Cabe preguntarse si lo que llamamos realidad no es, en rigor, una fuga sistemática del umbral. Occidente ha edificado su ontología sobre la primacía de la sustancia, de aquello que permanece idéntico a sí mismo bajo el flujo de los accidentes; pero quizás la verdadera persistencia habita en aquello que resiste ser nombrado como ente. Ibn Arabí, a quien la tradición conoce como al-Shaykh al-Akbar, enseñó a habitar la dualidad no como contradicción lógica, sino como morada originaria del pensamiento. Para él, lo que existe y lo que no existe son dos caras de un único velo que el viajero recorre sin cesar. Frente a esta dualidad, el ser humano sólo puede vivir en perplejidad; y sin embargo, la perplejidad no es estado deficiente del conocimiento, sino su forma más auténtica, aquella en la que el alma toca su límite y descubre que este no es muro, sino puerta.
La noción de barzakh, refundida por Ibn Arabí en categoría ontológica de primer orden, designa ese intersticio donde la separación entre ser y no-ser se suspende. La palabra árabe, de raíz asociada a la idea de istmo, no remite a un lugar entre dos lugares, sino a una modalidad del existir que escapa a la dicotomía sustancia/acidente. El barzakh es el ámbito de lo que persiste sin ser sustancia, de lo que dura sin ocupar espacio. Es paradigmático que el Corán sitúe el barzakh entre la muerte y la resurrección, pues no se trata de intervalo temporal medible, sino de condición del alma en espera pura. Occidente, al olvidar esta dimensión, ha convertido todo lo real en objeto de cálculo, expulsando de la esfera de lo ser a aquello que no se deja asir.
La humanidad contemporánea ha olvidado cómo habitar lo que no es sustancia, sino persistencia. Hemos aprendido a movernos entre entidades poseíbles, intercambiables, valorables; y en este aprendizaje, hemos perdido la capacidad de residir en los umbrales. Nuestra época administra la realidad como inventario de presencias, mientras las ausencias son lagunas destinadas a ser colmadas. Pero la persistencia del barzakh es presencia que se sostiene en modo de retiro. En la meditación de Ibn Arabí, el Dios que se revela es inseparable del Dios que se oculta, y la creación no es acto de producción ex nihilo, sino despliegue continuo de un velo que al velar muestra y al mostrar vela. La criatura participa de esta estructura: su ser es, en lo más íntimo, ser-velado.
El capitalismo ha llevado este olvido a su paroxismo. La falsa expectativa del riesgo capitalista es la colonización sistemática de todo posible por parte de lo actual. En el universo económico global, el futuro no es campo de aventura creadora, sino territorio de especulación previsora; el riesgo se convierte en variable calculable que las máquinas administran sin cesura. Lo que se vela para nuestra tradición es la posibilidad misma de crear nuevos mundos. Vivimos bajo el imperio de la expectativa ansiosa, que consume el presente en nombre de un porvenir ya determinado, perdiendo la aventura originaria de imaginar lo que no tiene asidero en lo existente.
La imaginación, en su sentido más radical, no es facultad de representar lo ausente, sino poder de convocar lo inexistente. Ibn Arabí la llamaba himma, fuerza del corazón capaz de configurar realidades sin pasar por el molde de la sustancialidad. El santo de Murcia sabía que el corazón del creyente es un barzakh donde se cruzan los mundos, y que en ese cruce no hay jerarquía ontológica que establezca de antemano lo posible y lo imposible. Occidente ha confinado la imaginación al territorio de lo ficticio, de lo inoperante; la ha separado de la acción y la ha entregado al esparcimiento. Cuando hablamos de imaginar, pensamos en evasión de lo real, cuando deberíamos pensar en confrontación con lo real desde su reverso no-actualizado.
La etimología misma de nuestras palabras para designar la creación ha sido testigo mudo de este destierro. En latín, inventio designaba el hallazgo de lo ya dado, no la producción de lo nuevo; y creatio, en sentido teológico, era atributo exclusivo del principio divino. El ser humano quedaba como artífice secundario, imitador de un modelo preestablecido. La tradición sufí, por el contrario, atribuye al hombre la dignidad de khalifa, vicario capaz de abrir fisuras en el orden dado. Esta fisura es el barzakh: no ruptura violenta, sino torsión sutil que transforma desde dentro el régimen de lo posible.
Quizás la enfermedad espiritual de nuestro tiempo consista en la pérdida de esta fisura. Todo umbral ha sido convertido en transición; todo intersticio, en intervalo medible. La modernidad técnica ha logrado la eliminación de los espacios intermedios, la reducción del mundo a superficie continua sin grietas. Y sin embargo, es en las grietas donde el pensamiento ha habitado siempre. En la Politeia, Platón situaba el chora —receptáculo informe— como tercer género entre ser y devenir. El pensamiento occidental, en sus momentos más auténticos, ha sabido que toda ontología requiere una chora, un barzakh, un lugar no-lugar donde lo informe reciba forma sin perder su in-formidad originaria.
