Aldo Bombardiere Castro / Participar en Palestina. Reflexiones a partir de “Desgarro”, instalación artística de Janet Toro

Arte, Estética, Filosofía, Política

Un desierto de devastación. Una cruz peregrina y carente de promesa. Las raíces de los olivos expuestas como huesos. Agonizando en medio del genocidio perpetrado por el Estado de Israel en Gaza, los únicos elementos plenamente distinguibles en Desgarro, instalación visual creada por Janet Toro, son los jirones de gasa adheridos -casi accidentalmente- a los espinos.

Las pieles rasgadas, el crujido de las articulaciones infantiles tan prontamente desarticuladas y el hedor de los residuos corpóreos separados de la vida, son llevados y traídos a merced del viento, y, como si se tratase de un indeseado rito de despedida, sólo encuentran pasajero reposo en la trémula aspereza de los arbustos. Se trata de una organicidad fragmentada, dislocada en su propia angustia, pero la cual, así y todo, persevera en su asombrosa gestualidad: las imágenes nos dicen algo -incluso el grito siempre dice algo que nos es más difícil escuchar que el mismo grito-. Desgarro atestigua la catástrofe que Israel desata sobre Gaza; atestigua el desgarro mismo del dolor en el decir, incluso allí, donde han explotado todas las palabras; incluso ahora, cuando ya no hay palabras.

Esa potencia de decir sin palabras implica, a su vez, un resistir. Porque, aunque en el olivar hayan dejado de crecer los olivos, Palestina resiste. Precisamente por ello nos conmovemos al ser testigos de lo que esta obra atestigua; por eso, también, los pueblos padecen este río de llanto, en cuanto efecto de un inefable y único horror sufrido por los cuerpos palestinos antes de su destrucción: porque participamos “en” la potencia que fluye desde Palestina, porque resistimos también “en” Palestina. De alguna manera, Desgarro expresa el carácter irreductible que moviliza a toda actividad vitalmente creadora: en medio del más horrible genocidio sionista que, como todo fascismo, pretende violentar absolutamente a la vida hasta capturarla y agotarla, la dignidad e imaginación de los pueblos resiste a dicha captura desde la misma violencia. Así, en Desgarro, la homofonía entre las gasas quirúrgica y la Franja de Gaza ejerce una especie de conjuro capaz de brindar cuidado al dolor palestino. Tal acto de cuidado, a su vez, involucra a los espectadores. En efecto, mientras contemplamos el tono inquietante y existencial de la obra, y al tiempo que exacerbamos el llanto ahogado de la angustia, también logramos hermanarnos en un sentimiento común (en un con-sentimiento) de virtud ético-política: quizás sin saberlo, nos tornamos capaces donar una despedida digna para los niños, las mujeres, los ancianos y adultos a quienes la intimidad del último adiós les fue brutalmente arrebatada.

Evidentemente nada de esta dinámica se vincula con una terapéutica narcisista enfocada en sublimar los padecimientos individuales de un artista. Por otro lado, tampoco se trata de un mero consuelo estético, cuya función consistiría en operar en calidad de migaja compensatoria frente al insondable e innombrable abismo de la catástrofe. Se trata, más bien, de una potencia in-actual y excesiva, aquello que sin tener que ser necesariamente así, tampoco puede ser de otro modo: al comprometernos con la densidad emocional de la obra no podemos dejar de participar en aquella potencia de la imaginación que nos conmina a donar digna sepultura (ya sea con una lágrima, con un poema existencial, con un pensamiento silente o apenas insinuado y aún no del todo manifiesto) a los mártires palestinos. Potencia, por cierto, cuya fuerza es capaz tanto de renovar la esperanza en la misma dignidad de los pueblos como de activar, pese a la insufrible carga de dolor, la proliferación de la imaginación creativa.

Así, aunque el genocidio sionista haya usurpado el último aliento de cada uno de dichos mártires, tornando imposible el acto de despedida de este mundo, ellos han dejado abierta la puerta para que nosotros los despidamos en nombre de la causa que los y nos reúne: desde cualquier parte del mundo, su martirio nos dona el don de darles sepultura “en” Palestina. Creo que algo de esa potencia, donde aún respira el espíritu de los mártires, ha motivado, ha alentado, que ha animado la instalación de Janet Toro.

