La llamada «guerra del chip» nombra menos una batalla tecnológica que una guerra por las condiciones materiales de la infraestructura. El silicio aparece como un recurso de la corteza terrestre aparentemente neutral, pero atravesado por fronteras, controles, sanciones, patentes, cadenas de suministro y dispositivos de vigilancia. El silicio como «estrato geológico» de arena purificada, hace posible una determinada civilización mediática: pasa del subsuelo a la oblea, de la oblea al transistor y del transistor a la infraestructura planetaria de la información. En suma, la arquitectura del silicio comprende la división del trabajo y el control social.
El chip, en tanto dispositivo de centralización de poder que organiza el tránsito de la información y la gestión del trabajo global, dista de ser una pequeña pieza industrial para convertirse en una «frontera microscópica» donde se decide quién puede calcular, quién puede producir inteligencia y quién queda relegado al consumo de tecnologías ajenas. La confrontación entre el corporativismo militarizado de Estados Unidos y el autoritarismo de Estado chino han vuelto visible esta dimensión infraestructural. Mientras Washington intenta contener el ascenso tecnológico chino mediante restricciones sobre semiconductores avanzados, maquinaria y capacidades de fabricación; Beijing responde acelerando la localización de su ecosistema tecnológico. La paradoja es significativa: aquello que pretendía ralentizar la autonomía China también contribuye a intensificarla. Por eso, hablar de «guerra del chip» supone también interrogar el régimen de visibilidad que transforma una materia mineral en poder estratégico. Lo decisivo no está solamente dentro del circuito, sino en las relaciones económicas, militares y políticas que hacen posible su existencia. A la fecha solo ASML, empresa tecnológica neerlandesa, domina la fabricación de los equipos más avanzados.1 Su control geopolítico equivale a controlar quién puede fabricar tecnología de punta. Una empresa con sede en Shanghái ha iniciado la producción de máquinas de litografía por inmersión en ultravioleta profundo, herramientas clave para fabricar semiconductores.2 El anuncio de julio de 2026 señala que China comenzará con cinco máquinas este año, escalando hacia veinte en 2027. Estas máquinas graban patrones de circuitos extremadamente precisos sobre obleas de silicio, un proceso imposible de ejecutar sin equipamiento de extraordinaria sofisticación.
Hasta ahora, el fabricante neerlandés ha mantenido el monopolio mundial: entregó 131 máquinas de este tipo en 2025. Las máquinas chinas aún utilizan componentes clave japoneses y presentan limitaciones de rendimiento. Sin embargo, su producción representa una ruptura: China interrumpe su dependencia de proveedores occidentales, pero no es victoria tecnológica inmediata. Es piedra de toque geopolítica. Significa que Pekín construye su propia cadena de suministro de semiconductores, integrada verticalmente, bajo control estatal absoluto. Lo que Pekín anuncia no es un simple avance ingenieril. Cuando China comienza la producción de estas máquinas, ejecuta un gesto que pertenece a otro registro, más profundo. No se trata apenas de fabricar equipos; se trata de redefinir quién posee derecho sobre los «medios de producción» de las infraestructuras contemporáneas. Esta operación, leída con rigor político, revela una verdad incómoda: las dos formas de imperialismo tecnológico, la estadounidense corporativa y la china estatal, comparten una estructura común que ambas pretenden ocultar.
Un chip no es simplemente un objeto técnico: es la miniaturización extrema de una inteligencia material que organiza el tránsito invisible de la información. En una superficie casi imperceptible de silicio se condensa una arquitectura de decisiones, donde millones de transistores ejecutan operaciones a velocidades que desbordan la escala humana. No se trata únicamente de un componente electrónico, sino de una forma contemporánea del poder, capaz de traducir la realidad en secuencias calculables y gobernables. Cada chip constituye una inscripción microscópica del conocimiento técnico sobre la materia, convirtiendo la electricidad en lenguaje, el lenguaje en cálculo y el cálculo en administración del mundo. Su aparente neutralidad oculta una profunda «dimensión geopolítica»: quien diseña y fabrica estos dispositivos no solo controla mercados tecnológicos, sino también las condiciones materiales desde las cuales se produce, circula y administra la inteligencia digital. Para China, la soberanía sobre esta infraestructura microscópica representa una condición estratégica para reducir dependencias tecnológicas, afirmar su autonomía industrial y disputar el liderazgo de la economía computacional del siglo XXI.
