Como se sabe, en árabe no existe el verbo «ser» tan presente en las lenguas indoeuropeas. Si quiero decir «yo soy filósofo» digo «anā [yo] failasūf [filósofo]». Esto significó un dolor de cabeza para más de un traductor cuando se trataba de traspasar el Ser aristotélico a la lengua árabe. La palabra preferida por los filósofos para el Ser, al menos desde Ibn Sina, fue al-wujūd [الوجود], cuya raíz ([و-ج-د] w-j-d) indica principalmente «encontrar», «hallar». Como salta a la vista, en la traducción el sentido de un concepto parece florecer, como si cada palabra estuviese habitada por puntos de fuga. Si hay razón en la idea de Werner Hamacher de que «una lengua es lengua solo en la medida en que ella es lengua para otra lengua –no en lugar de otra lengua, sino con miras a esta», debemos pensar en una nueva posibilidad para el ser que quizá está indicada en el encontrar. Porque encontrar es en realidad siempre una tarea fracasada, alegremente fracasada; en el momento mismo en que algo se afirma como verdad ha devenido otra cosa, se ha lanzado fuera de sí desde puntos imprevisibles. Encontrar implica haber buscado, haber corrido un velo, pero lo velado no es una simple relación entre lo que existe y lo que no existe, sino la condición misma de lo existente. El Ser, en este sentido, nunca es una esencia ni una sustancia, sino lo que exige la búsqueda, una necesidad que ha caída en el olvido, pero que no por ello deja de reclamar.
