No se entiende el sentido de lo que está ocurriendo hoy en Israel si no se comprende que el Sionismo constituye una doble negación de la realidad histórica del Judaísmo. No solo porque, al transferir a los judíos el Estado-nación de los cristianos, el Sionismo representa la culminación de ese proceso de asimilación que, desde finales del siglo XVIII, ha ido borrando progresivamente la identidad judía. Lo decisivo es que, como ha demostrado Amnon Raz-Krakotzkin en un estudio ejemplar, en la base de la conciencia sionista hay otra negación, la negación del Galut, es decir, del exilio como principio común a todas las formas históricas del Judaísmo tal como lo conocemos.
Los fundamentos de la concepción del exilio son anteriores a la destrucción del Segundo Templo y ya están presentes en la literatura bíblica. El exilio es la forma misma de la existencia de los judíos en la tierra, y toda la tradición judía, desde la Mishná hasta el Talmud, desde la arquitectura de la sinagoga hasta la memoria de los eventos bíblicos, ha sido concebida y vivida en la perspectiva del exilio. Para un judío ortodoxo, incluso los judíos que viven en el estado de Israel están en el exilio. Y el Estado según la Torá, que los judíos esperan con la llegada del Mesías, no tiene nada que ver con un estado nacional moderno, tanto es así que en su centro están precisamente la reconstrucción del Templo y la restauración de los sacrificios, de los que el estado de Israel ni siquiera quiere oír hablar.
Y es bueno no olvidar que el exilio según el Judaísmo no es solo la condición de los judíos, sino que concierne a la condición deficiente del mundo en su integridad. Según algunos cabalistas, entre ellos Luria, el exilio define la situación misma de la divinidad, que creó el mundo exiliándose de sí misma, y este exilio durará hasta la llegada del Tikkun, es decir, la restauración del orden original.
Es precisamente esta aceptación sin reservas del exilio, con el rechazo que implica de cualquier forma presente de estatalidad, lo que fundamenta la superioridad de los judíos respecto a las religiones y los pueblos que se han comprometido con el Estado. Los judíos son, junto con los gitanos, el único pueblo que ha rechazado la forma estado, no ha librado guerras y nunca se ha manchado con la sangre de otros pueblos.
Al negar radicalmente el exilio y la diáspora en nombre de un estado nacional, el Sionismo ha traicionado, por tanto, la esencia misma del Judaísmo. No debemos sorprendernos entonces si esta eliminación ha producido otro exilio, el de los palestinos, y ha llevado al estado de Israel a identificarse con las formas más extremas y despiadadas del Estado-nación moderno. La tenaz reivindicación de la historia, de la que la diáspora según los sionistas habría excluido a los judíos, va en la misma dirección. Pero esto puede significar que el Judaísmo, que no había muerto en Auschwitz, quizás conozca hoy su fin.
Fuente: Quodlibet.it

