Que aquello que seguimos llamando democracia haya perdido su sentido lo demuestra el uso indiscriminado de las encuestas, que desnudan el hecho ya manifiesto de que las elecciones son solo una encuesta sobre la opinión y no la expresión de una voluntad política. Las encuestas, mostrando cada día, a través de las variaciones de las opiniones de los encuestados, la consistencia numérica de los partidos, realizan una suerte de elección continua, que nadie controla y que puede, por tanto, como de hecho sucede, ser manipulada para actuar a su vez sobre la opinión de la que debería ser la expresión. Llamamos democracia a un gobierno de la opinión pública, es decir, de algo políticamente del todo inconsistente, que no tiene otra realidad que las encuestas, las cuales en el mismo momento en que parecen registrarla la crean, la alteran y la manipulan incesantemente. El proceso a través del cual la volonté générale de Rousseau [voluntad general], que no puede ser numerada, se ha ido transformando en la opinión pública, que es solo una cuestión de números, define el destino de las democracias occidentales.
