Mauricio Amar / La ayuda humanitaria como política de muerte en Gaza

Filosofía, Política

Las políticas de muerte llevadas a cabo por Israel en Gaza han alcanzado niveles extremos de crueldad. Aislando a Naciones Unidas y a cualquier otro organismo, el Estado sionista ha comenzado a repartir ayuda humanitaria que desde hace meses ha estado bloqueada y en muchas ocasiones, incluso, ha sido destruida por los colonos judíos apostados frente a la frontera con Gaza. La ayuda humaintaria, sin embargo, ha sido entregada a través de una entelequia creada para la ocasión con capitales estadounidenses e israelíes. Llamada engañosamente Gaza Humanitarian Foundation, la entidad organiza grandes concentraciones de personas para entregar la ayuda –recordemos que la totalidad de la población del enclave, 2,2 millones se encuentran en condiciones de desplazamiento e inseguridad alimentaria– llevando consigo francotiradores para perpetrar, en realidad, grandes masacres1.

Si desde el inicio del genocidio en Gaza comenzamos a vislumbrar el resquebrajamiento de la máscara occidental de los derechos humanos, la democracia y la libertad de expresión, las acciones de esta fundación ponen en evidencia una cuestión fundamental, a saber, la no contradicción entre humanitarismo y genocidio. El paradigma securitario y de guerra contra el terrorismo, que ha dominado el mundo desde el 11 de septiembre de 2001, no sólo ha aumentado la necesidad de ayuda humanitaria –entre otras cosas por la masificación de la condición de «refugiado»—, sino que ha reforzado la idea de que los pueblos que resisten a la opresión pueden ser catalogados binariamente bien como terroristas o bien como refugiados. Este binarismo funciona constantemente con una zona de ambigüedad, es decir, que siempre existe la posibilidad para el refugiado de devenir terrorista. Salir de la categoría de terrorista es más difícil, pero no imposible, y a veces con mayor «fortuna» que la de los refugiados, como atestigua el caso del actual presidente de Siria, hace pocos meses catalogado de terrorista por los mismos Estados que ponían empeño en su captura.

Es la experiencia de ser refugiado, sin embargo, la más común y la más peligrosa, porque su transformación en terrorista puede producirse de una vez y de forma masiva. Tal es la intención del gobierno israelí, que constantemente lanza la idea de que todos los gazatíes son militantes de Hamas o podrían eventualmente serlo. Es a partir de tal concepción que parlamentarios sionistas han planteado que los niños de Gaza son un peligro, pues encarnan a futuros terroristas. El proceso abiertamente genocida de Israel coincide, entonces, con la ampliación de la zona de ambigüedad, en la que cada vez caben más personas en la categoría de terrorista. Ese es el punto en que la máquina antropológica operada por los poderes de opresión –que humaniza y deshumaniza a conveniencia –, deviene máquina de pura muerte.

La trama corporativa completa el cuadro, si entendemos que existe una economía de la ayuda humanitaria, en la que grandes capitales internacionales participan activamente. Esta no es una experiencia nueva para Israel, puesto que cada vez que destruyó una parte de Gaza desde 2008 en adelante, por medio de terribles bombardeos a la población civil, destruyó también infraestructura crítica y viviendas y dejó lisiados a miles de palestinos. Cada vez que Israel creó un escenario de destrucción, los organismos internacionales de ayuda humanitaria terminaron pagando los costos monetarios, nuevamente enriqueciendo a las grandes corporaciones que participaron de las licitaciones para reconstruir o entregar asistencia médica2.

La responsabilidad del genocidio no recae completamente en una figura caricaturesca como Netanyahu, sino en todo un sistema de producción simbólica que ha posicionado al sionismo como el signo de la muerte en nuestro tiempo. En esa proliferación de símbolos, generalmente binarios, nos están siempre indicando donde sentir pena (el refugiado) y donde odiar (el terrorista), es decir, que la máquina de deshumanización depende de las fuerzas capitalistas destinadas a la afectación de nuestros sentidos, de los que las redes sociales son el principal instrumento. Más allá de la retórica vacía de la oposición refugiado-terrorista, que coincide en ambos casos con la des-politización de los cuerpos, se encuentra nada menos que el pueblo en lucha, que reivindica para sí una forma de vida que no puede ser sometida.

Fuera de los marcos de la deshumanización que el sionismo y el imperialismo imponen, hay un pueblo hambriento que vive sin piernas y sin brazos, que ha perdido a sus seres queridos, a sus niños, a sus abuelos más antiguos que el Estado de Israel y sigue siendo bombardeado con la ayuda humanitaria como señuelo. Pero ese pueblo se ha levantado cientos de veces. No es la dignidad la que el poder le ha podido quitar. La cuestión más relevante, en nuestros días, si queremos terminar con el genocidio, es profanar el templo del humanitarismo y abrir para todos, sin excepción, una vida digna de ser vivida.

NOTAS

1Rahman, Zahid. «The Gaza Humanitarian Foundation’s false facade of relief.» Counterfire, 29 de mayo, 2025. https://www.counterfire.org/article/the-gaza-humanitarian-foundations-false-facade-of-relief/

2Murad, Nora Lester. «Donor Complicity in Israel’s Violations of Palestinian Rights.» Al-Shabaka: The Palestinian Policy Network, 2014. https://al-shabaka.org/briefs/donor-complicity-in-israels-violations-of-palestinian-rights/ .

Imagen principal: Safia Latif, Portal to Paradise

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