Materia

Sobre un terreno baldío de alrededor de 500 metros cuadrados, ubicado en el sector de Casablanca, Región de Valparaíso, esta instalación artística interviene 66 parras utilizando la leve materialidad de gasas quirúrgicas. En conversación que tuvimos la semana pasada, Janet nos cuenta acerca de su proceso creativo: “Las imágenes de Gaza, los crímenes, los cuerpos diseminados estaban constantemente presentes en mí y esa energía que generaban, la traspasaba a la obra. Además injerté a las parras, ramas de espinos, afirmadas con alambre fino. Fui poniendo la gasa, dialogando con cada parra y siguiendo la forma que me sugería la propia deformación que cada una posee. Así se conformó esta instalación, que aún sigue expuesta, recibiendo los embates del clima, de los animales silvestres, del viento…y que dejaré así hasta que algo cambie.”

Como si se tratara de estelas fantasmáticas, de vendas incapaces de sanar herida alguna, impedidas de cubrir, retener y licuar la sangre del pueblo palestino, esas gasas aún cuentan con la potencia de resonar en otros rincones del mundo. En efecto, aunque el alevoso genocidio que ejerce el sionismo israelí pretenda aniquilar el “ser” de Palestina (Agüero, 2024), la vida se abre camino, es decir, expone su expresividad, incluso anidando en las fosas de unos ojos disecados por la hambruna que deforman el rostro de un niño.

Metafísica

Tras 76 años de colonización por asentamiento operado por Israel, éste no termina de fantasear con eliminar absolutamente todas las formas-de-vida que se reúnen en y proliferan desde Palestina. Tal eliminación atañería no sólo a los miembros que componen el pueblo palestino, sino también a presencia de Palestina a nivel cartográfico (cuya ausencia es patente en muchos mapas mundi); a la multiplicidad de relaciones, prácticas, sentidos y usos que lxs palestinxs establecen con la tierra y sus recursos naturales; también la eliminación afectaría a la dimensión cultural palestina, lo cual va desde la apropiación del vestuario y de las comidas para su posterior comercialización en tanto presunto patrimonio judío, hasta la usurpación de vestigios arqueológicos, con el fin de utilizarlos para justificar “empíricamente” la mitomanía narrativa acerca del origen ancestral del Estado de Israel. Todo lo anterior significa algo: el sueño de Israel se resume en el borramiento de Palestina. Y, al igual que buena parte de las potencias modernas, se complacen pensando que van en vías de logrando. Por eso se empeñan en asesinar, en cuanto tácita política de Estado, a la mayor cantidad de mujeres y niños: buscan dilapidar la continuidad de las generaciones futuras, entendida principalmente como la reproducción biológica y el crecimiento demográfico de la vida Palestina. En suma, el delirio israelí anhela la aniquilación no sólo de todxs lxs palestinxs, sino también la aniquilación de la historia y memoria palestina, de su creatividad y pensamiento; en suma, el sionismo sueña con hacer real la posibilidad de que el grafema “Palestina” deje de referir a un lugar en el mundo, que deje de ostentar algún sentido semántico. En una palabra, el sionismo busca eliminar el “ser” de Palestina.

Pero este delirio israelí responde a una perspectiva eminentemente metafísica: creer que el “ser” palestino consiste en un simple soporte asegurador y unificador de supuestas propiedades descriptivas que constituirían algo así como la identidad palestina. El sionismo piensa que el “ser” palestino corresponde a una mera síntesis abarcadora, a un simple compuesto sustancial que contiene, entre otros componentes, su terror a la bandera tetracolor, las coordenadas espaciales de un territorio en la ribera oriental del Mediterráneo, la brutalidad religiosa asociada al islam, y, en definitiva, todas las representaciones puestas en juego por aquella máquina colonial conocida como orientalismo. Así, estas representaciones son concebidas en calidad de propiedades esenciales y, por lo mismo, identificarían la presunta esencia del “ser” palestino con lo peor de lo árabe, y a lo árabe con lo más bárbaro y salvaje de una humanidad que reclama -por un principio teleológico que iría más allá de la autodeterminación de sus pueblos- ser civilizada. Todos ellos (junto a muchos más) serían componentes sustancialmente constitutivos de la concepción metafísica del “ser” de Palestina.

