Hay dos tipos de judíos: los que reaccionaron ante el inenarrable horror del holocausto jurando que harían todo lo posible para que semejante cosa no se repita jamás a nuestro pueblo; y aquellos que sacaron como lección de ese trágico acontecimiento que deberían hacer todo lo posible para que aquello no le ocurra jamás a ningún pueblo en ningún lugar del mundo. (Testimonio de Joe Murphy, recordando las palabras de su madre judía, en versión de Edgard Morin)
Absortos frente a la pantalla, nuestros ojos rozan la transparencia de un límite que nos mantiene a resguardo. Lejos de Gaza, sin embargo, sabemos que la causa palestina se trata de una extraña e innombrable conjunción entre solidaridad y deber: somos impulsados y nos obligamos actuar para frenar la hiperrealidad de una injusticia que nos desmorona a pesar de aquel límite transparente de la pantalla. De ahí que, muchas veces cayendo en real desesperación, compartamos una avalancha de videos por redes sociales.
Sin embargo, si todo esto se desarrolla por medio de pantallas en plena era del capitalismo digital, es necesario introducir la sospecha.
Retomemos el punto. Muchas veces tras dicho actuar de compartir videos está operando un dispositivo propio de la maquinaria antropológica: la identificación. Por cierto, empatizamos con quienes nos sentimos identificados, pues somos nosotros, con una historia (a)propia(da) hasta la privatización y una identidad forjada a partir de un sinfín de prácticas que han quedado enaltecidas a la dimensión de valores, quienes, ilusamente, nos ponemos en el lugar del otro. Desde un prisma psicológico, esto nos lleva a sospechar de la empatía en cuanto modo sofisticado de narcisismo; desde lo político, en cambio, he ahí donde, sin quererlo, hemos dejado la puerta abierta, más que a la rabia, a la incubación de un odio contra quienes representan los valores opuestos al conglomerado de yo que conforma esta rudimentaria concepción del nosotros.
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Mientras somos testigos de un genocidio a distancia, el táctil límite de la pantalla no impide la incubación de la impotencia: por un segundo, nos gustaría estar en Gaza y -bajo condiciones perfectas- tener a nuestra merced a los soldados sionistas. Como extensión moral de una moralidad de la persona, creemos que el problema es el rostro visible, el sujeto que brinda simple materialidad al último eslabón de una maquínica cadena, e, imaginariamente, nos ensañamos con él: “si lo tuviera frente a mis narices, qué no le haría”, decimos para nuestros adentros, como si fuese un vergonzoso secreto y al, mismo tiempo, un ferviente deseo.
Quizás en este tipo de situaciones, sí tenga sentido considerar esa antigua práctica estoica enfocada en conjurar las pasiones por medio de una terapéutica de la imperturbabilidad del alma (ataraxia): cuando se asiente a una pasión desenfrenada, la mayoría de las veces finalizamos cediendo ante la sinrazón y nuestro animus interior (en caso de existir algo así) resulta relegado a la posición del padecimiento, en cuanto esclavo de dicha pasión desenfrenada. Es así que, aún con el celular en la mano, nuestro deseo se entrega a la fantasía, tornándose anhelante de poder, impulsor de castigo y propagador de venganza. La potencia de la rabia, que siempre busca justicia, transmuta primero en impotencia y después en odio. Demencial y terrible, el odio acompañado de fantasía, y al modo de una hipertrofia moralista, confunde la legítima lucha por la extinción del sionismo con el asesinato de todos los sionistas. La tragedia es total, pues, en ese desplazamiento imperceptible hemos renunciado a uno de los caminos más dignos para Palestina: la desionización tanto de israelíes y palestinxs. Nuestro odio ha clausurado la posibilidad más cierta que expresa Palestina: el retorno a una tierra marcada por las huellas del tránsito y los abrazos de los reencuentros, por la interculturalidad de pueblos irreductibles a los Estados, por los devenires de los pueblos que resisten su resistencia.
