Mauro Salazar J. / Izquierda. La Pasión Tanática como identidad última

Filosofía, Política

Más allá de los vítores de este domingo —si acaso Jeannette Jara se impone en primera vuelta— la izquierda chilena (¿si es posible aún nombrarla así?) expone una afección singular: la compulsión por descubrir en cada trazo del acontecimiento político «fascismos infinitos», omniscientes, que acechan en la molecularidad de lo real. Tal tendencia, tanática en el sentido freudiano, «pulsión de muerte» que se perpetúa, delata menos un vitalismo que una necesidad dramatúrgica (aunque fundada, hay que admitirlo) por confirmar una narrativa Auschwitztiana, cual pregón de los espantos. Lanzarse al «golpe en la cervecería almena» es otra aventura (1923).

Con todo, esta afección coexiste con una verdad infranqueable que se debe a un progresismo (sin agenda de izquierdas o reformas) que se ha centrificado en sus tribunas editoriales. Ciertamente ha obrado como el aval de una regresión autoritaria que avanza —nefasta— bajo el disfraz del orden constitucional, cual la máscara de una democracia profesionalizada. El progresismo del «mérito procedural» parece neutral, pero no es así. El mérito es profundamente violento, porque traslada toda la responsabilidad del fracaso a las personas (hasta la ausencia de osadía gerencial). Si las reglas son «limpias», «entonces la pobreza es tu culpa, y tu falta de osadía gerencial». La trace (huella-rastro) está ahí: invisible, royendo.

Mauro Salazar J. / Derechas y progresismo. La pasión silogista por el odio

Filosofía, Política

La ciudad escribe Santiago. Escribe sobre los cuerpos, en los rieles. Y los cuerpos -los que descienden- responden escribiendo con su ausencia, con esa inscripción que nadie podrá jamás leer completamente.

Hay una obsesión donde la academia centrista se ha obsesionado por lo inasible. La pasión por el «votante colérico»: ayer Milei, hoy Kast, mañana Kayser, pero siempre igual. Bajo un temblor de la identidad, ello ha capturado a los académicos del centro progresista. Como si, precisamente, lo inasible fuera aquello que demanda (exige y reclama) ser capturado, nombrado, domesticado en la palabra. Esa palabra mesurada, controlada, que se presume racional, palabra capaz de contener, cuando gira en la tautología.

A falta de análisis materialistas de la subjetividad, que aborden de manera situada el problema, y esto es decisivo, abundan imputaciones que funcionan como cierres de sentido. Imputaciones que se rehúsan a un gesto fundamental: interrogar la sociogénesis del «malestar» —siempre malaise— que dicen estudiar. Como si el malestar fuera privado, como si no fuese producido socialmente, como si bastara con nombrarlo elitalmente. Se dice «resentimiento», «sufrimiento social» u «otrocidio» (sin preguntarse, y esto es lo problemático, de quién), como si existiera una única fenomenología del sufrir, un sufrir transparente, idéntico a sí mismo. Se dice —una y otra vez— «agresividad constitutiva».