Mauro Salazar / Hegemonías del desfonde ¿Lirismo de la revuelta o desvaríos de la izquierda institucional?

Filosofía, Política

a Amapola, con la sonrisa de las plantas.

Despojados de los silogismos del orden, métricas modernizantes, épicas del consenso y mitos realistas. Librados de las narrativas representacionales de la gobernanza, pero absorbidos por el «teatro del absurdo», nos hemos enfrentado a la kastización (satanización) del campo popular. Los últimos sucesos ameritan aforismos para entender la fascistización de la revuelta como «multitud desbordante» respecto a los identitarismos del ‘Chile jungla’. Hoy se requieren algunos nomadismos para surfear clasismos mediáticos, oportunismos conceptuales (‘mainstream‘) y las amenazas de un conservadurismo securitario que dibuja un ‘paisaje de la lepra’ para avanzar en la criminalización del campo político. Ante cualquier diseño gubernamental, las derivas del campo popular han abrazado la sensación de caos, percepciones de pánico e inseguridad. Todo bajo la colonización restauradora de la amenaza caos/emergencia que el catolicismo integrista ha movilizado, qua gramscismo de ultraderechas, en las últimas semanas como traza de esperanza y orden moral.

Contra el gesto político de la revuelta, la restitución oligárquica se encuentra en vilo en la producción de evangelizaciones, racializaciones y enemigos mediáticos. Pero ello no solo comprende una crítica a la monumentalización de la revuelta, como un apriori estetizante o un desplazamiento antiaurático, sino la impugnación a una «izquierda anoréxica», institucionalista y elitizada, cuyo desfonde le imposibilita movilizar las pasiones populares, ni menos asumir que el tiempo intempestivo de la revuelta nos arrojó a la travesía del pensar. Aludimos, pues, a una hegemonía incapaz de domiciliar el acontecimiento octubrista y, que contra todo desvarío, aún vitorea «representar» los tumultos de insurgencia y sentido. La experiencia plebeya (2019), con su mundanidad y romanticismo, fue la refutación práctica del 2011 y su afán lideral/teológico. La irrupción emplazó el reparto de lo sensible y los contratos generacionales-modernizantes, prescindiendo de los procesos de elitización (codificación) que redundaron en una ciudadanía marchando posteriormente hacia el Piñerismo (2017). Es curioso tal centelleo, el 2011 como rebelión de «consumidores activos», fue la condición de (im)posibilidad que experimentamos bajo los «octubrismos múltiples» (2019). Lejos de los «rectorados semióticos», con su «teoría del malaise», se deslizó un emplazamiento an-económico contra la violencia infinita del capital, su acumulación anárquica, cuyo pivote fue la «huelga general». A no dudar, toda revuelta es siempre un entramado tanático-erótizante (esquirlas), y la izquierda en su insolvencia, no fue capaz de movilizar la demanda popular e integrar la protesta en el campo institucional, o bien, en una economía política de los discursos.

Antes, un progresismo neoliberal, de tercera vía, había gravado diversos «contratos de lenguaje», unos más estéticos que otros, con la oligarquía rentista, abjurando de toda alternativa político-imaginal. Hoy es posible recordar la pasión institucionalista frente a los imaginarios punitivos, la terquedad de los consensos, que hacen que la propia revuelta pueda devenir -velozmente- en un ‘manicomio’, o bien, en una «potencia fascista». De ese riesgo siempre estuvimos al tanto dada la rutinización de los años 90′. Hoy irrumpe una derecha que confisca la imaginación popular, recrea un pacto para un «Chile de certezas punitivas» (Kastización del ‘pueblo pedagógico-destinal’) y ha logrado agenciarse en aquel verbo progresista que hizo del disenso una diferencia turística. Un régimen de gravámenes, jaurías y seguros verbales sería la promesa de la kastización con el mundo popular.