La rabia de puño cerrado nada tiene que ver con el odio. La primera lucha en justicia; el segundo antepone su sed de sangre, para la cual cava una enorme fosa al centro de la vida. Así, la vibración de un pasado mañana, capaz de acunar la dignidad de los pueblos bajo el manto de una tierra en la cual brotan lágrimas y sonrisas, se entibia el color del pan y se cobija la alegría de los días de palmas extendidas, ha sido resecada por el odio, arrancando toda potencia imaginal de sí. Quien imagina una escena de odio hace de la potencia imaginal de la vida una mera fuerza destructiva y aniquilante: una imagen cuya representación se degradada en pulsional cliché. Entonces, cuando este movimiento busca ser justificado racionalmente, emerge la elaboración de moralismos que codifican la vida a un modelo normativo, con sus castigos y recompensas correspondientes en función de la lejanía o cercanía de la moral que el yo/nosotros ostenta: ya llegará el día en que cada sionista tendrá lo que se merece. Olvidamos que moralizar a los pueblos no significa más que hacer de la potencia y de la dignidad que ellos irrigan por el mundo una simple facultad de muerte: el conjunto de individuos poderosos ha de estar moralmente facultado para disponer de aquellos reñidos con los designios de su poder impotente. Todo eso olvidamos cuando deliramos en nuestro odio.
Así, bien vale la pena reconocer que a la base del proyecto sionista pervive una moralización de naturaleza similar (aunque de grado totalmente más intenso) a aquella que nos desborda cuando contemplamos sus crímenes. En efecto, ¿acaso el orgullo de sí no está encadenado a un odio a otro, como lo refleja Israel cada vez que, en calidad de presunta víctima absoluta, enuncia su argumento del derecho a la legítima defensa contra los “animales humanos” que son los palestinos? Como si la historia se invirtiera, de pronto, nos vemos inmersos en la trama del fascismo. A la vez, cuando un pueblo ostenta el estatuto de víctima absoluta, ¿acaso no se le está confiriendo el hipertrofiado derecho a una defensa incondicional, incluso si ella es causal de genocidio? Justamente por esto Rodrigo Karmy ha introducido una inquietante pregunta: ¿Quiénes son los judíos? Pues, las víctimas del antisemitismo y del Holocausto, es decir, los palestinxs de hoy día. La moralización sionista posee un doble componente: por un lado, utiliza el Holocausto para esencializar a Israel bajo la categoría de víctima absoluta; por otro, deshumaniza y salvajiza a lxs palestinxs, tal cual el antisemitismo europeo hizo con los judíos desde los albores de la modernidad, engendrando, así, las condiciones propicias tanto para negarles sus derechos políticos como para debilitar las razones que impidan su exterminio.
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Debemos cuidarnos; a nivel molecular y cotidiano, es menester ejercitar un principio de cuidado: tener la convicción de amar la vida es, en sí mismo, un gesto de amor por la vida. Cuidarnos, sobre todo cuando el odio nos comienza a embargar, es decir, allí donde ni siquiera el límite de la pantalla nos mantiene a salvo: en ese lugar donde los dedos se deslizan sobre un planeta intocable, el sionismo amenaza con adentrarse por nuestras pupilas, colonizar nuestras pasiones y, cuan espejo de humo, inseminar inversamente su odio fascista en nuestras miradas, de manera similar a cómo él reproduce la aberración del nazismo.
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Entiéndase bien. Nada de esto guarda relación con el discurso facilista de condena a Hamas, el cual simplemente lo busca reducir a un movimiento terrorista más dentro del fundamentalismo islámico (dicha reducción resulta aún más escandalosa después del año 2006, cuando Hamas, tras el desencanto por el fracaso de los acuerdos de Oslo, vence a la ANP en las elecciones de Gaza, reconfigurándose en calidad de actor político y articulador social). Así como no es guerra de Israel contra Hamas, sino genocidio contra el pueblo palestino, tampoco esto empezó el 07 de octubre: se trata de un proceso de colonización por asentamiento con implicancias que datan de fines del siglo XIX. Por ello, Hamas debe ser comprendido en el marco de tal contexto, es decir, como signo particular dentro de un entrelazamiento de resistencias, aciertos, crímenes y fracasos, de secularismos caídos y de profecías incumplidas, pero donde, tal vez, sólo la imaginación siga siendo la más potente de las armas.