Sin embargo, dicha perspectiva metafísica asumida por Israel cuenta con un límite infranqueable: le resulta imposible superar el prisma onto-teológico en el cual se sustenta. He ahí su defecto no-visto: al igual que un ojo, sólo ve lo que es capaz de ver; es decir, solamente detecta aquello que, a priori, fue pensado como dato a susceptible de ser decodificado por la maquinaria sionista. Por cierto, desde tal prisma, Palestina sería “causa” de lxs palestinxs, en su doble significación. Esto quiere decir que Palestina sería, por un lado, “causada”, a modo de una causalidad histórica, de lxs palestinxs, en cuanto lo peor de lo árabe: aquellas malas víctimas que resultarían culpables de persistir en su atavismo bárbaro y, en consecuencia, también culpables de retrasar el progreso de la civilización. Por otro lado, Palestina sería “causa”, en tanto sentido y compromiso de lucha política, propia de lxs palestinxs y de ciertas naciones musulmanas extremistas que estarían asociados con ellxs: motivo de lucha y resistencia sólo para quienes se identifican sanguíneamente como palestinxs o profesan el islam. En su concepción metafísica y objetual, el sionismo presupone el imperio del principio de identidad: A = A.

Metamorfosis

No obstante, ¿Acaso la máxima virtud del arte no consiste en algo totalmente diferente de aquella objetualidad asegurada por el principio de identidad? Es decir, ¿dónde puede irrumpir sino en el arte aquel acontecimiento capaz de exponernos, con auténtico asombro y en absoluta fragilidad, a una epifanía cuya revelación nos ha terminado por confesar que las cosas siempre han de poder ser más de lo que meramente son? O planteado ontológicamente: ¿cuál es la virtud del arte sino la de retratar cómo el movimiento del devenir nunca cesa de sacudir los cimientos sobre los cuales pretende quedar, de una vez y para siempre, establecido el estatuto del ser?

Cada día de genocidio que transcurre torna no sólo más evidente, sino también más real, el compromiso de los pueblos del mundo con la causa Palestina. Digámoslo de una vez: los pueblos del mundo no sólo simpatizan, a la manera de una relación de cordialidad, con Palestina. A diferencia de ello, para los pueblos del mundo cada vez se acrecienta más la relevancia de solidarizar y conmoverse “con” Palestina, adherirse a su “causa” desbordante. Esto significa, pues, que los pueblos del mundo pueden sentir “en” Palestina; volverse “a” y “hacia” Palestina sin necesidad de padecer un genocidio ni de ser movidos a ello exclusivamente por el temor que provoca la real posibilidad de padecerlo. En definitiva, si los pueblos del mundo han de poder volverse “a” o “hacia” Palestina, es, justamente, gracias a que metamorfosean “en” Palestina. Y esto aterroriza al sionismo, pues, como si se encontrara frente a un monstruo de rostro desbordado, su maquinaria de guerra ya no logra identificar el “ser” palestino con lxs palestinxs.

Y ¿a qué remite el término “metamorfosis” sino a una transformación que va más allá de las posibilidades ontológicas y teleológicas ya constitutivamente contenidas en una especie o sustancia determinadas? ¿Acaso no es eso, metamorfosear, lo que están haciendo (o nunca han dejado de hacer) los pueblos del mundo? Que los pueblos metamorfoseen significan que son capaces de ir más allá de sus identidades e intereses locales para reconocer-se en la potencia común de los oprimidos. Por ende, el caso de Palestina posee un valor paradigmático: la impunidad de la opresión colonial ejecutada por Israel desde 1948 hasta nuestros días (y antes llevada a cabo por el sionismo paramilitar y el Imperio Británico) desata una potencia de resistencia cuyos efectos activan la máxima intensidad de la imaginación creativa; potencia de resistencia imaginal que, incluso, lleva a aceptar la puesta cuerpo a favor de la esperanza en lo porvenir, como acontece en los eventos martiriológicos. Se trata, en fin, de una “telepatía sensible” (Karmy, 2020).

