en que suele caer. Tampoco convendría hacerse ilusiones: ver al que reparte no es lo mismo que cambiar el juego.

Volvamos a la imagen del comienzo. Quien viste de luto sin saber por quién empieza a sospechar que el muerto es el porvenir, y que el velorio lo organizaron quienes lo mataron. La emergencia seguirá, porque una emergencia que termina es un gobierno que termina. Chile se debe a una gramática de la postergación. Lo único que ignoramos es si el estómago llegará antes que el último parte, si las calles de otras ciudades alcanzarán a contagiar a Chile, o si seremos por mucho tiempo un país que cumple sus turnos, obedece sus avisos y se acostumbra, sin retrato ni futuro, a vivir en la sala de espera de su propio desenlace. Quizá la emergencia nos recuerda la exacerbación de lo mismo: nuestras palabras recortadas.

Referencias bibliográficas

  • Agamben, Giorgio (2004). Estado de excepción. Homo sacer, II, 1. Trad. Flavia Costa e Ivana Costa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
  • Donoso, José (1970). El obsceno pájaro de la noche. Barcelona: Seix Barral.
  • Lihn, Enrique (1983). El paseo Ahumada. Santiago de Chile: Ediciones Minga.
  • Moulián, Tomás (1997). Chile actual: anatomía de un mito. Santiago de Chile: LOM Ediciones.

Dr. Mauro Salazar J., UFRO/Sapienza.

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