Lejos de cualquier interpretación maximalista de los Derechos Humanos, cuyo sentido descansa en una matriz hermenéutica caracterizada por la abstracción y la universalización liberal, aquí, la idea consiste en apostar por enfrentar la historicidad del pensamiento. En efecto, sacudirnos del influjo de ese odio que furtivamente nos acecha, no es sinónimo de enarbolar la aséptica bandera del pacifismo ni tampoco de anticipar un diagrama estratégico donde la diversidad de los medios quede subordinada a la primacía de los fines. Al contrario, lo que queremos expresar es la necesidad de pensar la violencia desde su historicidad, justamente, para que, gracias a tal acto de pensamiento, no monumentalicemos a dicha violencia bajo los ropajes de un ídolo. Para empezar a pensarla, tan sólo precisamos de aceptarla como un componente más de la resistencia, un modo de imaginación rabiosa que, cuando sirve al odio, se torna contra sí misma, haciendo de la imaginación, cliché; haciendo de la potencia, mero poder. La historización de la violencia ejercida por los pueblos oprimidos, no ha de ser justificada ni condenada, como si se pusiera en un tribunal al margen de la historia. La violencia de la cual disponen los pueblos para su defensa resulta usada por éstos en pos de la vida. En ese sentido, representa un elemento, entre otros muchos, constitutivo de una forma de vida, pero nunca un motivo para vivir. La muerte no pude ser un motivo para vivir; pero la vida sí puede constituir un motivo para morir. Renunciar a la exigencia de hacer coincidir el pensamiento con el mejor de los mundos posibles -como profesaba Leibniz, geométrico filósofo de la modernidad- permite exaltar la potencia imaginativa que ya habita en este mundo, pese a toda la carga de violencia que le atraviesa. Tener esto a la vista, no nos alienta a convertirnos en santos ni nos conmina a asumir las culpas como pecadores, sino tan sólo nos abre un paso para pensar el mundo en y con-tacto: abre el pensamiento para resistir, con el tacto de la imaginación, la carga, el peso nunca tan pesado de este mundo.
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En Gaza los cuerpos continúan hablando entre los escombros. Destrozados y sin boca ni médula, los cuerpos hablan. Aunque giman o les haya sido arrebatado un último adiós, aunque soliciten un auxilio mudo o, incluso, aunque ya no puedan respirar y sean sólo una dispersión de órganos dispuestos a reintegrarse a la tierra, los cuerpos en Gaza contunúan hablando. Ellxs, las mujeres, les niñes, lxs ancianxs, los hombres, dicen lo que son: Palestina. Cuando el odio nos invade, llega un punto en que ya no podemos escuchar lo que dicen; y, sobre todo, llega un punto en que olvidamos ese hecho imaginal capaz de revelarnos que nosotros también hemos devenido Palestina.
Es cierto. Gritando, como niños operados sin anestesia, imputamos a la humanidad sus miserias, dentro de las cuales la limpieza étnica del pueblo palestino constituye el paradigma simbólico de las opresiones coloniales contra todos los pueblos del mundo. Y, sin embargo, seguimos anestesiados tras el transparente límite que confiere la pantalla. Porque, recordémoslo, no somos esos niños operados sin anestesia, cuyos gritos hacen temblar las ruinas de los hospitales bombardeados en Gaza. No somos esos niños, pero, sepámoslo, tampoco hay culpa en que no lo seamos. Al contrario, justamente porque no somos esos niños, sobreviene un acontecimiento telepático cada vez que padecemos su dolor, cada vez que nos hacemos responsables de portar ese dolor en con-tacto con el nuestro. Mantener una irreductible diferencia significa tanto la imposibilidad de fusionar los dolores, como la responsabilidad de no caer en el odio, en la apropiación privativa, personal y aniquilante de esa rabia común a un pueblo capaz de irradiar la dignidad que palpita en todos los pueblos del mundo.