Creemos que bastante de esa experiencia de telepatía sensible que activa la imaginación atraviesa Desgarro. No es casual que, con convicción y valentía, Janet Toro también nos exprese su premisa estético-vital: “Creo en la fuerza del arte. ¡Creo que el arte transforma la realidad, el arte crea realidad!”.

A nuestro juicio, esa fuerza creativa mencionada por Janet se encuentra profundamente vinculada con la potencia imaginal que activa Palestina en cada unx de nosotrxs: la potencia activa la imaginación de los pueblos y logra plasmarse en actos de resistencia estético-políticos. Como si la propia devastación del genocidio sufrida por el pueblo palestino, yendo más allá de sí, lograra metamorfosear en energía y sensibilidad creativa digna de ser habitada. Se trata de la afirmación de la vida incluso en medio de la peor, más sistemáticamente sostenida e impune de las masacres.

No hay palabras posibles; sólo hay gestos (y) posibles

En complementariedad con la instalación de Desgarro, Janet Toro escribió un bello texto poético, titulado No hay palabras posibles, relativo al genocidio perpetrado en Gaza y a la colonización sionista-israelí que oprime al pueblo palestino. En él, la artista culmina señalando: “No habrá primavera, todo se ha caído en el cadalso, cementerio de voces que nunca más hablarán de amor, ni de ternura. Corazones que estallan en las ecuaciones estratégicas de drones de avanzada y armamento refinado, quienes prueban su eficacia con escarnio, en la población indefensa. No hay palabras justas, oraciones apropiadas, no hay letras que describan el profundo desgarro que se incrusta en la carne, queda un silencio atónito (Toro, 2024).

Si bien el texto, como dije, es complementario con la instalación, tal relación de complementariedad, a nuestro modo de ver, se da de manera contrastante. Es justamente la desesperanza que abunda en el texto, su catastrófica e irremediable desolación, la que la obra de Janet Toro es capaz de exhibir y, a la vez, dejar atrás: la instalación representa la simbolización de un genocidio que se desarrolla frente a los ojos del mundo, pero en esa misma exposición de aridez, de nihilismo y de devastadora crueldad, no deja de resonar, como si fuese una segunda voz, una profunda fuerza expresiva a nivel existencial.

En efecto, la aridez de las imágenes activa un hálito de potencia vital allí donde han sido fragmentados los cuerpos, allí donde “no hay palabras” que puedan envolver el dolor y la angustia. Como si se tratara de una dislocación del desgarro, y en un movimiento de brutal paradoja, las palabras y el genocidio simbolizado en Desgarro se han vuelto insignificantes, se han desgarrado de raíz, extraviando para siempre su correlación significativa. Estamos, por cierto, ante un exceso de horror. Pero -y es aquí donde se reivindica la gestualidad imaginal del arte- en el hedor y en la angustia que recorre ese abismal desgarro, también supura la imaginación activada por la potencia palestina. De ahí que, desde nuestro silencio de pecho contraído, y en un acto tan enigmático como imaginal e imposible, mientras contemplamos la obra también donamos una despedida al espíritu de los mártires: pues, sin saberlo, no dejamos de palpitar al ritmo de un único nombre sin palabras, no dejamos de participar “en” la potencia de Palestina.

Lecturas

Agüero Águila, Javier (2024). “El Estado de Israel y el racismo metafísico”. En Ficción de la Razón, 12 de marzo, 2024. Disponible en: https://atomic-temporary-79642232.wpcomstaging.com/2024/03/12/javier-aguero-aguila-el-estado-de-israel-y-el-racismo-metafisico/

Karmy, Rodrigo (2020). Intifada. Una topología de la imaginación popular. Ediciones Metales Pesados: Santiago de Chile.

Toro, Janet (2024). No hay palabras posibles. Notas a la exposición Desgarro, de la misma autora. Consultar en: https://janet-toro.com/ y https://www.instagram.com/janettoro.artista/

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