Mauricio Amar / Encontrar

Filosofía

Como se sabe, la lengua árabe no utiliza la cópula «ser» tan presente en las lenguas indoeuropeas (que no significa que no exista el concepto ser). Si quiero decir «yo soy filósofo» digo «anā [yo] failasūf [filósofo]». Esto significó un dolor de cabeza para más de un traductor cuando se trataba de traspasar el Ser aristotélico a la lengua árabe. La palabra preferida por los filósofos para el Ser, al menos desde Ibn Sina, fue al-wujūd [الوجود], cuya raíz ([و-ج-د] w-j-d) indica principalmente «encontrar», «hallar». Como salta a la vista, en la traducción el sentido de un concepto parece florecer, como si cada palabra estuviese habitada por puntos de fuga. Si hay razón en la idea de Werner Hamacher de que «una lengua es lengua solo en la medida en que ella es lengua para otra lengua –no en lugar de otra lengua, sino con miras a esta», debemos pensar en una nueva posibilidad para el ser que quizá está indicada en el encontrar. Porque encontrar es en realidad siempre una tarea fracasada, alegremente fracasada; en el momento mismo en que algo se afirma como verdad ha devenido otra cosa, se ha lanzado fuera de sí desde puntos imprevisibles. Encontrar implica haber buscado, haber corrido un velo, pero lo velado no es una simple relación entre lo que existe y lo que no existe, sino la condición misma de lo existente. El Ser, en este sentido, nunca es una esencia ni una sustancia, sino lo que exige la búsqueda, una necesidad que ha caída en el olvido, pero que no por ello deja de reclamar.

Tariq Anwar / Barzakh

Filosofía, Política

Cabe preguntarse si lo que llamamos realidad no es, en rigor, una fuga sistemática del umbral. Occidente ha edificado su ontología sobre la primacía de la sustancia, de aquello que permanece idéntico a sí mismo bajo el flujo de los accidentes; pero quizás la verdadera persistencia habita en aquello que resiste ser nombrado como ente. Ibn Arabí, a quien la tradición conoce como al-Shaykh al-Akbar, enseñó a habitar la dualidad no como contradicción lógica, sino como morada originaria del pensamiento. Para él, lo que existe y lo que no existe son dos caras de un único velo que el viajero recorre sin cesar. Frente a esta dualidad, el ser humano sólo puede vivir en perplejidad; y sin embargo, la perplejidad no es estado deficiente del conocimiento, sino su forma más auténtica, aquella en la que el alma toca su límite y descubre que este no es muro, sino puerta.