La acumulación como estructura compartida
Christian Fuchs ha demostrado cómo el capitalismo contemporáneo no se define únicamente por la propiedad privada de los medios de producción,3 sino también desde el control sobre «quién puede producir», «quién puede innovar», «quién posee legitimidad para participar en la jerarquía tecnológica global». La prohibición de exportar máquinas a China es una prohibición de participar. La respuesta china, construir las suyas propias, es un intento de desmontar esa jerarquía mediante la autosuficiencia.
Lo que Fuchs subraya es que tanto Occidente como China comparten una premisa fundamental: la concentración. Solo discrepan sobre quién debe concentrar. Para Occidente, corresponde a corporaciones privadas bajo régimen de «libre mercado», aunque sistemáticamente protegidas por restricciones de exportación y control estatal indirecto. Para China, corresponde explícitamente al aparato de Estado. Pero la autosuficiencia que Pekín persigue no significa liberalización del conocimiento: significa acumulación estatal.
Cuando el Estado chino invierte billones en máquinas de litografía domésticas, no socializa esa tecnología hacia universidades públicas autónomas, ni hacia investigadores independientes, ni hacia pequeños laboratorios de innovación distribuida. La acumula como propiedad estratégica, vigilada, regulada, subordinada a objetivos geopolíticos de Estado. Las máquinas no circulan según decisiones colectivas. Circulan según decisiones de Beijing. En esto, ambas formas, la corporativa occidental y la estatal China, reproducen la misma lógica: la concentración de poder sobre quién puede producir tecnología avanzada. Lo que varía es únicamente el beneficiario del monopolio.
La geografía del conocimiento como escenario político
Lo que está en juego no es si China alcanzará la sofisticación tecnológica de ASML. Probablemente tarde años, tal vez décadas. Lo decisivo es algo más radical: la transformación de la «geografía del conocimiento». Durante setenta años, la infraestructura de producción de semiconductores se distribuyó geográficamente de modo funcional al dominio occidental: diseño en Estados Unidos, producción en Taiwán bajo protección norteamericana, equipamiento en Europa. Esta división del trabajo permitió que Estados Unidos conservara control estratégico sin necesidad de fabricar nada físicamente. Ahora, China ejecuta un proyecto diferente: integración vertical de toda la cadena. Diseño, producción, equipamiento. Bajo un único aparato de Estado. Esto no es «descolonización tecnológica» sino recolonización bajo otro nombre. Matteo Pasquinelli (2023) ha advertido sobre esto: la inteligencia artificial, y por extensión, cualquier tecnología de frontera, no libera al producirse de forma centralizada; libera cuando «deja de ser controlada por cualquier poder centralizado». Pero tanto ASML bajo el régimen corporativo como las máquinas chinas bajo aparato estatal permanecen como «tecnologías de centralización»: ambas concentran.
La trampa geopolítica de Europa
Pero Europa, en esta batalla entre superpotencias, ha quedado atrapada en una posición paradójica que revela los límites de su poder. ASML es una empresa neerlandesa, pero su existencia operativa depende enteramente de decisiones estadounidenses sobre restricciones de exportación. Desde 2019, Washington ha ejercido presión sistemática para limitar ventas de tecnología avanzada hacia China. Donald Trump reforzó esas restricciones hasta convertirlas en arquitectura de control. Oficialmente, los Países Bajos y la Unión Europea regulan las exportaciones como asuntos de soberanía nacional. Pero en la práctica Washington utiliza componentes estadounidenses integrados en las máquinas, patentes norteamericanas, presiones diplomáticas y amenazas de sanciones financieras, para hacer que las decisiones de la empresa neerlandesa coincidan con la «seguridad nacional» estadounidense. Europa paga el costo económico sin lograr ningún objetivo geopolítico: ha perdido acceso masivo al mercado chino sin frenar un ápice el avance tecnológico de Pekín. ASML representaba 26 por ciento de su mercado en China antes de las restricciones; ahora ve cómo esa base se erosiona mientras Pekín construye alternativas domésticas. Bruselas reconoce tardíamente que alinearse con controles estadounidenses sin coordinación europea estratégica independiente ha debilitado mortalmente su propia soberanía tecnológica. La paradoja es brutal: Europa protegió la hegemonía estadounidense mediante restricciones, se conformó con «de-risking» sin «decoupling» real, y el resultado es que ahora depende aún más de Washington mientras pierde autonomía industrial. ASML permanece europeo de nombre, pero sus decisiones son geopolíticamente estadounidenses.