Pero la metafísica triunfante olvidó este tercer término. Aristóteles, al definir la sustancia como ousia, relegó todo lo demás a dependencia ontológica. El resultado fue una ontología de la presencia sin espacio para lo que persiste sin presentarse. Heidegger, el último pensador que intentó recuperar el sentido olvidado del ser, vio en esta historia la constitución de la metafísica como onto-theo-logía; pero incluso su proyecto quedó atrapado en la pregunta por el sentido del ser que presupone la dignidad del Sein. El barzakh, en cambio, no pregunta por el sentido: habita su no-sentido originario como morada.
Acaso la tarea del pensamiento hoy sea reabrir el barzakh, practicar una ontología del umbral que no reduzca lo real a lo actual ni lo posible a lo esperable. Esto implica aprender de nuevo la perplejidad, que no es confusión que deba disiparse, sino estado de disponibilidad a lo inesperado. Ibn Arabí la vivió en sus Futūḥāt al-Makkiyya como condición del viajero que atraviesa los mundos sin mapa, guiado por la himma del corazón. Nuestro tiempo, obsesionado con la claridad, ha convertido la perplejidad en sinónimo de debilidad intelectual; pero quizás sea al revés: la verdadera debilidad es la pretensión de haber disipado ya toda sombra con la luz de la razón instrumental.
La aventura de imaginar nuevos mundos no es acto de voluntad creadora ni fuga utópica. Es dejarse habitar por el barzakh, permitir que lo que no es sustancia pero persista irrumpa en el orden de lo dado. El artista, el místico y el pensador comparten una condición: han aprendido a residir en el intersticio, sin confundir construcción con producción ni creación con fabricación. El poeta no inventa mundos ex nihilo: descubre, en el pliegue del lenguaje, la posibilidad dormida de otro orden de lo real. Y esta posibilidad es siempre posibilidad de lo inexistente, de aquello que no puede integrarse en el inventario de lo que ya es.
Lo que se vela para nuestra tradición es la posibilidad de que el mundo sea de otro modo. No mejorable, sino literalmente otro: un mundo en el que las categorías de sustancia y accidente, de acto y potencia, de ser y no-ser, hayan sido relevadas por un régimen ontológico del umbral. Esto es lo que la gnosis designaba como metanoia, cambio de condición que no es modificación psicológica, sino transformación del modo de acceso a lo real. El barzakh no es lugar al que se llega, sino condición que se alcanza cuando el alma deja de aferrarse a las certidumbres de lo que es para abrirse a la perplejidad de lo que es y no es a la vez.
La verdadera aventura comienza cuando el viajero renuncia a todo mapa y se confía al desierto del umbral. El capitalismo ofrece una parodia: el riesgo calculado, el emprendimiento del yo, la exploración de mercados. Pero en esta parodia falta lo esencial: la exposición a lo inesperado. El emprendedor neoliberal no arriesga nada verdaderamente, pues su riesgo está siempre asegurado por algoritmos; su aventura es prolongación del cálculo que rige todo lo demás. La aventura del barzakh, en cambio, es pura exposición: no hay seguro posible contra lo que se descubre cuando el velo se rasga.
Quizás el gesto más urgente de nuestro tiempo sea practicar de nuevo la humildad del umbral. Esto significa renunciar a la pretensión de que lo real nos debe una respuesta clara. Ibn Arabí lo expresó con una fórmula que resuena como advertencia: el Dios que se revela en la multiplicidad de los nombres es el mismo que se oculta en su unicidad inaccesible. La criatura que aprende a habitar esta paradoja no alcanza la sabiduría como posesión, sino que se transforma ella misma en barzakh, en istmo por el que transitan, sin detenerse jamás, las aguas del ser y del no-ser. No es posibilidad para un sujeto preconstituido, sino acontecimiento que transforma al que lo recibe.
En este punto, la meditación sobre el barzakh se vuelve indiscernible de una política. Una política sin programa ni partido, que no se deja encuadrar en el horizonte de la acción instrumental. Pero que es, por ello mismo, la única digna de su nombre: aquella que abre el espacio para que lo común se manifieste en su irreductible pluralidad, sin ser reducido a identidad ni a representación. El barzakh es el no-lugar de lo común en cuanto tal, de aquello que compartimos precisamente porque no nos pertenece. Quien habita el umbral no posee nada, pero toca, con su propia desposesión, la fuente de toda creación. Y en ese toque, quizás, se anuncia el mundo que vendrá: no como promesa de redención, sino como persistente, tenaz, irreductible posibilidad.