Un momento alevosamente regresivo cincelado por politólogos y un inclemente pacto de la casta periodística -comunicólogos de Vitacura- que ofrece un sentido común a las agencias corporativas. El quid anida en esos «lacayos de la pluma» que nos dictan cátedra para normar la época, establecer un realismo normalizador y nombrar las urgencias de la vida cotidiana. Por su parte el pacto apruebo-dignidad ha sido incapaz de enfrentar la capitalización punitiva del «fascismo neoliberal». Quizá por el temor a no adoptar posiciones fuertes se terminó cediendo el espacio a un triunfo pírrico para el mes de Noviembre. El candidato de Pío Nono ha sido incapaz de denunciar, abjurar de un verbo ético, y establecer líneas demarcatorias con la kastización y su certeza securitaria de gobernanza. En medio de lo grotesco, en pleno apogeo de la desesperación, hemos sido parcialmente secuestrados por el «lirismo de la revuelta» –espíritus libres y devotos de una metafísica que creíamos extraviada- con esa «efervescencia purificadora» que pretende sanar nuestras llagas. Octubre, con su fervor destituyente, la romantización de la Plaza Dignidad, y la monumentalización triunfante de la categoría pueblo, ha devenido un posible tiempo onírico, inaferrable e irrefrenable, idealista o eventualmente fetichizante. Pero recordemos a  Virno, cuando advierte que “la multitud está caracterizada por una fundamental oscilación entre la innovación y la negatividad…a veces agresiva, a veces solidaria, inclinada a la cooperación inteligente pero también a la guerra entre bandos, a la vez veneno y antídoto;  así es la multitud. Ella encarna adecuadamente las tres palabras clave con que se ha intentado aclarar cuál podría ser un entendimiento no dialéctico de lo negativo: ambivalencia, oscilación, siniestro»(Ambivalencia de la multitud, 147). Y a no dudar, un paroxismo es un estado jubiloso. Sermón, moral, promesa y certeza forman parte de una arquitectura teológica de la política. El lirismo es una infinitud intima -una suprema ebriedad- que el sujeto busca gritar una vez que los partidos políticos reventaron el sistema de negociación. Con todo la revuelta vino a perpetuar una fricción destituyente/constituyente que las izquierdas fueron incapaces de articular en metáforas populares y prácticas de trazabilidad (hegemonía).

Bien sabemos que bajo la modernización (1990-2010) la exhumación de lo imaginal activó un intelectual diezmado que cultivó la domesticación del «pensamiento crítico» recreando el mundo del sociologicismo (politólogos) y funcionarios cognitivos consagrados a lobistas y empleados visuales del poder corporativo. Mediante ese expediente nos hemos llenado de empleados orgánicos sin proyecto -insustancialidad ontológica- que aprovisionan think tank sin ninguna densidad hermenéutica. Y es que los «administradores cognitivos» del orden hacen las veces de ‘escoltas epistémicos’ con sus eufemismos explicativos (devotos de indexaciones y convenios universitarios) perpetuando un ethos de investigación universitaria que durante tres decenios aisló el campo de “lo popular”, pero también la época, en sus más diversas expropiaciones. Dicho en crudo, ¡Nada de epistemes plebeyas! fue la pancarta del «experto indiferente». Y así, aferrados a la usura categorial de la indexación, en desmedro del ensayo y la densidad etnográfica, en plena precarización de la creatividad, han recusado a la calle, al sujeto popular, desde viejas economías de la subjetividad, a saber, anómicos, violentos, irracionales e indomables. Y puntualmente como “algo lírico” y más complejo de analizar, pero sin superar el clivaje orientalista entre civilización y barbarie. Ello pavimentó el camino para una degradación cognitiva que encontró eco en los partidos políticos y luego se ramificó –cual metástasis- lesionando todo «programa de conocimiento». En suma, ello terminó de precarizar la creatividad -la experimentación- y expurgar todo horizonte de sentido.

La kastización del mundo popular, más allá de toda la ralea de pánicos, ha terminado de capturar emociones múltiples, a saber, la teoría de la gobernabilidad –so pena de real politik- aniquiló todo suspiro movilizador y de ese modo dejaron estampada la idea de una sociedad del conocimiento precarizado -marcada por la empresarialización de la subjetividad. Ahora la chilenidad, encerrada en la osadía gerencial, en su conjunto está reducida a millares de Eichmann que nos largan un aullido en la desolación; ¡venimos a cumplir las leyes del mercado! Cabe recordar que Eichmann fue un kantiano entre los nazis. La máxima aquí era: “no hay derecho a la insubordinación, solo hay absoluto apego a las reglas de la obediencia”. El problema es que la poética de izquierdas se desplomó en los años 90’. Tras la modernización todo ha devenido en «precarización de la creatividad». Todos creímos alguna vez que el «sujeto político» de izquierda era aquel que abrazaba la voluntad de herir el lenguaje hegemónico, ni comentarlo, ni por ningún motivo administrarlo.

Al final del camino la historia de los bolcheviques rudos nos enseña que solo con la victoria se adquiere una provisoria aura moral y un «hechizo fugazmente glorioso», pero luego llegan las purgas, la plagas, y comienza el doloroso peregrinar de la vida cotidiana. Ergo, todo de nuevo.


Mauro Salazar J. Observatorio de Comunicación, Política y Sociedad (OBCS), Doctorado en Comunicación UFRO/UACH, Investigador UFRO.



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