Lo que permanece oculto en los análisis sobre la posición europea es la aceptación tácita de esta arquitectura de subordinación. Europa optó por ser «socio confiable» de Washington en vez de perseguir autonomía tecnológica genuina: un modelo que prefirió proteger la hegemonía del capital atlántico antes que socializar y democratizar sus propias infraestructuras. Ello significó que ASML no desarrollara alternativas en colaboración con institutos europeos de investigación pública, sino que simplemente obedeciera restricciones estadounidenses. La Unión Europea nunca financió masivamente un programa alternativo de litografía que compitiera con ASML. Tampoco integró el control de máquinas de semiconductores en una estrategia europea de «soberanía tecnológica». En cambio, Bruselas habló de «cooperación transatlántica» y «de-risking con China» mientras Washington decidía unilateralmente qué tecnología podía venderse. El resultado: Europa perdió autonomía económica (sin mercado chino), autonomía política (decisiones estadounidenses), y autonomía estratégica (depende de ASML sin control sobre su futuro). China, en contraste, invirtió billones en construir su propio ecosistema. La complicidad europea no fue ignorancia. Fue elección estructural de mantener la hegemonía atlántica por sobre la autonomía continental.
Epílogo: la condición de lo que permanece invisible
Lo que deberían preguntarse quienes celebran los avances chinos en máquinas de litografía es esto: ¿bajo qué condiciones producen esa sofisticación? ¿Quién decide cómo circula? ¿A quién se le pide consentimiento? Estas preguntas permanecen formuladas en el vacío porque ni Occidente ni China estructuran sus sistemas para responderlas. Ambos presumen que la «concentración» es inevitable, que «alguien debe controlar», y que lo único en disputa es quién sea ese alguien.
La batalla por estas máquinas no es excepcional en esto. Reproduce un patrón fundamental del orden tecnológico mundial: la captura, por actores concentrados, de infraestructuras que producen lo que todos necesitamos. Ya sean máquinas que fabrican chips, plataformas que producen significado, algoritmos que generan conocimiento. En cada caso, la estructura es la misma: expropiación del trabajo colectivo, monopolio de distribución, negación del acceso a quienes no pertenecen a la jerarquía. Lo que China hace visibiliza esta lógica precisamente porque la reproduce a escala estatal. No inventa una alternativa; perfecciona el modelo existente, lo duplica. Y Europa, atrapada entre dos imperialismos, termina debilitada en ambos frentes: pierde autonomía ante Washington, pierde mercados ante Beijing, mantiene la ficción de «soberanía tecnológica» mientras sus decisiones son extranjeras.
Por fin, esto permite leer esta competencia como una nueva fase del «nuevo imperialismo»: no es una guerra por territorios, sino por el «ajuste espacial» que necesita el capital para resolver sus crisis de acumulación. China y Estados Unidos no disputan solamente chips; disputan hacia dónde se desplaza el excedente cuando el crecimiento interno se agota. La litografía, entonces, no es solo infraestructura técnica: es el terreno donde se decide qué geografía absorbe la próxima oleada de capital sobrante, y quién queda excluido de esa distribución.
NOTAS
1ASML, con sede en Veldhoven, Países Bajos, es la única empresa del mundo capaz de fabricar máquinas de litografía ultravioleta extrema. Nacida en 1984 como filial de Philips, concentra hoy el conocimiento acumulado de una cadena de proveedores de óptica y mecánica de precisión que ningún competidor ha logrado replicar íntegramente.
2Las máquinas de litografía por ultravioleta profundo proyectan patrones de circuitos sobre obleas de silicio mediante sistemas ópticos de precisión submicrométrica: lentes, espejos y fuentes de luz calibradas para grabar geometrías de pocos nanómetros.
3 Christian Fuchs, teórico de los medios digitales, ha elaborado una crítica marxista de la economía política de internet centrada en el trabajo cognitivo no remunerado que sostiene la acumulación digital contemporánea. Del autor, Digital Labour and Karl Marx. 2014. New York: Routledge. ISBN 978-0415716161.
Referencias
Matteo Pasquinelli: El ojo del amo: Una historia social de la inteligencia artificial (Publicado por Verso en 2023 / ediciones en español en 2024).
Kate Crawford: Atlas de Inteligencia Artificial: Poder, política y costos planetarios de la inteligencia artificial (Fondo de Cultura Económica, 2022 / Yale University Press, 2021).
Mauro Salazar J. Ufro/Sapienza.
