La atrocidad de la guerra impide ver lo que ella verdaderamente es: un síntoma. No el origen del mal, sino su manifestación más brutal, la forma en que el capitalismo resuelve sus propias contradicciones cuando ya no encuentra otro camino. El mecanismo es conocido, aunque su conocimiento no lo vuelva menos obsceno. El capitalismo acumula hasta sobreacumularse, invierte hasta que la inversión deja de rendir, produce hasta que la producción se convierte en su propio obstáculo. Entonces necesita destruir. Y la destrucción más rentable, la que abre nuevos mercados, liquida el capital excedente y relanza el ciclo de acumulación, es la guerra . Los pueblos masacrados son, en este esquema, una variable de ajuste. El petróleo, el gas, las rutas comerciales, los contratos de reconstrucción: esas son las verdaderas líneas del frente. Las armas que se venden para continuar la masacre no son un efecto colateral sino el núcleo del negocio: Biden lo admitió sin pudor cuando explicó que los «paquetes de ayuda» a Ucrania eran, en realidad, órdenes de compra para la industria armamentística estadounidense.
Acumulación
Mauro Salazar J. / Fuego y acumulación. Capitalismo de forestales
Filosofía, PolíticaEl capital es otro tipo de fuego, se llama progreso
I. La acumulación originaria
¿Qué arde en el sur de Chile? La respuesta obvia es: bosque. Pino radiata, eucalipto, queule milenario. Pero esta respuesta permanece en la superficie. Lo que arde es una contradicción irrefrenable entre dos formas de estar en el territorio, dos proyectos irreconciliables de lo que debe ser la tierra. De un lado, la acumulación capitalista que requiere la conversión de todo —absolutamente todo— en materia de extractivismo, en recurso valorizable, en commodity. Arde una persistencia que fue negada, desplazada, y retorna de forma espectral para recordar que su aniquilación nunca fue completa.
El capital requiere aceleración, sí, pero no como necesidad «externa», sino como ley de su movimiento íntimo. Cada ciclo que no se acelera es muerte parcial, pérdida de ganancia, ralentización insoportable. La rotación de mercancías debe continuar en velocidad ascendente. Los márgenes crecen en tiempos cada vez menores. Esta lógica choca brutalmente contra los tiempos de la naturaleza, esos tiempos de siglos, de formaciones milenarias del bosque nativo. El capital lo «resuelve»: treinta años de monocultivo donde tardaban siglos las otras vidas vegetales. Luego el fuego « limpia » para minería. Cada fase más rápida que la anterior. Cada aceleración erosiona más profundamente los sistemas ecológicos.
Sergio Villalobos-Ruminott / Crítica de la acumulación y realización de la metafísica como devastación planetaria
FilosofíaEl título que nos convoca a este coloquio es “Me extingo, luego existo”. Me gustaría comenzar saludando la pertinencia de este título, en la medida en que, como tal, es una paráfrasis del famoso dictum cartesiano “pienso, luego existo”, transformado ahora según un cierto grado de urgencia y gravedad. Creo que en esta modificación se advierte una intensificación de lo que podríamos llamar la racionalidad occidental o, simplemente, la racionalidad moderna. Quisiera entonces partir apuntando al problema de fondo que nos reúne, a saber, la relación o vínculo constitutivo entre existencia y destrucción en el contexto u horizonte de dicha racionalidad. Es decir, entre la existencia como vida individual y vida social, y la destrucción como efecto, voluntario e involuntario, de la existencia social del hombre. Quisiera entonces acotar la idea de existencia a la existencia humana, en la medida en que voy a sostener, entre otras cosas, que la existencia humana es aquella que tiene como imperativo, en el horizonte del productivismo moderno, la colonización y la apropiación de su entorno de manera productiva/destructiva. Quisiera enfatizar esto como hipótesis central: la antropología productivista propia de la racionalidad capitalista moderna está inexorablemente vinculada a la destrucción.
