Cabe preguntarse si lo que llamamos realidad no es, en rigor, una fuga sistemática del umbral. Occidente ha edificado su ontología sobre la primacía de la sustancia, de aquello que permanece idéntico a sí mismo bajo el flujo de los accidentes; pero quizás la verdadera persistencia habita en aquello que resiste ser nombrado como ente. Ibn Arabí, a quien la tradición conoce como al-Shaykh al-Akbar, enseñó a habitar la dualidad no como contradicción lógica, sino como morada originaria del pensamiento. Para él, lo que existe y lo que no existe son dos caras de un único velo que el viajero recorre sin cesar. Frente a esta dualidad, el ser humano sólo puede vivir en perplejidad; y sin embargo, la perplejidad no es estado deficiente del conocimiento, sino su forma más auténtica, aquella en la que el alma toca su límite y descubre que este no es muro, sino puerta.
